Crítica de Raúl Chamorro Mena de los conciertos ofrecidos por Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Nueva York en Ibermúsica
Nervio latino para la Gran Manzana
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 13 y 14-X-2026. Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. 13-X-26: Invisible House (Zosha Di Castri). On the Transmigration of Souls (John Adams). Orfeo catalá –Director: Xavier Puig-. Cor de noies de l’orfeo catalá-Directora: Montserrat Meneses-. Cantores del cor infantil de l’Orfeo catalá –Directora Glòria Coma. Sinfonía núm 5 Op. 100 (Sergei Prokofiev). 14-X-26: Imágenes mestizas (Tania León). Sinfonía núm 5 (Gustav Mahler). Orquesta Filarmónica de Nueva York. Director: Gustavo Dudamel.
Después de 16 años y como parte de una gira europea, regresaba la New York Philarmonic a Madrid como inauguración de la presente temporada del magnífico ciclo Ibermúsica. Esta orquesta, firmemente asentada entre las llamadas “big five” de las agrupaciones estadounidenses, es la más antigua de dicho país y ha tenido titulares tan ilustres como el propio Gustav Mahler y, entre otros, Arturo Toscanini, Dimitri Mitropoulos y, especialmente, por la impronta que dejó en la orquesta y su capacidad divulgativa, Leonard Bernstein, que, además, fue nombrado director laureado de la formación. El venezolano Gustavo Dudamel comparecía con titularidad recién estrenada al frente a la Filarmónica de Nueva York.
El compromiso con la música contemporánea y los estrenos por parte de la orquesta estuvo reflejado en ambos conciertos programados. Ante todo, debo subrayar que el nivel de la orquesta fue bueno, pero ni mucho menos deslumbrante. Recuerdo un sonido de mucha más calidad cuando la escuché en 2017 en su sede neoyorquina del David Geffen Hall –antes Avery Fischer Hall- con una novena de Beethoven.
En el primero de ellos, día 13 de octubre, un encargo de la agrupación que se estrenó el pasado mes de septiembre y constituía el estreno en Madrid de la obra, abrió el evento. Se trata de Invisible House, obra de la compositora canadiense afincada en Nueva York, Zosha de Castri, nacida en 1985. Aunque la obra se inspira en el poeta de origen ucraniano Ilya Kaminski y en las experiencias como soldado e inmigrante en Canadá del bisabuelo de la compositora, también ucraniano, aprecié muy claras las influencias de la música americana, John Cage, Philip Glass y el propio John Adams, así como de bandas sonoras de cine. La obra muestra un tutti orquestal agreste, caótico, salvaje, reiterativo, con abundante percusión, en el que la batuta de Dudamel subrayó el ímpetu rítmico, terreno donde se mueve como pez en el agua, además de contrastar adecuadamente con un final a modo de remanso lírico y más sosegado. Poco entusiasta reacción del público.
Más reflexivo y contenido se mostró el venezolano en Transmigration of Souls, composición de Johan Adams del año 2002 a modo de memorial de las víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001. La pieza requiere gran orquesta, coro, coro infantil y se vale de cintas pregrabadas con sonidos ambientales de la gran manzana, así como voces que recitan frases y el nombre de algunas de las víctimas de los atentados. Sin duda, Adams, demuestra oficio y capacidad para crear una atmósfera emotiva de sustrato teatral. La orquesta que estrenó la obra en 2002, bajo la dirección de Lorin Maazel, la expuso, bajo la batuta, en este caso, serena y apropiadamente introspectiva de Dudamel, que expresó pathos contenido, sin excesos, y que contó con la magnífica actuación del Orfeo catalá. El coro, de gran tradición, que data de finales del siglo XIX, escanció la calidad de sus odres gran reserva, incluido las barricas de caldo joven representadas por el coro infantil. Por cierto, una de sus miembros sufrió un desvanecimiento al final de la primera parte.
Después del descanso, desapareció la serenidad y un Dudamel enérgico e incandescente se enfrentó a la Quinta Sinfonía de Prokofiev de manera implacable. Magnífica la cuerda, que formó con contrabajos a la izquierda, tanto la aguda como la grave, de la Filarmónica de Nueva York conducida por el concertino Frank Huang. Flamígera y empastada, en plena comunión con la batuta resultó fundamental para su planteamiento. Intensísimo el primer movimiento y frenético de ritmo el segundo, aunque se echó de menos mayor transparencia expositiva. Al Adagio le faltó algo de efusión lírica, de finura, profundidad y factura dramática. El final resultó vibrante, vertiginoso y de gran brillantez como plena expresión de júbilo, pero sin ponerse en evidencia el trasfondo lúgubre y pesimista que late en el pasaje.
Dudamel y la NYPO premiaron las cerradas ovaciones del público con una propina en homenaje al director laureado de la orquesta Leonard Bernstein, el vals de su divertimento para orquesta. Otro estreno en Madrid obró como pórtico en el segundo concierto de la NYP, el día 14 de Octubre, antes de interpretarse una de las obras más emblemáticas y populares del repartorio sinfónico, la Quinta Sinfonía de Mahler. Imágenes mestizas es una pieza corta, de unos 11 minutos de duración, compuesta por la cubano-americana, con muchas más ascendencias familiares, Tania León (1943), como encargo de la orquesta, que la estrenó, asimismo, el mes pasado. Obra de agradable escucha en la que se lucen la percusión y las maderas, especialmente el magnífico solista de clarinete.
En la Quinta Sinfonía de Mahler, el carismático Gustavo Dudamel, en una obra que conoce bien y ha interpretado mucho, destacó, como es habitual en él, dentro del amplio universo de contrastes y extremos Mahlerianos, las partes de mayor intensidad, energía e ímpetu rítmico. Sin embargo, también logró un hermoso adagietto, con una cuerda aterciopelada y tersa, que cantó adecuadamente el sublime pasaje. Pudo faltar algo de emoción, pero atesoró suficiente efecto al justamente famoso pasaje. Buena prestación de la orquesta, pero lejos de deslumbrar, pues faltó limpieza a las texturas, transparencia, juego de dinámicas y mayores matices. Además, el primer movimiento se vio empañado por un fallo grosero del solista de trompeta, que se repitió en los siguientes movimientos. Espléndido, por su parte, el solista de trompa que protagonizó un scherzo notable en el que lució la desenvoltura para el nervio y el frenesí rítmico de la batuta. El final, no exento de cierto exceso de decibelios, resultó encendido, vibrante y arrebatado, lo que provocó inmediatas ovaciones del público sin dejar, ni una décima de segundo para el respiro.
Fotos: Todd Rosenberg
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