Crítica de Raúl Chamorro Mena de las tres óperas de Rajmáninov, Aleko, El caballero avaro y Francesca da Rimini en la ópera de Zúrich, bajo la dirección musical de Gianandrea Noseda y Dimitri Tcherniakov
Tres óperas en una
Por Raúl Chamorro Mena
Zurich, 1-XI-2026, Opernhaus. Serguéi Rajmáninoff: Las tres óperas. Aleko (Moscú, 1893, libreto de Vladimir Nemirovic-Danchenko). Vladislav Sulimsky (Aleko), Elena Stikhina (Zemfira), Bekhzod Davronov (joven gitano), Ain Ainger (viejo gitano), Domenika Stefánska (mujer anciana). Skupoi Rytsar - El caballero avaro (Moscú, 1906, libreto del compositor). Vladislav Sulimsky (El Barón), Dmytro Popov (Albert), Pavel Yankovsky (El duque), Alexey Dolgov (el prestamista), Stanislav Vorobyov (Iwan). Francesca da Rimini (Moscú, 1906, libreto de Modest Tchaikovsky). Vladislav Sulimsky (Lanciotto Malatesta), Bekhzod Davronov (Paolo Malatesta), Elena Stikhina (Francesca), Ain Ainger (Virgilio), Alexey Dolgov (Dante). Orquesta y Coro de la Ópera de Zürich. Dirección musical: Gianandrea Noseda. Dirección de escena y escenografía: Dimitri Tcherniakov.
Viajé en tren desde Turín a Zürich vía Milán para aprovechar esta valiosa oportunidad, que brindaba la ópera de la ciudad suiza, de ver las tres únicas óperas completas de Serguéi Rajmáninoff en una sola función. Dos de ellas era la primera vez que se representaban en Suiza. Las tres óperas son muy distintas y, particularmente, la primera de ellas, Aleko, basada en el poema Los gitanos de Alexander Pushkin es una obra estudiantil con la que Rajmáninoff se graduò en el Conservatorio de Moscú alcanzando las máximas calificaciones. Ante todo, corresponde felicitar a la Ópera de Zürich por programar estás tres óperas tan difíciles de ver en una única velada. El director de orquesta Gianandrea Noseda, devoto de la música de Rajmáninoff y de sus tres óperas, también ha puesto mucho de su parte y ha insuflado brillo y empaque al proyecto con una espléndida dirección musical.
«Dmitri Tcherniakov no parece creer mucho en las obras»
Al frente de una orquesta en gran forma, con una cuerda, tanto aguda como grave, tersa, empastada y con mordiente y unas maderas espléndidas, especialmente el clarinete solista, el milanés Noseda demostró que por sus venas corre la sangre del melodrama. Su discurso orquestal atesoró pulso, teatralidad, tensión y progresión dramática, además de atento acompañamiento a las voces, sonido empastado y claridad expositiva. La batuta diferenció bien la orquestación más abrupta de Aleko, una obra juvenil de fin de curso en el conservatorio, y la más depurada de El caballero avaro y Francesca da Rimini. Espléndido el coro, tanto en su intervención en Aleko, como, especialmente en el prólogo de Francesca en el infierno en el que coro y orquesta crearon un pasaje de gran intensidad músico-teatral.
Por su parte, el responsable de la puesta en escena Dmitri Tcherniakov no parece creer mucho en las obras y, como confiesa en el libreto-programa editado por la Ópera de Zürich, es El caballero avaro y, especialmente, el papel del Barón el que le encandila. Por ello crea una dramaturgia paralela con el objetivo de "desromantizar" las obras - una de las banderas de este director de escena- y engloba las tres operas, que son diferentes, con un único protagonista, el Barón de El caballero avaro- fundamental el gran esfuerzo vocal e interpretativo del barítono Vladislav Sulimsky- y una escenografía única, también firmada por él, basada en una plataforma giratoria - nada original - que descubre las distintas estancias y habitáculos de una residencia de ancianos. Como he indicado, el mismo personaje, el Barón avariento, lleno de angustias y obsesiones protagoniza las tres obras. Todo ello le permite exponer Aleko, una esquemática historia de celos y asesinatos de afinidad verista, de la única manera que Tcherniakov cree posible. Esto es, parodiándola.
El protagonista reparte los papeles de la ópera entre los ancianos compañeros de la residencia, que los interpretan en modo caricaturesco. Por supuesto, el coro le estorba y lo coloca en el lateral del último piso del teatro. La plataforma circular gira y gira, el gran monólogo del codicioso Barón en la segunda de las obras no se salva de la caricatura, al ponerse un capirote y unas ridículas luces al proclamarse, en su obsesión enfermiza por las riquezas y el oro, dueño del Mundo. En lugar de la expresión de patetismo que corresponde dramáticamente, el público estalló en carcajadas y no estamos en una ópera bufa. Por supuesto, el Barón no muere al final como indica el libreto, se levanta y vuelve a repetir lo mismo que en Aleko, en Francesca da Rimini. Aunque no tenemos a Dante, ni a Virgilio, que se les escucha en interno, el infierno se traduce en el atormentado Barón preso de sus obsesiones patológicas entre proyecciones de llamas y la intensa prestación de Sulimsky orquesta y coro que se tradujo un momento de gran fuerza teatral. Sin embargo, a pesar de Dante, el Sr. Tcherniakov tampoco le interesa mucho Francesca da Rimini y el asesinato pasional de Paolo y Francesca por parte de Lanciotto, con lo que hace lo mismo que en Aleko, los mismos compañeros de la residencia se reparten los papeles de la pareja de enamorados y se parodia el dramático final de la ópera. Lo cual cansa, resulta repetitivo y demuestra que la idea del director de escena, a la que debe someterse todo, según su criterio, no da para más.
«Noseda demostró que por sus venas corre la sangre del melodrama»
En el amplio elenco de cantantes rusos y asimilables, lo que garantiza idiomatismo genuino y autenticidad, destacó y es justo subrayarlo nuevamente, el gran esfuerzo escénico y vocal del barítono Vladislav Sulimsky presente en las tres obras, pues su personaje protagoniza todas ellas en este montaje. Su voz robusta, amplia y sonora se adueñó de la coqueta sala de la Ópera de Zürich y sus acentos, plenos de mordiente e incisividad, unidos a sus cualidades actorales y dramáticas sellaron una muy meritoria interpretación. La soprano Elena Stikhina asumió Zemfira de Aleko y Francesca, dos mujeres que caen asesinadas víctimas de los furibundos celos. Soprano lírica con cuerpo, canto correcto, pero monótono y registro agudo destemplado. Destacable intervención del tenor Dmitro Popov como Albert el hijo del Barón avaro, que no recibe un céntimo de su tacaño padre. Popov superó la onerosa, muy aguda tesitura, con voz sonora, homogénea, plena, muy timbrada y bien emitida. Más flojos resultaron los otros dos tenores. Bekhzod Davronov, de emisión gutural, y medios de tenor lírico ligero, fue insuficiente vocalmente como Paolo Malatesta e insulso, falto de efusión lírica tanto en dicho papel como en el de joven gitano de Aleko. Discreto, por su parte, Alexey Dolgov en su doble cometido de prestamista usurero en El caballero avaro y Dante en el epílogo de Francesca da Rimini. Voz de cierta sonoridad y robustez en centro y grave, pero limitada en el agudo, la del bajo Ain Ainger. Ajustado y cumplidor Pavel Yankovsky como Duque en El caballero avaro.
Fotos: Toni Suter / Ópera de Zúrich
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