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CRÍTICA: GREGORY KUNDE HACE HISTORIA COMO 'OTELLO' EN LA FENICE, BAJO LA DIRECCIÓN MUSICAL DE MYUNG-WHUN CHUNG, por Andrea Merli

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1 de diciembre de 2012
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EXTRAORDINARIO "OTELLO" EN LA FENICE

Venecia. Teatro La Fenice, 16 de noviembre 2012. OTELLO - Giuseppe Verdi. Otello: Gregory Kunde, Jago: Lucio Gallo, Cassio: Francesco Marsiglia, Roderigo: Antonello Ceron, Lodovico: MAttia Denti, Montano: Matteo Ferrara, Un araldo: Salvatore Gianacalone, Desdemona: Leah Crocetto, Emilia: Elisabetta Martorana. Direccion de orquesta: Myung-Whun Chung. Dirección de escena: Francesco Micheli. Escenografia: Edoardo Sanchi. Vestuario: Silvia Aymonino. Luces: Fabio Barettin. M° del coro: Claudio marino Moretti. M.a voces blancas: Diana D'Alessio.

      La temporada en el Teatro La Fenice ha empezado bajo la excelente estrella de un Otello extraordinario. Muchos tenían dudas sobre la idoneidad de Gregory Kunde, que en plena madurez, a sus 58 años, decidió debutar el rol de tenor más difícil entre el repertorio verdiano. El resultado superó de lejos las mejores expectativas y Kunde pasará a la historia, de la misma forma que lo hizo el mítico Roberto Stagno, el primer Turiddu de la Cavalleria de Mascagni, por haber cantado los dos Otellos, el de Rossini y el de Verdi, a lo largo de una carrera sin baches y en crescendo. Para ser fieles a la crónica, todo hay que decirlo, al público de la época no le gustó el Verdi de Stagno.
      En Venecia, sin embargo, sucedió todo lo contrario. Velada de Gala, con autoridades de interpretación del Himno Nacional "Fratelli d'Italia", teatro en el que no cabía un alfiler (las entradas más caras a 500 euros) y un público excitadísimo y atento. Ya desde su difícil comienzo, Kunde respondió con un estentoreo -tal como pretende el Autor- "Esultate!" que fue un maravilloso billete de visita. Desde los tiempos de un Del Monaco, sin por eso querer hacer comparación alguna, no se escuchaba un agudo tan bien proyectado, en adelante y con squillo.
      Los límites de la voz de un tenor que pasó buena parte de la carrera cantando roles de "contraltino" podrian ser el centro y, sobretodo, la zona grave: ese color "de barítono" bronceado y sombrío que Verdi pretendió del Moro de Venecia, como si el color de la piel se pasara a la tinta de la voz. No se pueden pedir peras al olmo, pero Kunde tiene la inteligencia de cantar con su voz. Es un gran Artista (la mayúscula en su caso, obligatoria) y muy metido en el repertorio italiano incluyendo en los últimos tiempos el de lirico pleno -sus recientes Pollione de Norma, Arrigo de Visperas y Riccardo de Un ballo in maschera lo demuestran y atesoran- y el uso de la "parola scenica", el fraseo y el acento, han sido perfectos ya en su debut, señal de un estudio minucioso y maniático de un profesional serio, ante todo, pero que canta con el alma, con generosidad y con una entrega admirables.

      El público y la crítica se rindió ante este caballero que además fue el más convincente en lo escénico. En esta vertiente, el barítono Lucio Gallo se impone por la compostura de un rol que tendría en él al intérprete ideal si no fuera porque su voz es especialmente fea, mal emitida y que para salir del paso tiende a usar recursos anti musicales: voz en la nariz, estomacal en momentos, falsetes y un repertorio de sonidos de la peor escuela verista, en donde el personaje requiere una compostura vocal sutil e insinuante. Algunos abucheos acompañaron su salida al escenario en los aplausos. Quizás se hubieran podido evitar, pero no sorprendieron. La Desdemona de Leah Crocetto, joven soprano italo americana prácticamente en su debut, tuvo medios y voz, pero le faltaron tablas, e hizo gala de un vibrato nervioso, puede que debido a la emoción, sobre todo al principio. Su personaje, que por definición no es de los más contundentes, pareció desabrido y, en ella, un tanto inexpresivo. La canción del sauce y la siguiente plegaria "Ave Maria" pasaron sin pena ni gloria. Tampoco ayudó el aspecto físico de la cantante. Tuvo una buena acogida, pero la esperamos, ya más confiada en sí misma, en otros compromisos.
      Muy bien, en cambio, el Cassio del también joven tenor Francesco Marsiglia y adecuado el resto del reparto. Excelente el coro, bajo la dirección de Claudio Marino Moretti - las voces blancas instruidas por Diana D'Alessio- y fenomenal la orquesta bajo la electrizante batuta de Myung-Whun Chung, que supo encauzar perfectamente tanto los momentos más brillantes y poderosos de la extraordinaria partitura, como los remansos más líricos, manteniendo un ideal equilibrio con la escena, un apoyo cuidado y amable a las voces que se encontraron siempre muy bien arropadas.

      La nueva producción gustó y sus autores fueron muy aplaudidos. Personalmente, aprecié mucho la labor de Edoardo Sanchi, escenógrafo que ha creado una escena única, con paneles en los que se reflejan las constelaciones, ya sean dibujadas en estilo gótico, ya por el encenderse de las estrellas que las componen: vimos a Leo, a las Pleyades y, por cierto, a "Venere ardente" como lo canta Otello, proyectadas en un cielo a veces claro, a veces oscuro. El único componente físico fue una caja en forma de cubo abierto, que a la vez era la habitación de Desdémona, el lugar de encuentro entre Jago y Cassio, etc. etc. todo ello, si no original, resultó muy funcional. EL vestuario de Silvia Aymonino, muy cuidado, nos llevó a la época de la composición de la ópera, a finales del siglo XIX. Toda la primera escena, donde se celebra el retorno de Otello de la batalla naval, se sitúa en el dormitorio de un cuartel donde todos van de blanco, como tantos Pirkentons, a mujeres con bigotillo pintado incluido.
      Aquí empiezan las ideas estrambóticas de la dirección de escena del aclamado Francesco Micheli, que pese a ser sustancialmente tradicional, quiere apartarse de la dramaturgia con resultados muy discutibles. Ha sobrado, entre otras, la escena de la violación de Emilia por parte de Jago precisamente mientras canta su monologo "Credo in un dio crudele", cuando la lógica seria concentrarse en el canto y en la música, dejando de lado otras acciones inútiles y molestas. No se entiende por qué motivo Otello y Jago se entretienen en sus diálogos, haciendo y deshaciendo camas del cuartel. Tampoco ha parecido sublime la idea de que Otello bese los pies a Desdemona entonando "Un bacio, ancora un bacio". La idea más estrafalaria fue la de hacer resucitar a Desdemona, tras haber sido estrangulada con un rosario, para que entregue a Otello el puñal, invitándole al suicidio precisamente en el "Niun mi tema se anco armato mi vede". Finalmente, ambos, como dos muertos vivientes, se levantan y uniendo sus manos se dirigen al fondo del escenario abrazándose mientras baja el telón. ¿No es suficiente lo que quisieron decir Shakespeare, Boito y Verdi? Tal dei tempi è il costume, paciencia.

Autor:Andrea Merli
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