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Opinión: «Georges Prêtre o la sonrisa». Por Aurelio M. Seco

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Autor: Aurelio M. Seco
29 de marzo de 2026

Artículo de opinión de Aurelio Martínez Seco sobre el gran director de orquesta francés Georges Prêtre

Georges Prêtre

Georges Prêtre o la sonrisa

Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
La sonrisa es un atributo difícil de encontrar en el mundo de la música, un lugar tan serio, ya hablando de la «música clásica», tan culto y elevado, que en ocasiones sonreír se interpreta, equivocadamente, como falta de profundidad. Pero, en cualquier caso, la sonrisa de un director no es materia unívoca; hay sonrisas y sonrisas: las que dan miedo y las miedosas, sonrisas inseguras y sonrisas cautelosas. Hace algunos años asistimos a un concierto en el que vimos dirigir a David Lockington con una sonrisa tan natural y agradable que nos conquistó. Pero la sonrisa de Georges Prêtre merece un lugar aparte y más elevado por su grandiosidad.

   Cuando Prêtre falleció, un 4 de enero de 2017, estando nosotros en medio de una preciosa prosa ordinaria de la vida madrileña, nos vino la necesidad de oír su poética versión del famoso intermezzo de Cavalleria rusticana, emocionándonos profundamente por la inmensidad de su legado espiritual. El genial director francés, uno de los más relevantes que ha dado la historia, dirigió el fragmento en 2009 en Orange, al aire libre, un poco como aquella mágica e inigualable Casta diva de Montserrat Caballé, en medio de una brisa evocadora y vibrante. El momento, disponible en grabación, se ha convertido en un documento musical sinfónico de potencia alegórica infinita, en el que la sonrisa de Prêtre se transforma, encaminado por un concepto artístico divino, en un ruego incomprendido, de una desesperación serena, como en un llanto enigmático herido de profunda nostalgia y tristeza. Georges Prêtre dirige aquí y otras muchas veces como rezando, dando forma a las músicas con sus manos de escultor sabio sublime que no entiende de anacrusas ni marcapasos o, más bien, que los atrapa dentro de una invocación indómita y única que, quizás por su pureza y magestuosidad extraña, no ha tenido gran trascendencia en las manos de otros. No se puede copiar fácilmente el arte de la dirección orquestal de un maestro tan grande que dirige sonriendo e implorando respuestas. En su manera de cantar las partituras, la autoridad se da por hecho y la plasticidad adquiere un componente divino peculiar, como cuando María Callas hace de cada nota un Mundo. Es probable que el Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena que dirigió Georges Prêtre sea uno de los más importantes de la historia, si no el mejor. 

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