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CRÍTICA: 'IL MATRIMONIO SEGRETO' DE CIMAROSA EN EL REGIO DE TURÍN. Por Andrea Merli

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Autor: Andrea Merli
24 de abril de 2013
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    GENIAL"MATRIMONIO" MANTENIDO EN "SEGRETO"
 
Torino. IL MATRIMONIO SEGRETO - Domenico Cimarosa. Carolina: Barbara Bargnesi, Geronimo: Paolo Bordogna, Paolino: Emanuele D'Aguanno, Conte Robinson: Roberto De Candia, Fidalma: Chiara Amarù, Elisetta: Erika Grimaldi. Director: Francesco Pasqualetti. Regia: Michael Hampe. Decorados: Jan Schlubach. Vestuario: Martin Rupprecht. Iluminacion: Andrea Anfossi. Fortepiano: Giulio Laguzzi. Teatro Regio, 17 de marzo.

 

      Indiscutible obra maestra, en su estreno en el Burgtheater Viena, el dia 7 de febrero de 1792, después de obtener un éxito apoteosico y tras una pausa para la cena, por orden expresa del emperador Leopoldo II, se tuvo que bisar de pe a pa. Y? Nosotros, los italianos, somos los primeros en no saber valorar y siempre los últimos en apreciar los verdaderos valores de nuestra cultura, del arte que abunda en nuestro país, en general. La ópera no iba a ser una excepción. Il matrimonio segreto deberia estar en los carteles de todos los teatros, con costancia y perseverancia, especialmente en los italianos. Al fin y al cabo, para más inri, se trata de una ópera "barata". Se puede resolver con un solo cuadro escénico, necesita tan solo seis -eso sí, muy buenos- intérpretes, prescinde de coro, el conjunto orquestral es mas bien reducido. El libreto de Giovanni Bertati es irresistiblemente teatral, goldoniano en su esencia, la maravillosa musica de Domenico Cimarosa no sólo representa el summum de la opera bufa napolitana, sino que también recoge el testigo de Mozart, por su tersura musical y en la articulación de los elaborados números musicales y anticipa genialmente a Rossini: el concertante final del primer acto coincide con el futuro en L'italiana in Algeri, el dúo del segundo acto entre los dos bufos lo encontraremos, casi identico, en Il turco in Italia. Y?

 

      Con decir que este título falta desde 1979 en el Teatro alla Scala de Milan sobran los comentarios. Y ni siquiera desde su escenario principal, ya que se puso en escena en la Piccola Scala, auténtica y entrañable bombonera, fragua y vergel de cantantes y obras de cámara, sacrificada para ampliar el escenario y para dar lugar a la nueva taquilla. Tal dei tempi è il costume. Esta temporada, el que quiso disfrutar de esta joya tuvo que ir al Piamonte. Primero en el Teatro Coccia de Novara, que con sus escasos medios económicos apostó por una exitosa nueva producción, ahora en el Teatro Regio de Turín, donde se repuso una producción propria, llevada también a Montecarlo en de 2002. La escenografia, luminosa, soleada y muy bonita, nos traslada a la época de la ópera, a finales del siglo XVIII. La firmó en su dia Jan Schlubach. El vestuario, elegante y coloreado en los tonos del beige, como si se tratara de un antiguo grabado, se debe a Martin Rupprecht. La dirección de escena, que en 2002 firmó Michael Hampe, ha sido fielmente recreada por Vittorio Borelli, director de escena estable del Teatro Regio. Las luces, muy bien administradas, fueron obra de Andrea Anfossi. Un espectaculo clasicó (suspiro de alivio) que armoniza perfectamente con la música y la escena, donde ha brillado un reparto de jovenes promesas y especialistas del genero bufo, todos de madrelengua italiana, lo que ha permitido disfrutar de unos recitativos, acompanados con brio por Giuli Laguzzi con el fortepiano, llenos de gracia e intenciones: lo que debería siempre ser, dicho inter nos, y que casi siempre falla. La habilidad del intérprete, además del talento del cantante, emerge así y totalmente en este peculiar repertorio.
      Empezando por el divertidisimo Signor Geronimo, imagen típica del bodeguero pre-burgues, adinerado y con aspiraciones a la nobleza, pero que no pierde de vista el interés económico, creado por el barítono Paolo Bordogna. Animal teatral donde los haya y cantante riguroso, respetuoso del Bel Canto. Su actuación ha sido un auténtico deleite, pues no ha dejado en la maleta ninguna de las mil y una facetas del personaje, que es bufo, sí, pero que tiene una humanidad palpable al oponerse a que la hija menor sea clausurada en un convento: "In un ritiro la Carolina", pero al mismo tiempo defiende los intereses de la mayor Elisetta, despreciada por el voluble Conte Robinson.
      Éste ha encontrado en el baritono Roberto de Candia su perfecta personificación, con una actuación que, sumada a la de Geronimo, echaba chispas de simpatía y ritmo teatral. La parte del noble ensimismado en su grandeur, un consentido al que todo debiera resultar fácil, le salió irresistiblemente cómica también porque puso mucho de su cosecha propia de actor muy entregado. Los timbres de estos dos cantantes non son muy diferentes, pero la habilidad de ambos supera y compensa con creces una baza inconsistente. La novia "segreta" Carolina ha encontrado en la soprano torinesa Barbara Bargnesi toda la determinación, la picardia de la verdadera, esquisita soubrette, en el sentido original que se le dio a esta peculiar la tipología escénica y vocal. Es decir, de buen canto lírico, línea elegante y buena agilidad. No menos centrada la Elisetta de Erika Grimaldi, con un caracter voluble, anticipación de las hermanastra de La cenerentola de Rossini, en su presumida aspiración y arrogancia, cantada con buena musicalidad. Admirable por la preciosa vocalidad de mezzo, puesta en perfecta evidencia sobretodo en el aria: "E' vero che in casa io son la padrona", la joven Chiara Amarù, dotada de un timbre suave y aterciopelado, la que canta con tecnica pulida  que se ha revelado óptima actriz cómica, especialmente en el recitativo y dúo con Paolino, donde se  declara provocando en el apuesto joven un desmayo
     El objeto del deseo y marido a escondidas, finalmente, fue Emanuele D'Aguanno, prometedor tenor emergente cuyo timbre recuerda por belleza y color el del mas célebre Juan Diego Flórez y que, si sigue los pasos del inteligente y sabio tenor peruano, tiene por delante un radioso porvenir.
       Bien la orquestra, obediente a Francesco Pasqualetti, otra batuta notable entre los jovenes directores italianos. Le faltan, logicamente, tablas y esperiencia, pero estos primeros vaidos prometen bien. Sin embargo, y sin senalar de hecho fallos técnicos, esta partitura necesitaria una lectura leve, espumosa y burbujeante como un buen cava o, puestos a elegir vino italiano, un frizzante Prosecco. Pero no se pueden pedir peras al olmo. Con paciencia y aplicación, Pasqualetti alcanzará pronto resultados que justifiquen y repitan el caluroso éxito que le ha acojido con el resto de la compañía en los aplausos prolongados e interminables al final de la ópera.
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