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CRÍTICA: HILARY HAHN FIRMA UNA EXTRAORDINARIA PARTICIPACIÓN EN LA TEMPORADA DE LA ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA. Por Raúl Chamorro Mena

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Autor: Raúl Chamorro Mena
3 de junio de 2013
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UN GRAN MÚSICO Y UNA VIOLINISTA DE OTRA GALAXIA
 
Temporada ONE 31-5-2013. Vorisek: Sinfonía en re mayor. Vieuxtemps: Concierto para violín y orquesta nº 4, en re menor, opus 31. Chaikovsky: Sexta sinfonía "Patética" en si menor, opus 74. Solista: Hilary Hahn, violín. Dirección musical: Jirí Belohlávek.

      En la primera parte del concierto se incluyeron dos obras que la Orquesta Nacional de España interpretaba por primera vez. El desconocido checo Jan Vaclav Vorisek vivió en la Viena de Beethoven y Schubert, a donde llegó procedente de Praga. Las influencias de los dos genios citados se advierten en su música postmozartiana con ecos, asimismo, de Haydn. Su compatriota Belohlavek, que dejara en su día un gran recuerdo en Madrid con su memorable Katia Kabanova del Teatro Real, escanció con gran refinamiento, elegancia, equilibrio, bello sonido y convencimiento en la calidad de su música, una sinfonía muy apreciable que no merece la postración en que se encuentra.
      El caso de Henry Vieuxtemps ha sido el de un virtuoso-compositor. Niño prodigio del violín, se paseó por Europa de la mano de su padre a semejanza de los Mozart. La Orquesta Nacional de España interpretaba por primera vez su Concierto para violín nº 4 (compuso 5), una obra de grandes exigencias técnicas y virtuosísticas, que también merece una mayor presencia en los auditorios. No pudo tener mejor protagonista la presentación de esta obra en la ONE, que la violinita estadounidense Hilary Hahn, una de las grandes figuras del instrumento en la actualidad. Después de la larga introducción orquestal y un prodigioso ataque por parte de la violinista, de esos que dejan sin respiración, Hahn desplegó un sonido amplio, redondo, potente, limpio, bellísimo, que se expandió más allá del escenario hasta llenar todo el teatro, desgranando sin despeinarse la exigentísima partitura con esa facilidad de los elegidos.
      No fueron problema alguno para ella las dos deslumbrantes y complicadísimas cadencias situadas en el primer y segundo movimiento, en las que la violinista mostró afinación pluscuamperfecta, notas altas precisas y brillantísimas, fabulosas bajadas a la cuarta cuerda, notas rápidas, gradaciones dinámicas, acrobacias varias y una inmensa musicalidad. En definitiva, un prodigio técnico, una artista con todos los elementos propios de una gran virtuosa. Sólo cabría achacarle, que su perfección sea algo escolástica y la falte algo de alma.  Estupendo, atentísimo, el acompañamiento de Belohlavek, que tuvo el bonito detalle de salir a escuchar la pieza de Bach que ofreció como propina la sensacional violinista.

 

      Si la primera parte la ocuparon dos novedades para la Orquesta Nacional, la segunda la protagonizó una de las grandes y más interpretadas sinfonías de la historia, La Patética de Chaikovsky. Belohlavek no sólo obtuvo un magnífico sonido de la orquesta,- muy equilibrada en todas sus secciones, destacando una cuerda empastada, satinada y sonora, capaz de doblegarse en estupendas regulaciones dinámicas y sedosos pianissimi y unas maderas, tan importantes en Chaikovsky, muy precisas-,  sino que también expresó magníficamente toda el sufrimiento y carga emotiva de la magistral composición. Intensísimo el adagio del primer movimiento con una sentida y muy sensible evocación del maravilloso tema principal del mismo.
      Estupendo el uso del rubato y el sentido danzable en el vals del segundo movimiento y realmente magnífica la construcción por parte del músico checo del espectacular tercero en que fue preparando y creando el clímax de la gran marcha que resultó espectacular, pero no aparatosa, ni superficial y en la que la orquesta estuvo a la altura en todas sus secciones. Un movimiento que parece tener el carácter de "adecuado final en punta", (algunos espectadores no pudieron reprimir los aplausos e, incluso, algunos abandonaron, sorprendentemente, la sala), pero que da paso al maravilloso cuarto, ese adagio lamentoso que llega a lo más hondo y en el que queda expresado todo el sentimiento, el dolor y sufrimiento de un Chaikovsky que falleció 9 días después del estreno de la sinfonía y cuya vida parece desvanecerse en esos acordes finales de los contrabajos. Toda esa carga emotiva, toda esa intensidad invadió al público que, como debe ser, no rompió en aplausos hasta que el maestro bajó sus brazos.
      Grandes ovaciones para Hilary Hahn, que firmó discos en el descanso en el hall del Auditorio Nacional, y para el maestro checo Belohlavek, un gran músico.
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