Crítica de Óscar del Saz del concierto de Gustavo Dudamel y la Sinfónica de RTVE en el Día Mundial del Cáncer de Próstata
Dudamel electriza el drama y el disfrute vital en Beethoven
Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 11-VI-2026. Teatro Monumental. Orquesta Sinfónica de RTVE. Concierto en el Día Mundial del Cáncer de Próstata. Obras de Ludwig van Beethoven (1770-1827). Gustavo Dudamel, director.
En este concierto extraordinario de la Orquesta Sinfónica de RTVE el atractivo, sin duda, fue ver -y disfrutar trabajando juntos- al afamado director venezolano Gustavo Dudamel (1981) y a la Orquesta de la sede del Teatro Monumental, empresa que -nos consta- ha llevado al menos un año de negociaciones y que ha encontrado en este día especial, enfocado a la prevención de esta enfermedad, una ocasión única que esperemos se repita todas las veces en que sea posible.
Dudamel viene de dirigir -mayo/junio, en el fin de su etapa de la Filarmónica de Los Ángeles- obras de Adams, Estévez (estreno de su «Cantata Criolla»), 2.ª de Mahler, 3.ª de Beethoven, otros estrenos contemporáneos…, y en este verano afrontará de nuevo Beethoven (La «Eroica», La 6.ª, La 7.ª, La 9.ª), La 7.ª de Shostakovich y la 2.ª de Mahler, antes de su inicio como director titular de la New York Philharmonic, en septiembre 2026 (5.ª de Prokofiev, como plato principal), dedicando noviembre a la «Tosca» (Carnegie Hall).
A las claras se mostraron dos especiales sensibilidades del genio de Beethoven: en primer lugar como dramaturgo del espíritu y los procesos humanos internos, en la obertura «Egmont», basada en el drama de Goethe -el conde del mismo nombre fue ejecutado por resistir la tiranía española en Flandes-, en la que la música se corresponde con un mensaje ético y moralizante y, en segundo lugar, como arquitecto del movimiento, en su «Séptima sinfonía», donde la música es puro ritmo vital.
La interpretación sucesiva, como fue el caso, permitió ejercitar un recorrido sensorial completo desde la lucha interior y la política ilustrada -teniendo la libertad y el sacrificio como ejes de coordenadas- a la afirmación jubilosa de la existencia -también libre-, en la que juegan el impulso vital y la rítmica dionisíaca del disfrute.
La obertura «Egmont», como corresponde, condensó en pocos minutos esa necesaria claridad narrativa, sintética, de evocación muy teatral. Se subrayó, por tanto, el carácter grave, denso y opresivo del inicio frente al ‘Allegro’ subsiguiente, con una agitación continua muy bien resuelta por la mano de Dudamel, así como poder hacer transparentes y energizantes las luchas rítmicas entre secciones y poner a funcionar de forma muy eficiente sus habilidades de gestión de las dinámicas, construyendo un único arco dramático, sin fragmentaciones. El final se diseñó brillante y apoteósico -sin triunfalismos superficiales-, más allá del resultado trágico de la muerte, simbolizando de forma trascendente la victoria moral del ejecutado.
La Orquesta de RTVE, dispuesta con cuerdas graves y agudas enfrentadas a lo ancho del escenario, y los metales y timbales de forma más aislada, detrás, respondió de forma muy eficiente en los ataques en pianísimo en las cuerdas, así como ejecutando precisas articulaciones en los pasajes rápidos. El viento-madera sirvió convenientemente a la intención narrativa y a un empaste tímbrico de densidades muy bien armadas.
Después de los merecidos aplausos, se interpretó sin descanso La 7.ª, escrita en un periodo difícil de sordera ya acusada, y cuyos cuatro movimientos dibujan una progresiva atmósfera expansiva, con muchos aspectos que podemos calificar de originales -algunos musicólogos opinan que «excéntrica» es al adjetivo más adecuado para esta sinfonía, debido a su obsesión por la rítmica a ultranza-, sobre todo por darle a la rítmica el papel de generador formal, para crear belleza, por lo que es una pieza muy apropiada para ser dirigida por directores puramente energéticos como es Dudamel, y que saben de la importancia de diferenciar la introspección del segundo movimiento de la exuberancia del cuarto.
Resaltamos aquí que la forma de dirigir del maestro Dudamel, de carisma natural, es esencialmente integral desde el punto de vista corporal, siempre hacia adelante, siempre sin desmayo, con las ideas clarísimas y sabiendo en cada momento cómo comunicarlas a partir del despliegue de los múltiples recursos que atesora. A ello se suma una extraordinaria capacidad para generar tensión y continuidad en el discurso, apoyada en una concepción rítmica muy marcada y en un pulso que nunca decae.
Su gesto, amplio y de gran plasticidad, favorece una comunicación inmediata con la orquesta, de la que obtiene una respuesta intensamente implicada, casi física, que se traduce en una sonoridad vibrante y profundamente cohesionada. No es menor su habilidad para equilibrar esa energía expansiva con momentos de lirismo contenido, en los que su dirección se vuelve más contenida y suspendida, revelando una atención minuciosa al sonido, a la respiración musical y al fraseo.
En el primer movimiento resaltó claramente los ademanes para el ‘Vivace’, con ese ritmo obsesivo que alberga innumerables acentos, a un tempo relativamente movido. El segundo movimiento, ‘Allegretto’, el más famoso por su mágica belleza debida a la superposición de acomodadas capas, resultó a nuestro juicio un tanto más prosaico de la cuenta, alicortado en el vuelo fantasioso, o si se nos permite, nos resultó excesivamente «terrenal», cuando podría haber sido más «inmaterial».
Los siguientes movimientos tercero -‘Presto, Assai meno presto’- y cuarto -‘Allegro con brio’- atendieron sin recato a la exuberancia y el ritmo desenfrenado, respectivamente. En algunos momentos, el maestro también supo recatar su gesto a la filosofía de «menos es más», estableciendo una más íntima comunicación con los músicos.
El final se ejecutó con un desenfreno energético medido y calculado, controlado pero efectista, con claridad y transparencia, motivando al escuchante con cada repetición y obligando a la cuerda a un vistoso virtuosismo de resistencia física de dedos y arcos, así como que el resto de las secciones se contagiara de tal «orgía» en la ejecución.
El éxito de la velada fue rotundo y unánimemente reconocido por un público entregado, que premió con prolongadas ovaciones y bravos tanto al maestro Dudamel como a la Orquesta Sinfónica de RTVE, y a sus secciones, una por una, consciente de haber asistido a un acontecimiento verdaderamente excepcional.
Más allá del brillo de los aplausos impulsivos, pero sinceros, y aunque hemos visto dirigir a Dudamel a otras orquestas en incontables ocasiones, a nosotros también nos quedó un valioso remanente, bastante después del concierto: el de haber compartido una experiencia artística del binomio Dudamel-OSRTVE de muy alto nivel. Ojalá este encuentro no sea un hecho aislado, sino el principio de futuras colaboraciones que permitan volver a disfrutar de un acontecimiento musical tan relevante como el vivido en esta ocasión.
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