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Crítica: Heras-Casado dirige 'La flauta mágica' en Aix-en-Provence

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Autor: Alejandro Martínez
20 de julio de 2014

CONFIRMANDO A HERAS-CASADO

Por Alejandro Martínez

14/07/2014 Festival Internacional de Aix-en-Provence: Grand Théâtre de Provence. Mozart: La flauta mágica. Stanislas de Barbeyrac, Mari Eriksmoen, Olga Pudova, Josef Wagner, Regula Mühlemann, Christof Fischesser, Andreas Conrad y otros. Orquesta: Freiburger Barockorchester. Coro: English Voices. Pablo Heras-Casado, dir. musical, Simon McBurney, dir. de escena

  

   Sin duda alguna La flauta mágica se cuenta entre las óperas más difíciles de escenificar. Su semántica, con la presencia de ese reiterado elemento alegórico, un tanto onírico, a veces malentendido como un discurso infantil, despista a menudo a los directores de escena, que en lugar de traducir de forma inteligible un libreto ya de por sí denso suelen acumular todavía más referencias agotando al espectador, que a menudo sale del teatro, y no exageramos, sin saber exactamente de qué trata La flauta mágica. Al Festival de Aix llegaba en esta ocasión una coproducción, firmada por Simon McBurney con su compañía Complicité, una suerte de Fura británica, previamente escenificada en la Nederlandsee Opera de Amsterdam y en la ENO londinense, en 2012 y en 2013 respectivamente. Por lo que pudimos saber, desde entonces la producción ha afinado un tanto su manejo de los diversos recursos técnicos y el despliegue audiovisual que incorpora, ahora ya más aquilatado.

   A decir verdad McBurney presenta un espectáculo sugerente, quizá un tanto pretencioso en su originalidad, como si quisiera ser el más ingenioso de la clase, pero que busca sobre todo trasladar, por un lado, la narratividad del libreto y, por otro, la caracterización emocional de los personajes mozartianos. Y lo hace a través de un conjunto de elementos muy particulares. Por un lado, dispone una pizarra a un lado del escenario, ubicada frente a una cámara que transmite todo lo que allí se dibuja y también los diversos objetos dispuestos ante la lente y que, agrandados por la proyección, sirven ocasionalmente de socorrida escenografía. Además, al otro lado del foso se sitúa una jaula de sonidos desde la que se generan variopintos efectos acústicos, no demasiado ocurrentes a nuestro parecer.

   Además, el foso se muestra conectado con la escena y bastante elevado, no sólo por un trasunto acústico sino también para facilitar un continuado diálogo de la orquesta con la escena (músicos que participan de la representación en determinados momentos, solistas que descienden al foso, etc.). Como escenografía propiamente dicha, en realidad, apenas se dispone en escena una plataforma de grandes dimensiones suspendida y que va basculando para generar distintas perspectivas y espacios, solventemente acompasada con la iluminación. La función discurre como la sucesión de una panoplia de efectos de luz y sonido, unos menos afortunados y otros con genial resultado, como Pamina y Tamino flotando literalmente en mitad del escenario barridos por una tromba de agua.

   Por otro lado, se emplea de algún modo todo el teatro como escenario: Sarastro entra desde un lateral del patio de butacas y asimismo Papageno y Papagena desaparecen al final de su dúo cruzando el patio de butacas iluminado en una celebración ciertamente divertida y cargada de simpatía. Al final de la función queda la sensación de un trabajo esmerado aunque un tanto aparatoso, por más que conduzca con naturalidad hacia esa apoteosis final de Schönheit und Weisheit (belleza y sabiduría). Sea como fuere, hay de algún modo un exceso de imaginación, no de todo bien canalizada, que multiplica los efectos y ocurrencias sin una brújula clara y comunicativa que traslade al espectador algo más que la impresión de un espectáculo variopinto y simpático. La tentación de ser original a veces sobrepasa la capacidad comunicativa de quien se deja llevar por dicha aspiración.

   Del extenso reparto que demanda esta partitura, a decir verdad, no destacó singularmente ningún intérprete. Si nos apuran, sorprendió para bien el Papageno, tan bien actuado como cantado, de Josef Wagner, con la dosis justa de simpatía, rudeza e ingenuidad. Habíamos elogiado previamente el buen hacer de Mari Eriksmoen como Susanna junto a Harnoncourt en Viena. En esta ocasión su Pamina quedó un tanto corta de medios, algo apurada en los ascensos aunque lírica y bien encarnada en escena. Preferimos, generalmente, voces con más cuerpo para esta parte. Asimismo, Stanislas de Barbeyrac nos pareció un tenor demasiado ligero para el rol de Tamino aunque emite con gusto, sabe frasear y convenció en escena. Insuficiente en lo dramático, por más que tuviera las notas esperadas en el agudo, la Reina de la Noche de Olga Pudova, falta de temperamento aunque esmerada en la asunción de la particular caracterización de su papel que dispone McBurney. Consistente aunque falto de grandeza el Sarastro de Christof Fischesser y absolutamente indigno el Monostatos de Andreas Conrad. Cumplidora, en su escueto cometido, la Papagena de Regula Mühlemann.

   Párrafo aparte merece, por méritos propios, la labor desde el foso del granadino Pablo Heras-Casado al frente de la Freiburger Barockorchester. Estamos sin la menor duda ante una batuta de importancia creciente, que va a dar mucho que hablar durante la presente década. Si bien a su enfqoue con esta Flauta pudiera achacarse un enfoque excesivamente analítico en la prima mitad, transparente, sí, muy diseccionado, pero por momentos poco teatral, lo cierto es que todo fue fluyendo poco a poco hacia una lectura sorprendentemente madura y coherente, con la dosis exacta de ligereza pero sin perder de vista la solemnidad y hondura que demanda Mozart en muchos momentos. Con su gesto, sereno pero decidido, Heras-Casado transmite en todo momento la sensación de saber muy bien lo que se trae en su manos y hacia dónde quiere conducirlo. Ésta era la primera ocasión en la que Heras-Casado tomaba la batuta al frente de esta partitura y, a la espera de la natural maduración que pueda acumular en futuras lecturas, lo cierto es que nos convenció ya mucho por la firmeza del enfoque y la calidad del sonido que lograba articular.

   Respecto al desempeño de la Freiburger Barockorchester sólo cabe confirmar que estamos ante una formación que vive su mejor momento, tras aproximadamente un lustro de continuada maduración y mejoría, mostrando ya no sólo una resolución técnica impecable sino un sonido con personalidad, un punto seco y austero, pero noble. Buena contribución asimismo del coro English Voices, para redondear una representación que fue recibida, no exageramos, por un patio de butacas completamente puesto en pie. Quizá no había tantos elementos en juego para semejante entusiasmo, pero compartimos, eso sí, la sensación de haber asistido a un trabajo llevado a cabo con altas cotas de pasión y profesionalidad, que no es poco.

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