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CRÍTICA: UN "HOLANDÉS ERRANTE" SIN INSPIRACIÓN EN LA SCALA DE MILÁN, BAJO LA DIRECCIÓN MUSICAL DE HARTMUT HAENCHEN. Por Andrea Merli

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Autor: Andrea Merli
20 de marzo de 2013
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 UN HOLANDÉS MAL SERVIDO
 
Milán.DER FLIEGENDE HOLLANDER - Richard Wagner. Daland: Ain Anger, Senta: Anja Kampe, Erik: Klaus Florian Vogt, Mary: Rosalind Plowright, Steuermann: Dominik Wortig, Hollander: Bryn Terfel. Director: Hartmut Haenchen. Regia: Andreas Homoki. Decorados y vestuario: Wolfgang Gussmann. Iluminacion: Franck Evin. M° del coro: Bruno Casoni. Teatro alla Scala, 6 de marzo 2013.

       Una de cal y una de arena, es decir un Verdi y un Wagner caracterizan esta temporada del bicentenario en la Scala. Tras la arena, en el escenario y elemento relevante de una dirección de escena anodina, del reciente Nabucco, nos ha llegado ahora un Holandes escenicamente aun peor servido. Lo que ya es un record. Andreas Homoki tras presentar esta producción en Zurich, la ha traido a Milan. La noche del estreno recibió un sonoro abucheo, oído en la radio por los melómanos de todo el mundo.
       Esta crónica se refiere, una vez mas, al turno A de abono: es decir a la tercera función. Al no dar la cara ninguno de los responsables del espectaculo, han caido desde el loggione (el gallinero de la Scala) tan solo dos "buhs" en direcciòn a la pobre Senta, que se ctragó de esta forma las rabietas del patio. Pero la gente -los de platea almenos- se apresuró una vez más con gran velocidad a buscar los abrigos y paraguas, sin casi hacer caso a los artistas que salieron a recibir muy tibios aplausos.
       Homoki nos sitúa en una oficina comercial, posiblemente de una compañía de barcos que controla Africa (un mapa enorme de la parte sur del continente ocupa el centro de la escena colgando de la pared de una torre de planta octagonal y giratoria) cuyo jefe es Daland, el bajo Ain Anger de amplia voz pero más bien carente en los graves. Los marineros, incluyendo el timonel (desentonado, más que cantado, por un tenorcillo de verguenza ajena al que haremos el favor de no citar) se trasforman en empleados que, en cuanto el amo no los ve, dejan de trabajar: otro tópico. La aparición del Holandes, Bryn Terfel cuya voz tiende siempre más a la oscilaciòn a banda larga y que, pese a alguna que otra buena intención, canta todo abierto y emitiendo sonidos bastos, costituye el primero de los enigmas. Viste un abrigo de piel de simio y lleva un sombrero de copa desgastado y con una pluma roja. Por supuesto, pese que el barítono galés tiene cierta presencia, la fascinación tenebrosa un poco vampiresca que debiera ser caracteristica del personaje, se viene abajo y se sobrepone el ridículo involuntario.

      Por otra parte, no cambiando la escena, las hilanderas son otras tantas secretarias. El vestuario es el de los treinta del pasado siglo (oh, novedad) y Senta, aun siendo hija del jefe, trabaja como las demas, recibiendo ordenes de Mary, aquí severa senorita Rottermaier. La urgencia de tener una vieja gloria para este papel, admitiendo que Rosalind Plowright haya ganado créditos en la Scala, no se entiende, puesto que ni la voz actual de la soprano, ni el rol, que es de mezzo, parecen justificarla. Peor lo pasó Anja Kampe, voz más bien ligera para Senta, que en los agudos se desahoga con chillidos de difícil calificación musical. El vestuario, el "tradicional" abrigo primero y la combinación blanca luego, tampoco le ayudaron en una actuación histérica, más que de chica sonadora y enamorada. Finalmente el tenor Klaus Florian Vogt, Erik, resultó el mas regular del irregular reparto. Sin embargo, vestido de cazador furtivo, pareció salir de otra ópera y de paso por el escenario. Lo que es el canto, es correcto hay que admitirlo. Pero el timbre blanquecino le hace parecer mas apto, por color y acento, al Don Basilio de Las bodas de Figaro de Mozart; que le contraten para Parsifal o para Lohengrin, amén de que tiene indudablemente lo que los galos definen como "le fisique du rol", no deja de ser señal de lo mal que anda el canto wagneriano.
       Queda por señalar la extraordinaria apariciòn de un indigena, estilo Tarzan, con lanza en la mano mientras el mapa de África se quema -único momento de auténtico sobresalto de toda la velada- y eso en concidencia del canto del coro de los marinos del buque fantasma, en el tercer acto. Donde, por cierto, el coro de la Scala, como siempre obediente a las órdenes de Bruno Casoni, no pareció ni la sombra de sí mismo, por como se desatendieron ataques y por la general confusión en la escena. Tampoco la orquesta, en esta ocasión, se cubrió de gloria actuando muy por debajo de su nivel habitual.
      Al director Hartmunt Haenchen, honrado kapellmeister, le pudo la partitura: no supo evitar fragor y faltó definición en las páginas que requieren mayor respiro y mas profundidad de lectura. La gran ausente fue la ispiración, la que debiera evocar, por una parte, las raices de Weber y Beethoven y, por otra, la ligereza y el ritmo danzante de Donizetti. Autores de los que, este primer Wagner en su genialidad, es sin duda deudor.
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