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CRÍTICA: HISTÓRICA BRÜNNHILDE DE NINA STEMME EN EL 'GÖTTERDÄMMERUNG' DE LA ÓPERA DE VIENA. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
27 de mayo de 2013
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Foto: Michael Pöhn
HISTÓRICA BRUNHILDA

"Götterdämmerung". Viena. Wiener Staatsoper. 22 / 05 / 13. Stephen Gould (Siegfried). John Tomlinson (Hagen). Nina Stemme (Brünnhilde). Elisabeth Kulman (Waltraute). Boaz Daniel (Gunther). Wolfgang Bankl (Alberich). Caroline Wenborne (Gutrune).  Franz Welser-Möst, director. Wiener Staatsoperorchestra und chor.

   En coincidencia con los 200 años del nacimiento de Wagner, la Staatsoper de Viena cerraba el Anillo del Nibelungo que ha venido representando durante la segunda quincena del mes de mayo. Así, el aniversario wagneriano coincidía con la puesta en escena de Götterdämerung, traducido a menudo como 'El Ocaso de los Dioses'. El gran atractivo de esta función, como de todo el ciclo del Anillo, era la presencia de Nina Stemme como Brünnhilde en las tres jornadas en las que interviene el personaje. Y a la vista de su memorable interpretación, no extraña que los medios locales hayan hablado de su encarnación como algo no escuchado en la Staatsoper desde hacía décadas. Verdaderamente Stemme se mostró exultante, inconmensurable durante toda la representación. La voz está en un momento de forma infalible. Todas, absolutamente todas las notas, estuvieron donde tenían que estar. La técnica de Stemme es de una firmeza y seguridad abrumadoras, acometiendo la espinosa tesitura del rol sin el más mínimo titubeo. El agudo es restallante y timbradísimo. Y la voz se emite plena y homogénea durante toda la función, sin atisbo alguno de fatiga. El rol es levemente grave para su vocalidad, pero nada que impida asistir casi boquiabiertos a su derroche de medios vocales y dramáticos. Y ese que lo sobresaliente de Stemme no está sólo en lo arrollador de su instrumento, sino en lo genuino de su interpretación. Es una cantante con una personalidad increíble, con un magnetismo escénico que impide retirar la vista del escenario ni un segundo. Subraya el texto con una intencionalidad estudiada, acompañando cada inflexión con la elocuente expresividad de su rostro. Ofreció en conjunto una caracterización contrastada y auténtica, a años luz de cualquier otra intérprete del rol que podamos encontrar hoy en día. Verdaderamente histórica. La siguiente ocasión para disfrutar de su Brünnhilde será en los Proms londinenses el próximo mes de julio. Recomendamos encarecidamente la cita a quien tenga ocasión de acercarse.

   El rol de Siegfried estaba cantado en esta ocasión por el tenor norteamericano Stephen Gould, que dejo más que favorables sensaciones, sacando adelante un papel de escritura exigentísima. El instrumento no posee un singular atractivo tímbrico, y es más bien, por medios (como en el caso de Seiffert, al que nos recordó) el de un lírico con un generoso registro en el centro y en el grave. Ofrece al tiempo, eso sí, un agudo extenso y con presencia, aunque a menudo corto y esporádicamente esforzado, un tanto irregular. Lo más notable de su labor fue la continuada seguridad y firmeza de su emisión, amén de su acento siempre lírico en la exposición, con un decir siempre convincente y ambicioso. Así las cosas, ofreció sin duda una lograda recreación de la muerte de Sigfrido. Fue por tanto un intérprete del rol desde luego superior, por medios, técnica y acentos, a los Lance Ryan, Simon O'Neill, Jay Hunter Morris y cia. que últimamente desfilan por los Anillos de medio mundo ejecutando sus partes con manifiesta insuficiencia. Con Gould asistimos a un caso en cierta medida semejante,al de Robert Dean Smith, con gran oficio y con unos medios modestos, suficientes aunque no deslumbrantes, pero con los que es posible sacar adelante partes ciertamente comprometidas y esforzadas, como el rol de Tristán, que ambos comparten, o este Siegfried que nos ocupa.
   John Tomlinson era Hagen. El mítico cantante británico ofrece ya un instrumento francamente desgastado, casi ajado y áfono, pero todavía con presencia y que, en manos de un intérprete teatralísimo como él, lleno de personalidad en cada una de sus intervenciones, da como resultado todo lo contrario que un Hagen anodino. Esto es, una fantástica caracterización en conjunto, incluso a través de un timbre tan desgastado e incurriendo, en no pocos momentos, en un casi declamado. Sólo por la autenticidad con la que se cree y transmiten lo que dice y hace en escena, Tomlinson merece un aplauso. Un titán escénico con la voz en franca decadencia.

   Esmeradas y sobradamente competentes Elisabeth Kulman y Caroline Wenborne en los roles de Waltraute y Gutrune, respectivamente, destacando especialmente el bien timbrado instrumento de la primera, amén de su implicación escénica. Wolfgang Bankl es un cantante estable en la Staatsoper de Viena y era aquí el responsable de encarnar a Alberich, ofreciendo al respecto una prestación solvente, profesional, aunque sin alardes. Lo mismo cabe decir del Gunther de Boaz Daniel, de instrumento algo opaco y corto para el gran espacio de la Staatsoper vienesa, aunque de modos teatrales y emisión aseada.

   Nunca hemos tenido gran estima por Welser-Möst. Se nos ha antojado siempre un director gris, sin vitalidad, demasiado académico, en el peor sentido del término. No encontramos credenciales suficientes en él, francamente, para ser el titular de la Staatsoper, en un momento donde reinan batutas con tanta personalidad como Thielemann, Gergiev o Barenboim. Sin embargo hay un repertorio, el que se circunscribe a Wagner y a Strauss, donde sus modos discretos y un tanto anónimos van algo más allá, redondeando interpretaciones de gran valía, sobre todo al cargo de un foso de lujo como el de la Staatsoper. Así sucedió con una espléndida Frau ohne Schatten que le escuchamos el año pasado y así ha vuelto a suceder con este Wagner que nos ocupa. Al modo de Böhm, Welser- Möst desgranó los tres actos y el prólogo con medida solvencia, sin riesgo en los tiempos, pero sin escatimar ímpetu y lirismo a partes iguales. Un Wagner convencional, pues, sin el brillo y la electricidad de los grandes, pero de intachable factura. Seguramente el sonido impresionante y riquísimo que ofrece la orquesta de la Staatsoper tenga mucho que ver en esa sensación satisfactoria de conjunto. Con unas cuerdas tan precisas, tersas y dinámicas y con unos metales tan infalibles y epatantes, no podía ser de otro modo. En el apartado escénico, y a falta de conocer íntegramente este Anillo, la producción de Sven-Eric Bechtolf se antoja hueca y desnortada, con una dirección de actores esmerada, eso sí, pero con una escenografía banal y una iluminación muy poco imaginativa.
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