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CRÍTICA:'IL TROVATORE' DE VERDI EN EL TEATRO NUEVO ALCALÁ DE MADRID. Por Germán García Tomás

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Autor: Germán García Tomás
21 de enero de 2013
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 TROVADOR QUE PROMETE
Madrid. 20/01/13. Il Trovatore. Teatro Alcalá. 

      Con iniciativa privada, el Teatro Nuevo Alcalá de Madrid rinde homenaje al maestro Giuseppe Verdi en el año del bicentenario de su nacimiento, programando las tres óperas de su trilogía popular. La ópera inspirada en la tragedia medieval del dramaturgo español Antonio García Gutiérrez es la que ha inaugurado este ciclo. La compañía encargada de llevar a escena las tres óperas del compositor italiano es Estudio Lírico de Madrid, que dirige desde 2003 Belkys Domínguez, integrada por diversos artistas entre cantantes líricos, músicos, actores y bailarines. La compañía pone en escena títulos de ópera y zarzuela apostando por una escenografía y vestuarios clásicos, respetando la acción original de las obras.
      Il Trovatore, con libreto de Salvatore Cammarano y estrenada el 19 de enero de 1853, hace ahora 160 años, en el Teatro Apolo de Roma, es una ópera que según manifestó el mítico Enrico Caruso, necesitaba de los cuatro mejores cantantes del momento para ser representada. En el caso que nos ocupa, asistimos a un reparto de estupendas voces.
      El Manrico de la última función, el joven tenor José Tablada, fue el auténtico triunfador de la velada, por encima de todos. Dotó al trovador de gran presencia escénica, con una enorme nobleza heroica. El bello timbre de su voz, muy varonil, nos recuerda vivamente el metal, la amplitud y extensión de otro gran intérprete histórico de este papel, el legendario Mario del Mónaco. Entonó un "Ah si, ben mio" de un profundo lirismo con un impecable fraseo en las medias voces. Aun así, tuvo algunos desafortunados desajustes en la siempre tan esperada "Pira" final del tercer acto pero, salvando este obstáculo, regaló bellísimos momentos en el dramático dúo con Azucena del segundo acto ("Mal reggendo all'aspro assalto...") o en el final del cuarto acto, junto a Leonora. Destacar asimismo sus momentos cantados fuera de escena ("Deserto sulla terra") y su parte del Miserere. Desde aquí auguramos a este magnífico tenor una carrera sembrada de éxitos.

 

      Su amada Leonora estuvo encarnada en esta jornada por la soprano Dolores Granados, una artista poseedora de una voz de lírica spinto con gran facilidad para el agudo (aunque con cierta falta de regulación al proyectarlo) y menor en las agilidades vocales que le exige la cabaletta final del aria "Tacea la notte placida" en el primer acto. Mucho más expresiva estuvo en su segundo momento en solitario, el aria "D'amor sull'ali rosee" del cuarto acto, con una bellísima línea de canto plagada de exquisitos filados.
      El Conde de Luna del barítono Fernando Álvarez fue un tanto desigual a nivel vocal. Su voz comenzó un tanto áfona y algo temblorosa, pero a medida que avanzaba la representación fue tomando algo más de cuerpo y solidez, ofreciendo un correcto pero no estremecedor aria del segundo acto "Il balem del suo sorriso", con agudos bien emitidos, no tanto en el registro grave, donde la voz no encontraba demasiado apoyo. Pareció que donde mejor se encontraba este cantante curiosamente era en los recitativos. Actoralmente, su papel de villano fue más bien inexpresivo, ya que la rigidez de movimiento escénico ha sido notable, no sólo en este personaje, sino en todo el reparto.
      Inés Olabarría brindó una gitana Azucena muy dramática en ambos planos, escénico y vocal, destacando por encima de todo su sobrecogedor registro grave, a pesar de no poseer una voz de mezzo con la profundidad ideal que requeriría este atormentado papel. Su mejor momento no fue el "Stride la vampa!", sino el primer dúo que mantiene con el trovador, en el segundo acto, donde se da a conocer como su madre.
      El monólogo introductorio de Ferrando, jefe de la guardia del Conde, en el primer acto ("Di due figli...") fue defendido honrosamente por el bajo Francisco Santiago, con la voz un tanto engolada pero salvando con facilidad el juego de registros grave-agudo que le exige esa primera gran escena con el coro de hombres. Inés (Akemi Alfonso) y Ruiz (Napoleón Domínguez) cumplieron adecuadamente en cada uno de sus partichinos, así como el Coro Estudio Lírico, muy desenvuelto como los zíngaros pero algo menos en el coro de guerreros que abre el tercer acto ("Squilli, echeggi la tromba guerriera").
      En el foso se encontraba la maestra Elena Herrera, que ha conseguido que apenas 20 músicos sonaran como si de una orquesta de 50 profesores se tratase. Una agrupación con sonido homogéneo, la Filarmónica del Mediterráneo, que consigue crear el clima opresivo de la partitura verdiana subrayando todos los matices instrumentales aunque sin demasiados aspavientos sonoros. Se ha apreciado, no obstante, que la directora ha acelerado en ciertos momentos los tempi en los finales de las arias de los solistas, quizá para facilitar el fraseo de los mismos. La dirección escénica de estos montajes corre a cargo de Jesús Cordon y la escenografía de Carlos Carvalho.
      Siempre es una gran satisfacción para el público madrileño asistir a representaciones de ópera realizadas por compañías privadas que ponen en escena obras con recursos más modestos pero con criterios de calidad y rigor, y que pueden convertirse para el espectador en una óptima alternativa a las fastuosas producciones que programan los grandes teatros líricos.

 

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