Crítica de José Antonio Cantón del concierto de la Filarmónica de Montecarlo en el Auditorio Víctor Villegas de Murcia, bajo la dirección de Kazuki Yamada y con el pianista Martin Helmchen como solista
El arte de la concertación musical hecho realidad
Por José Antonio Cantón
Murcia, 28-I-2026. Auditorio Regional «Víctor Villegas». Orquesta Filarmónica de Montecarlo [Orchestre Philharmonique de Monte-Carlo]. Solista: Martin Helmchen (piano). Director: Kazuki Yamada. Obras de Ludwig van Beethoven y Felix Mendelssohn.
El auditorio regional de Murcia ha mantenido su línea de calidad musical con la presentación en su temporada conciertos sinfónicos de la Orquesta Filarmónica de Monte-Carlo bajo la dirección de su titular, el maestro nipón Kazuki Yamada, que está alcanzando una progresión artística en la última década realmente destacable desde que asumió la titularidad de la histórica formación del Principado de Mónaco hace diez años, cargo que comparte con la de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Birmingham a partir del año 2023, responsabilidad que crecerá con el reciente compromiso contraído con la Orquesta Sinfónica Alemana de Berlín, que le convertirá en unos de los directores más demandados de Europa actualmente, actividad que compagina con invitaciones de las mejores formaciones norteamericanas y de Japón, con cuyas orquestas mantiene un amplio nivel de colaboración. Su excelente formación recibida del mítico Seiji Ozawa le llevó a conseguir el premio del prestigioso Concurso Internacional para Jóvenes Directores de Besançon de 2009, galardón que catapultó el inicio de su brillante carrera.
Todos estos datos de su trayectoria artística quedaron de inmediato reflejados en los primeros compases del Quinto concierto para piano y orquesta en mi bemol mayor, op. 73 «Emperador» de Ludwig van Beethoven con el que se iniciaba la velada. Para la parte del solista fue un acierto la invitación del pianista berlinés Martin Helmchen, formado en la famosa Academia de Música Hanns Eisler de su ciudad, lo que llevaba a pensar en plena garantía sobre cualidades de alto standing de musicalidad, como así se pudo constatar. Ambos protagonistas asumieron un mismo criterio interpretativo derivado de un arte de concertar realmente sobresaliente. En primer lugar respetaron el sentido sinfónico de la obra sin perder en momento alguno esa capacidad de diálogo que requieren tanto el piano como la orquesta, que ambos protagonistas impulsaron constantemente en el primer movimiento con júbilo y equilibrio dinámico, manteniéndose un proporcional balance entre ellos, favorecido por el cuidado de fraseo que desarrollaron en todo momento, que realzaba la heroica intención expresiva del primer movimiento.
En el Adagio un poco moto, las intensidades anteriores quedaron serenadas por la estática melodía de la cuerda, que se mostró empastada y homogénea en sonido dejando una sensación de autonomía que realzaba el palpitante canto del solista, en el que se pudo apreciar la capacidad lírica de Martin Helmchen con una perfecta técnica de pedal que facilitó la transición al rondó final con la ayuda de una sección de viento-madera que mantuvo un idílico contracanto bien desarrollado desde las indicaciones del director, que hizo de este movimiento un autentico ejemplo de cómo se ha de estirar el tempo en aras a conseguir la máxima expresividad, dibujando con su gesto el paralelo discurrir de los planos sonoros donde se ponía de manifiesto su arte de escucha puesto al servicio de la homogeneidad acústica de conjunto, una de las cualidades que más destacan de este maestro de la batuta del país del sol naciente.
El pianista apareció con determinación en el movimiento final consiguiendo una estabilizada independencia entre el ritmo binario de la mano derecha y el ternario de la izquierda que realzaba el brío que requiere esta parte de la obra, en la que se reafirma su carácter grandioso apareciendo en su esplendor la luminosa lógica rítmica y tímbrica de Beethoven que supera en este opus la forma clásica de concertar para entrar de lleno en el gran periodo romántico de la música culta. Cuando la precisión rítmica, la afinación desde la tímbrica, el equilibrio dinámico y la unificación expresiva se dan como en esta ocasión, sólo cabe que se produzca la reacción exultante de un público que supo percibir estas cualidades del director y el solista en una obra paradigmática del repertorio.
La segunda parte del programa estuvo dedicada a la Tercera sinfonía en la menor, op. 56, «Escocesa» de Felix Mendelssohn, obra que iba a permitir pudiera disfrutarse de la calidad de la orquesta monegasca en toda su dimensión desde la enorme capacidad de comunicación musical de su director titular. Es así como se pudo percibir con gran distinción el contraste de los dos tempos (andante y allegro) que ocupan el primer movimiento. Kazuki Yamada haciendo gala de gran matización en su mano izquierda desarrolló todo el catálogo de sus capacidades como director manteniendo el pulso en todo momento con su mano derecha, dejando claro cómo tiene diferenciados simultáneamente sus dos hemisferios cerebrales puestos al servicio del discurso musical, cualidad que no suele percibirse habitualmente con tanta diferenciación entre los directores. Su casi simultáneo gesto «anacrúsico» completaba la visualización de su acertada anticipada indicación de cada pasaje del discurso al favorecer subliminalmente su percepción en el oyente, como ocurrió en el tempo vivace del Scherzo de esta sinfonía, toda una estilización de música folclórica escocesa. La serenidad cinética fue el recurso empleado en el Adagio cantabile que ocupa la tercera parte de la obra, haciendo gala de un sustancial sentido que llevaba a recordar cierta belleza beethoveniana que Yamada realzó con un acertado sentido cromático, contrastando la cuerda con los instrumentos de viento-madera que mantenían en todo momento un hálito de brillante color, propio de una orquesta de primer nivel.
La dirección del último movimiento, Allegro vivacissimo-Allegro maestoso assai, fue todo un ejercicio de virtuosismo orquestal llevado a su máxima consecuencia. El poderío técnico que ofrecía el maestro justificaba con creces su fama de analista que sabe traducir desde el pódium las esencias de una obra sabiendo desentrañar los aspectos metamúsicales existentes en sus compases como en este caso la descripción de los pintorescos paisajes de Escocia, inspiradores en gran medida de esta sinfonía, como quedó corroborado y subrayado en la triunfal coda, pasaje en el que la orquesta justificaba su fama de formación de ágil versatilidad.
Con este concierto se constata de nuevo el destacado contenido artístico del auditorio regional de Murcia que tendrá continuidad con tres citas de máxima atención como el recital de Grigori Sokolov dedicado a Beethoven y Schubert, muy esperado por los aficionados al piano, la presencia del famoso conjunto Concentus Musicum de Viena, interpretando los Conciertos de Brandeburgo de Juan Sebastián Bach, para cerrar este ciclo de destacados conciertos con la Wiener Kammerorchester con el siempre muy admirado intérprete armenio Narek Hakhnazaryan al violonchelo y el ejercicio de su nueva inquietud musical como es la dirección de orquesta.
Fotos: Juanchi López
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