Crítica de Óscar del Saz del concierto de la Budapest Festival Orchestra en Ibermúsica, bajo la dirección musical de Iván Fischer
Lirismo del Rhin, dramatismo del Valhalla
Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 25-V-2026. Auditorio Nacional de Música. Ibermúsica. Concierto A12. Serie Arriaga. Obras de Robert Schumann (1810-1856) y Richard Wagner (1813-1883). Budapest Festival Orchestra (BFO). Ingela Brimberg (Brünnhilde) (soprano), Hanno Müller-Brachmann (Wotan) (barítono). Iván Fischer, director.
En esta ocasión, asistimos a un concierto de una muy buena orquesta europea, destacada sobre el papel, esto es, la Orquesta del Festival de Budapest que, a las órdenes de su fundador, el húngaro Iván Fischer (1951), nos ofreció un atractivo programa que combinó las diferentes vertientes del romanticismo alemán, no exentas de espiritualidad versus dramatismo, como son la «Sinfonía n.º 3, Renana», de Schumann, y la escena final de «La valquiria», de Wagner.
El entusiasmo de Schumann por la región del Rhin se destaca en su Tercera Sinfonía (1850), con claros impulsos evocadores de la naturaleza de dicha ribera. No en vano, hay una clara ruptura formal al plantearse los cinco movimientos (‘Lebhaft’. ‘Scherzo, Sehr mässig’. ‘Nicht schnell’. ‘Feierlich’. ‘Lebhaft’) en vez de los cuatro usuales. Como anécdota no usual, previo a la salida de Iván Fischer, director muy atento al estilo, y para ajustar acordes, se procedió a confirmar las afinaciones en Do y Si bemol antes de proceder a la del ‘tutti’ en La.
Si bien el primer ‘Lebhaft’ resultó vivo y animado, resultó un tanto emborronado, con demasiada energía en el volumen puesto en juego y una falta clara de matices dinámicos. El segundo movimiento sí consiguió la transparencia y claridad debidas, con denuedo en el sonido de las trompas, siempre muy templadas. El tercer movimiento, por fin se atuvo a una muy buena planificación dinámica y atendió a un ‘tempo’ muy propiamente contenido, pero todavía sobrepasado en volumen.
En el cuarto, suerte de marcha fúnebre-ceremonial, se pusieron de manifiesto perfectamente la tensión y la progresión en todas las secciones, con unas muy buenas prestaciones de la sección de cuerdas graves y del completo de los metales, que operaron sin pesadez.
Sin solución de continuidad se atacó el quinto movimiento, con diseño de clímax bastante previsible. Vivo, sí, pero un tanto hueco en la transmisión de la emoción. Las cuerdas agudas, en general, se escucharon muy bien empastadas, aunque con ciertos ‘pizzicati’ quizá no punteados al unísono de forma estricta. Muy bien estuvieron todos los dúos de viento madera - viento metal.
La dirección de Fischer, en su apariencia externa podría definirse como de intuitiva, no excesivamente técnica con gestos, en general, económicos pero poco escolásticos, consiguiendo -sin embargo- transparencia, cercanía y fluidez en relación con sus músicos, con abundante contacto visual, y enfocado de forma constante al resultado musical, nunca inflexible en los ‘tempi’.
Hemos de decir que Fischer y su Orquesta nos gustaron mucho más en el Wagner, triunfando de forma mucho más clamorosa. La despedida y la redención son los leitmotiv de la escena final de «La valquiria» (1870), uno de los momentos más conmovedores y bellos de todo el ciclo del «Anillo» porque resume el conflicto entre el poder, la ley y el amor, esto es, la despedida de Wotan -dios y padre- a su hija Brünnhilde -despojada de su condición de valquiria- y su condena al sueño, rodeada de fuego.
El papel completo de Brünnhilde resulta extremadamente exigente porque requiere resistencia, potencia y lirismo, cuyo mayor desafío está en mantener la proyección y el timbre sobre la gran masa orquestal sin perder matices expresivos. La abnegada soprano sueca Ingela Brimberg (1964) logró ese reto la mayoría de las veces, pues no en vano es reconocida internacionalmente por sus interpretaciones de este rol, así como en el de Isolda.
Además de lo mencionado, albergó una expresividad directa y dramática, sin reservas, sirviendo perfectamente a esta última escena, con algún que otro agudo-sobreagudo un tanto gritado -si bien pudo entenderse como recurso dramático-, y enriqueciendo sus prestaciones canoras, cantando de memoria, con muy adecuadas poses semi-escenificadas de brazos y rostro.
Por el contrario, el Wotan del barítono alemán Hanno Müller-Brachmann (1970), un cantante poco adecuado para el repertorio wagneriano, dependiente siempre de la partitura, anduvo carente de la combinación de la necesaria autoridad vocal y de la profundidad dramática que mostrara el drama interior que significa desdoblarse en padre y en dios, por lo que perdió oportunidades de su lucimiento por la escasez de su paleta de graves.
Para empezar, se requiere un bajo-barítono más heroico, y Müller-Brachmann sólo pudo ofrecer una voz de hueca emisión, engordada y afeada artificialmente, muy limitada en volumen y estrechada en los agudos. En varios momentos fue enterrado por el sonido de la orquesta. Pasables fueron los pasajes de introspección o de canto más ‘parlato’ por lo que, siendo generosos, pudo aportar una dimensión más humana al personaje cuando cede parcialmente a lo que le pide su hija y decide que sólo un héroe, verdaderamente valiente, podrá despertarla.
En lo relativo a la orquesta, Fischer reflejó muy adecuadamente la densidad del sonido wagneriano, impregnándolo todo, como narradora del dramatismo en un único arco unificado, así como el resalte de los leitmotiv, especialmente el del destino, el sueño y el fuego, más los momentos claves del sacrificio, el poder y la redención como clímax emocionales, muy bien sostenidos por los metales y las cuerdas graves.
El éxito que obtuvo Iván Fischer y su orquesta fue bastante apreciable por parte del público, en un programa exigente, con muchas fases de calidad sonora y coherencia narrativa, pero en esta ocasión un tanto descompensada en cotas de calidad entre ambas partes: mucho mejor la épica y conseguida belleza en la prestación wagneriana (sonido, empaque, carácter) que la introspección puramente romántica schumanniana, poco nítida, al menos en el primer movimiento y en un final un tanto inane.
Quedan días para remediarlo, ya que tras este concierto en Madrid, Fischer y su orquesta viajarán a Valencia (martes 26, Palau de la Música de Valencia), Barcelona (miércoles 27, Palau de la Música Catalana) y Oviedo (jueves 28, Auditorio Príncipe Felipe) con el mismo programa.
Foto: Akos Stiller
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