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CRÍTICA: LA JOVEN ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA DEBUTA CON ÉXITO EN EL TEATRO DE LA ZARZUELA DE MADRID. Por Arian Ortega

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Autor: Arian Ortega
16 de enero de 2013
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José Luis Temes
LA JUVENTUD EN ESPAÑA, DIVINO TESORO

 

"De Madrid a la Alhambra". Concierto sinfónico. Teatro de la Zarzuela de Madrid, 14/01/13. Joven Orquesta Nacional de España. José Luis Temes, director musical. Selección de piezas de Usandizaga, Debussy, Gómez, Falla, Chapí y Miguel Marqués.

      En tanto que nos vamos acercando al estreno, el próximo viernes, del programa doble conformado por La Reina Mora/Alma de Dios, el Teatro de la Zarzuela ha querido ofrecer un concierto sinfónico, a modo de intruducción, que supuso el debut en el escenario madrileño de la Joven Orquesta Nacional de España. Bajo el título "De Madrid a la Alhambra", el programa propuso un recorrido musical por el género patrio español y francés, con una temática común; el mundo árabe y su estrecha relación con lo que hoy en día es España. A las órdenes de la orquesta, el maestro José Luis Temes. El director presentó cada una de las piezas de manera concisa, así como a los propios miembros de la orquesta, en su mayoría jóvenes que no pasarán de los 25 años de edad. Igualmente hay que destacar lo infrecuente de las piezas seleccionadas, a pesar del renombre de los compositores, lo que añadió un plus de interés en un teatro en el que, en las últimas gestiones, ha programado casi siempre los mismos títulos.
      La primera parte dio comienzo por "Hassan y Melilah", una fantasía-danza obra de José María de Usandizaga. A modo de calentamiento, el conjunto planteó una versión intensa y vibrante, no exenta de cierta desaforación, achacable sin duda a la pasión en ocasiones desmedida de los integrantes, a los que aún les falta un punto de madurez para consolidarse en el panorama lírico-sinfónico. Mucho más acertado resultó la "Canción árabe" de Julio Gómez, una bellísima pieza perfectamente coordinada en los pasajes más introspectivos.
      Sostenido en un fantástico pizzicato y acompañado por unas dulces flautas traveseras (situadas en dos palcos de proscenio), recrearon una magnífica atmósfera mozárabe, de tempo lento y medido, casi siempre con los mismos acordes, de sonido casi hipnótico. No hubo más que observar al público enmudecido. Aunque Claude Debussy evidentemente no es español, tiene sin embargo un par de piezas de similar línea melódica. De él se presentaron dos piezas. La primera, "La Puerta del vino", la segunda, "La soirée dans Grenade", que inmediatamente nos trasladó a "Noche en los jardines de España", además de recurrir a un buen conjunto de cuerda y unas castañuelas tan presentes en nuestro patrimonio musical. Manuel de Falla le dio réplica años después, dedicándole la leyenda musical "A Claude Debussy". Es sin duda de sumo interés, el enorme paralelismo coexistente en ambas obras, no tan alejadas en estilo la una de la otra. El músico francés, fiel a su manera compositiva, introdujo alguna variación de tintes andaluces de buen calado. El andaluz por su parte, acentuando el folclorismo popular, mantiene un sonido típicamente bohemio, casi en la frontera con el atonalismo.
      De Ruperto Chapí, pudimos admirar su faceta como sinfonísta con la leyenda "Los gnomos de la Alhambra". Con irregularidades y una falta de contrastes dinámicos, (hubo ocasiones en las que parecía oir siempre la misma estructura), se apreciaron una serie de detalles de primer nivel. Aquí cabe destacar el fantástico inicio del primer "movimiento", con unos sonoros contrabajos en un pronunciado marcato, para incorporarse a continuación unos violonchelos bien definidos, capaces de sostener el tempo durante toda la parte. También en la segunda sección, "Conjuro. El séquito de Titania y Oberón", resultó impecable la entrada del arpa y los bellísimos violines en piano, en contrapunto al metal, certero en el acompañamiento. Hacia el final de la misma se acrecentaría el color de la cuerda, muy empastado y dúctil, cerrando en un crescendo progresivo. La tercera y última sección tendría similares resultados en el intimismo de la partitura.

      La segunda parte se dedicó en exclusiva al desconocido para muchos, Pedro Miguel Marqués, mallorquín de nacimiento. Sería con la tercera de sus cinco sinfonías, en si menor. De densas sonoridades, al estilo opulento de la Francia de la época (no obstante fue un gran amigo y alumno de Berlioz), logró el mejor momento de la velada. Con la orquesta al completo, sin los cambios de instrumentos de la primera parte, el conjunto mostró aquí una madurez y una profesionalidad sin mácula. No hacía falta más que ver las caras de los músicos para darse cuenta de lo trabajada que tienen la partitura. Las cuerdas brillaron  especilmente, pronunciando y tersando el sonido, flexible, mórbido, ligado en todas las secciones, acertada esta vez con las trompas y la ayuda del clarinete. Mención aparte la fantástica actuación del concertino, pulcrísimo en las variaciones, de grato y luminoso sonido en las notas extremas.
      Como propina, algo inusual en los conciertos orquestales, la "Pavana, op.50" de Gabriel Fauré, más que triste, como apuntó el maestro, melancólica, de melodía fluída, cristalina, todo legato. Brilló nuevamente aquí la cuerda, que demostró moverse mejor en esos pasajes de mayor sinfonismo que en los heroicos, donde la orquesta de desboca y es difícil de dominar. Podríamos decir pues, que el debut ha sido más que satisfactorio para estos nuevos componentes, algunos de los cuales ya participan de manera activa en otras orquestas, como por ejemplo, la titular del Teatro Real.
      Afirmamos, una vez más, la buena calidad artística que tenemos en España, si bien es cierto que no siempre se le da la importancia que se requiere. Esperamos, sin embargo, que la orquesta pula esos pequeños fallos que sin duda con el tiempo irán reduciendo. El público, que casi llenó la sala, se mostró agradecido con los intérpretes y aplaudió con fervor cuando el director levantó la partitura de Miguel Marqués.
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