Artículo de Sandrine Erdely-Sayo sobre las figuras del «intelectual» y del «artista»
«Intelectual» y «Artista»: Un examen crítico
Por Sandrine Erdely-Sayo
En el discurso contemporáneo, las etiquetas «intelectual» y «artista» se aplican con una ligereza que diluye su verdadero significado. Esta tendencia ha generado un escenario en el que individuos que no encarnan genuinamente estos roles son, sin embargo, celebrados como tales. Este ensayo busca explorar las implicaciones de esta mala aplicación y subrayar la importancia de preservar la integridad de estos términos.
Intelectuales: conocimiento sin sustancia
El término “intelectual” se refiere tradicionalmente a una persona que se dedica al pensamiento crítico, la investigación y la reflexión sobre la sociedad, proponiendo soluciones a sus problemas normativos. Sin embargo, en los últimos tiempos, esta etiqueta se otorga con frecuencia a individuos que, pese a tener una plataforma y reconocimiento público, carecen de profundidad en su comprensión o en su contribución al discurso intelectual basado en los atributos indispensables mencionados anteriormente.
El verdadero intelectualismo, especialmente en campos como el arte, la música, la poesía y la literatura, no es un logro instantáneo. Requiere años de estudio dedicado, una comprensión profunda de la materia y la capacidad de relacionarse de manera reflexiva con ideas complejas. Tener un gran número de seguidores o una voz estridente no convierte a nadie en intelectual. Sin conocimiento sustancial y pensamiento crítico, estos llamados intelectuales aportan poco al avance del saber y la comprensión.
Artistas: creatividad sin autenticidad
De manera similar, el término «artista» ha sido objeto de corrupción. Tradicionalmente, un artista es alguien que se expresa a través de diversos medios, creando obras que resuenan en un nivel estético, emocional o intelectual. Sin embargo, el uso moderno del término suele incluir a individuos cuyo trabajo carece de originalidad, habilidad técnica o profundidad emocional genuina.
Un artista no se forma en un año ni de la noche a la mañana; convertirse en artista es un proceso de toda la vida. Este proceso no solo requiere tiempo para desarrollar las habilidades técnicas, sino también para cultivar la visión creativa y la profundidad emocional que superan con creces la mera «técnica» y que definen la verdadera artisticidad. Esto es especialmente cierto en campos como la poesía y la literatura.
Crear obras que resistan el paso del tiempo exige un compromiso profundo con el oficio, un aprendizaje continuo y la capacidad de conectar con el público en un nivel profundo. De hecho, el artista a menudo crea obras que sólo son comprendidas y apreciadas por generaciones posteriores, como ocurre con Igor Stravinsky o Pablo Picasso. La democratización del arte a través de las redes sociales y otras plataformas ha permitido que cualquiera se autoproclame artista, independientemente de su compromiso con el oficio. El problema al que se enfrentan los verdaderos artistas no es la devaluación de su creatividad auténtica —que el tiempo juzgará— sino la ignorancia de los públicos incapaces de distinguir el trigo de la paja.
Las consecuencias del mal uso
La aplicación casual de estas etiquetas tiene varias consecuencias negativas. En primer lugar, crea una falsa equivalencia entre los verdaderos intelectuales y artistas y aquellos que simplemente adoptan el título. Esto puede generar confusión pública y erosionar los estándares dentro de estos campos. En segundo lugar, disminuye el valor de las contribuciones intelectuales y artísticas genuinas, ya que los términos pierden su significado. El verdadero artista está impulsado por la expresión de la verdad y la belleza a través de su arte.
Preservar la integridad
Para preservar la integridad de los términos «intelectual» y «artista», es crucial mantener estándares rigurosos sin sofocar el proceso artístico. Esto implica reconocer y celebrar las contribuciones intelectuales y artísticas auténticas, al tiempo que se mantiene una postura crítica frente a las reivindicaciones superficiales o insustanciales de estos títulos. Grandes artistas cuyos trabajos fueron rechazados por el «Prix de Rome» por su heterodoxia fueron, pese a todo, reconocidos más tarde como grandes creadores. En otras palabras, ¿quién puede erigirse en juez de lo que es el gran arte cuando los grandes artistas se rebelan contra la Academia y, al mismo tiempo, crean nuevos estándares y nuevos géneros de auténtica expresión artística?
Podría argumentarse que no debemos preocuparnos por el arte y los artistas espurios, porque la posteridad reconocerá el genio frente al pastiche y, a la larga, las obras sublimes se elevarán por encima del patetismo de lo ordinario o lo corrupto.
Al hacerlo, no sólo honramos a quienes encarnan genuinamente estos roles, sino que también fomentamos una cultura que valora la profundidad, la creatividad y la autenticidad.
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