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CRÍTICA: TRIUNFAL DEBUT DE ANNA NETREBKO EN LA 'IOLANTA' DEL TEATRO DEL LICEO DE BARCELONA. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
11 de enero de 2013
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Foto cortesía del Liceu
RENDIDOS A SUS PIES

       Triunfal estreno de Anna Netrebko en el Liceo la noche del pasado jueves con su Iolanta, ópera de Tchaikovsky que también se estreba en el teatro. Una noche que pasará a los anales del teatro como lo hiciera aquella Arabella de la temporada 1961/1962 con la que debutó Caballé en este mismo coliseo. La ovación fue unánime y efusiva, y por motivos justificados.
            Netrebko es quizá la voz de soprano con más potencial que haya surgido desde los años noventa del pasado siglo. Son un timbre y un material, los suyos, de esos que se encuentran en una de cada mil gargantas. La soprano rusa posee además un magnetismo singular, fijando la atención del espectador nada más pisar ella el escenario, incluso en una versión concierto como la que aquí comentamos. El timbre es suntuoso, denso, acariciador, con un centro carnoso y una transición esmaltada y brillante hacia el agudo. Se reconoce idéntico a como se registra en el disco. A partir de ese timbre, comunicativo por sí mismo, Netrebko ha afianzado un canto ensimismante, con una sólida capacidad para llenar el teatro con un sonido que flota y se proyecta con soberbia naturalidad, lo mismo en forte que en piano. La respiración es sosegada, el canto nada esforzado o tenso, y el sonido resultante es digno de escucharse con atención. El fraseo, al menos con esta partitura de Tchaikosky, es en su justa dosis poético y teatral. Tampoco desmerecen sus dosis como actriz, actuando ya con su rostro antes incluso de comenzar a cantar y apoderándose del escenario después, gesticulando, deambulando y haciéndonos creer su ceguera con gran verosimilitud. La combinación de todo ello nos ofreció una Iolanta inmaculada y memorable. Verdaderamente, el público del Liceo quedó el viernes cegado ante semejante derroche de medios y facultades.

       Le acompañó un reparto íntegramente ruso, bien escogido por Gergiev para redondear la representación. El tenor Sergei Skorokhodov había pisado ya los escenarios españoles en la Medea de Cherubini del pasado verano en el Festival del Mediterráneo del Palau de Les Arts. Ya entonces se nos antojó un cantante de medios y maneras apreciables. En esta ocasión ofreció una réplica estimable a la Iolanta de Netrebko, encarnado a Vaudémont. Compuso el rol con acertado tono, entre lo ardoroso y lo romántico, quizá a veces demasiado arrojado en su expresión, lo que le llevó a sonar en exceso enfático por momentos. Algo apretado a veces en el pasaje, la voz se expande sin embargo en el agudo y allí suena plena y brillante, aunque quizá en exceso metálica. El material, en última instancia, es apreciable, de un lírico sin acuciantes limitaciones, con modos teatrales y una buena implicación.
      El veterano bajo Sergei Aleksashkin encarnó al Rey René, con apropiado tono paternal y autoritario. El instrumento acusa ya el desgaste de los años, pero suena pleno, potente, con sobrada presencia, si bien no siempre dúctil. Esforzada y convincente interpretación, en todo caso, de una partitura que no es fácil. No puede decirse lo mismo del tosco Robert de Alexander Gergalov, que desaprovechó en buena parte su brillante intervención recordando a Mathilde, con un canto siempre muscular y estentóreo. Suficiente la labor del resto de intervinientes, destacando, por su posible potencial, la del bajo Yuri Vorobiev y la de la soprano ucraniana Eleonora Vindau.
      La labor de Valery Gergiev al frente de los cuerpos estables del Teatro Mariinsky fue magistral. La orquesta responde a su batuta como un mecanismo emocional que no titubea ni se arredra ante las encrucijadas técnicas. A sus órdenes, unos metales y unos vientos seguros, una cuerda tersa, y en general una recreación orquestal tan enfática como poética, digna del romanticismo tardío de Tchaikovsky. Gergiev imprimió además, en todo momento, una innata y detallista teatralidad que volvieron espejismo la disposición en concierto de esta representación.
      En conjunto, una noche de digno recuerdo la de esta Iolanta, inmejorable carta de presentación en el debut de Anna Netrebko en un Liceo que cayó rendido a sus pies.

 

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