Crítica de José Antonio Cantón del recital ofrecido por Sokolov en el Teatro Víctor Villegas de Murcia
Absoluta compleción de sentido, forma y emoción
Por José Antonio Cantón
Murcia, 17-II-2026. Auditorio Regional «Víctor Villegas». Recital de piano de Grigori Sokolov. Obras de Ludwig van Beethoven y Franz Schubert.
Las actuaciones del pianista Grigori Sokolov exceden cualquier planteamiento crítico al situarse su ejercicio artístico en un nivel que no se puede abarcar en su plenitud, dado el caudal de información que genera, al superar los parámetros referenciales de la más dotada percepción imaginable. Esto lo viene desarrollando desde sus primeros contactos con el piano, que se iniciaron en la tierna infancia, máxime si se parte de lo que significó obtener uno de los galardones pianísticos más importantes del mundo como fue el codiciado Concurso Internacional Tchaikovsky de Moscú del año 1966 a la edad de dieciséis años, hecho insólito por su precocidad y por la importancia del presidente del jurado, el odesio Emil Guilels, una de las glorias pianísticas del siglo XX.
Después de seis décadas, su calidad musical presenta una progresión que le mantiene como un referente absoluto en la manera de ahormar cada obra desde sus más mínimos detalles, alcanzando en ellos una individuación recreativa que produce siempre sorpresas y hasta asombro en los expertos de interpretación y escucha más y mejor dotados. Es así como se ha planteado un programa con dos autores inmersos en el pianismo vienés del primer tercio del siglo XIX como fueron los excelsos compositores Beethoven y Schubert. Al músico alemán dedicó la primera parte de su recital a través de su Cuarta Sonata en Mi bemol mayor, Op.7 y sus Seis Bagatelas, Op. 126, al austriaco, en la segunda, su última Sonata en Si bemol mayor, D 960, todo un monumento del pianismo romántico.
Una muy alta definición armónica quedó de inmediato de manifiesto en la interpretación del amplio desarrollo de la sonata que abría el recital, con el que Beethoven quiere romper con la tradición sonatística tenida a bien hasta 1797, año en el que terminó su composición. Sokolov ha querido serenar el tempo más animado con el que asumía él esta obra allá por los años noventa, cuando tenía cuarenta años, dejando escuchar una serenidad de espíritu que engrandece el discurso de su Allegro molto e con brio inicial, quedando aún más de manifiesto en el incremento de contenido complementario de la recapitulación, en la que se recreó con enorme goce y complacencia, que anticipaba de algún modo a la poética con la que tradujo los compases del tiempo Largo con gran espressione que le sucede, desarrollado con un aura de paradójica grandeza interior de su melodía que provocó en el público un atento silencio causado por la paradójica simultaneidad de legato y staccato que de modo genial propone el compositor, que también le sirvió de preparación para esa especie de curioso scherzo que contiene el Allegro que le sigue, que expuso con un más que interesante sentido desenfadado que se volvía algo más serio en el trío, que el pianista realizó con un sentido dramático realmente sublime sin llegar en momento alguno a romper con ese carácter desenfadado que desprende este curioso movimiento. Finalmente se adentró en la narrativa del rondó que cierra la obra estimulando al máximo la percepción del oyente que experimentaba en su mejor esencia los contrastes expresivos tan característicos en Beethoven, favorecidos por el asombroso virtuosismo técnico de Sokolov desarrollado en su parte central. Si duda, dentro de la suma excelencia de lo que llegaría a ser su actuación, fue uno de los momentos cumbre del recital.
Dentro de la inconsecuencia conceptual que supone el término bagatela, Sokolov ha determinado dar un sentido concreto en importancia a cada una de las seis que integran el Opus 126 de Beethoven, generando todo un catálogo de emociones como el sentido de autoconfianza que plasmó en el tema principal de la primera que derivó a un brillo casi celestial en su parte final, significando toda una declaración de cómo domina este pianista la gradación dinámica en su instrumento. Cambió de tensión en la segunda, generando una destacada oposición en su ambivalente tema principal, permitiendo que pudieran trasladarse al campo emocional del oyente las sensaciones de tormentosa ansiedad opuestas al estado de ánimo que deprendía esos otros momentos de delicado jugueteo. Fue digna de admiración la gran nobleza con la que Sokolov transmitió el tema sustancial de la tercera, un Andante. Cantabile e grazioso, desarrollando un portentoso sentido romántico casi religioso en sus arpegios y trinos, para derivar en una resolutiva conclusión armónica de misteriosa expresividad. A diferencia de lo que se escucha habitualmente en el carácter Presto de la cuarta, este pianista de San Petersburgo, siguiendo con ese sentido paradójico que animó toda su actuación, ralentizó su tempo en aras a desentrañar con cierta moderación rítmica la oculta gracia de esta pieza que en otros intérpretes suele mostrarse con un alto grado de ansiedad, lo que dejaba un muy agradable nivel de complacencia en su escucha. De pura ensoñación se puede calificar la versión que realizó en el Allegretto que contiene la quinta, anticipando de algún modo el Schubert que ocuparía la segunda parte del recital. Para terminar, transmitió con heroica serenidad el discurso de la que cierra esta particular colección tan representativa del último pensamiento pianístico del compositor, haciendo buena esa excelsa consideración que el propio Beethoven tenía de su valía musical. Éste y Sokolov se convirtieron en un mismo fenómeno artístico dada la suprema asunción estética del intérprete.
Respetuoso hasta los confines de su enorme dimensión artística, inició una sublime recreación de la Sonata D 960 de Franz Schubert, también desde una ralentización del tempo global de la obra que favorecía la degustación de sus compases dada su particular significación de ser también el testamento pianístico de ese inalcanzable genio de la melodía que ha significado este compositor en la historia de la música. Sin entrar en demasiados detalles hay que decir que, desde una tensa calma expuso la que podría denominarse depresiva belleza del Molto moderato que abre la obra que tuvo su continuación en ese punto quieto del mundo, como con acierto el gran poeta T.S.Elliot vino a definir a los momentos gloriosos del arte, que representa el discurso del Andante sostenuto, segundo movimiento donde se concentra de manera casi milagrosa la inspiración de Schubert integrándose en una sola realidad la unión de sentido, forma y emoción, al completarse ese mágico círculo fenomenológico hegeliano de creación, recreación y escucha activa bien informada en la máxima dimensión imaginable. Como si de una sorpresa se tratara, Sokolov se adentró con suma delicadeza en el Scherzo subsiguiente, destacando el marcado contraste expresivo de su trío con el que destacó su capacidad dramática como intérprete que entiende y sabe aplicar a la perfección la virtuosística magia pianística que encierra cada una de sus manos. Con melancólica alegría expuso el Allegro ma non troppo final, haciendo bueno ese sentimiento de resignación ante el destino que Schubert expresa en sus pentagramas, que servía para dar término a una actuación en la que se pudo disfrutar de la excelsa distinción de un músico que trasciende los secretos de su arte.
Fiel a su generosidad para con el público, alargó su actuación hasta cerca de media hora más con seis bises del más sustancial arte del piano realzando la particular polifonía de Chopin en sus mazurcas Opus 50/3 y 30/3 y su preludio Op. 28/20, con el que dejó todo ejemplo del arte del pedal al materializar los reguladores como elementos esenciales del tratamiento dinámico-musical; un majestuoso Brahms en su Rapsodia Op.79/2 y la Balada, Op. 10/3, y un muy íntimo e introspectivo Preludio, Op.11/4 de Alexander Scriabin con el que ofrecía su enorme capacidad cromática y razón de ser de la síncopa, cerrando, una vez más, un recital inolvidable en el que, repito, trascendió a máximo grado exponencial una absoluta compleción de sentido, forma y emoción.
Foto: Marcial Guillén
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