Crítica de Alba María Yago Mora del concierto ofrecido por la Orquesta de la Comunidad Valenciana en el Palau de les Arts de Valencia
El lujo de lo excepcional
Por Alba María Yago Mora
Valencia, 18-VI-2026. Palau de les Arts. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Gustavo Gimeno, director. Marianne Crebassa, mezzosoprano. Maurice Ravel: Rapsodie espagnole. Manuel de Falla / Luciano Berio: Siete canciones populares españolas. Igor Stravinsky: El pájaro de fuego.
Algunos programas encuentran su sentido en la afinidad estilística de las obras que los integran. Otros lo construyen a partir de una idea más profunda, capaz de atravesar épocas, lenguajes y contextos históricos. El concierto ofrecido por Gustavo Gimeno al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana pertenecía claramente a esta segunda categoría. La propuesta permitía contemplar tres formas diferentes de transformar materiales populares, legendarios o imaginados en refinamiento orquestal: Ravel observando España desde París; Falla convirtiendo el folclore en arte culto (y Berio filtrándolo después a través de su propia sensibilidad); y Stravinsky construyendo uno de los cuentos musicales más fascinantes del siglo XX mediante una orquestación revolucionaria.
La velada se abría con la Rapsodie espagnole, una de las primeras grandes obras orquestales de Maurice Ravel y uno de los ejemplos más refinados de ese fenómeno que la musicología ha denominado tradicionalmente "españolismo francés". Ravel nunca pretendió reproducir el folclore real. Su interés se dirigía hacia una España estilizada, soñada e imaginada, convertida en atmósfera sonora. Desde el misterioso Prélude à la nuit hasta la explosión festiva de Feria, el director valenciano encontró el equilibrio ideal entre sensualidad tímbrica y claridad estructural. La OCV respondió con una calidad sonora extraordinaria, desplegando una paleta de colores prácticamente inagotable y una gestión de las dinámicas que permitía apreciar cada detalle de la escritura raveliana.
Fue precisamente en esa atención al detalle donde comenzó a manifestarse una de las grandes virtudes de la noche. Gimeno posee una elegancia poco frecuente sobre el podio. Su gesto, siempre preciso y contenido, rehúye cualquier forma de efectismo visual. No necesita grandes movimientos ni teatralidad para imponer su autoridad. Todo parece surgir desde la naturalidad, desde una comprensión profunda de la partitura y desde una confianza absoluta en los músicos que tiene delante. El resultado fue una dirección de una claridad admirable, capaz de obtener transparencia incluso en las texturas más densas.
Las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla ocuparon el centro del programa en la versión orquestal de Luciano Berio. Compuestas originalmente para voz y piano, conservan intacta su esencia popular en la revisión del compositor italiano, aunque enriquecidas por una escritura orquestal mucho más sofisticada e iluminando el material original desde nuevas perspectivas tímbricas. La mezzo Marianne Crebassa asumió este bloque con una interpretación irreprochable. Hubo elegancia en la línea, naturalidad expresiva y una constante atención al texto. Sin embargo, la propia naturaleza de las canciones —breves, íntimas y concentradas— hizo que la actuación quedara inevitablemente eclipsada por el extraordinario protagonismo del resto del programa. Más que un momento de exhibición vocal, estas canciones funcionaron como un delicado espacio de transición.
La segunda parte estuvo dedicada a El pájaro de fuego, obra que proporcionó a Igor Stravinsky su primer gran éxito internacional gracias a los Ballets Rusos de Serguéi Diaghilev. Todavía perteneciente al universo tardorromántico heredado de Rimsky-Korsakov, contiene ya muchos elementos que desembocarían después en las revoluciones musicales de Petrushka y La consagración de la primavera. La imaginación tímbrica, la riqueza rítmica y la extraordinaria capacidad narrativa aparecen ya plenamente desarrolladas.
Y fue precisamente aquí donde el programa alcanzó su culmen. La complejísima maquinaria orquestal de Stravinsky encontró en Gimeno y en la OCV unos intérpretes ideales. Resultó especialmente admirable la capacidad del director para mantener la transparencia del discurso incluso en los momentos de máxima densidad sonora. Desde las atmósferas misteriosas de la Introducción, con sus oscuras resonancias en las cuerdas graves, hasta las violentas irrupciones del Kashchei infernal, cada plano aparecía perfectamente definido y cada transición encontraba su sentido. La célebre Danza del pájaro de fuego desplegó toda su brillantez sin perder nunca precisión, mientras que la Ronda de las princesas reveló una delicadeza casi camerística. Cada sección de la orquesta respondió con una precisión que por momentos hacía pensar más en una grabación de estudio que en una interpretación en directo.
Igualmente sobresaliente fue la gestión de las dinámicas. Tanto Ravel como Stravinsky exigen una amplitud enorme entre los pianísimos más delicados y los grandes clímax orquestales. La OCV respondió a ese desafío con una naturalidad impresionante, transitando entre extremos sonoros sin perder nunca el equilibrio, la calidad tímbrica ni la cohesión interna. Los pasajes más delicados conservaron una transparencia casi irreal y los grandes estallidos orquestales desplegaron toda su fuerza sin caer jamás en la saturación.
Quizá la mejor prueba del éxito de la interpretación fue la propia percepción del tiempo. El pájaro de fuego es una obra extensa, pero la sensación durante la escucha fue exactamente la contraria. La narración avanzó con tal fluidez que el tiempo parecía comprimirse. Cuando Stravinsky construye el extraordinario tramo final de la obra —una de las páginas más brillantes de todo el repertorio sinfónico—, la sensación era la de asistir a una progresiva expansión de luz después de un largo viaje por territorios fantásticos. El gran coral conclusivo encontró a Gimeno y a la OCV en estado de gracia, y es que pocas veces la sofisticación sonora resulta tan natural. Cada detalle parecía ocupar exactamente el lugar que le correspondía. Y cuando eso sucede, el tiempo simplemente desaparece.
Fotos: Miguel Lorenzo
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