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Crítica: Recital de Juan Diego Flórez en Madrid dentro del ciclo Impacta

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Autor: Raúl Chamorro Mena
14 de marzo de 2026

Crítica de Raúl Chamorro Mena del recital ofrecido por Juan Diego Flórez en Madrid dentro del ciclo Impacta

Juan Diego Flórez

Buen canto y mermada sonoridad: triunfo cotidiano

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 11-III-2026, Auditorio Nacional. Ciclo impacta. Recital Juan Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. Obras de Wolfgang Amadeus Mozart, Gioachino Rossini, François-Adrien Boieldieu, Ruperto Chapí, Amadeo Vives, José Serrano, Ernesto Lecuona, Jules Massenet, Charles Gounod, Franz Liszt, Giuseppe Verdi, Eduardo di Capua, Chabuca Granda, Tomás Méndez, Gaetano Donizetti y José María Lacalle.

   El ciclo Impacta continúa en esta su temporada de consolidación con otro nombre de indudable prestigio, el tenor peruano Juan Diego Flórez. Cantante que ya suma tres décadas de carrera, algo poco habitual en la actualidad lírica y que cuenta sus recitales en Madrid, sea cual sea el recinto en el que se celebren, por clamorosos éxitos.

   Se anunciaba un programa variado y exigente junto a su acompañante habitual el avezado Vincenzo Scalera y que lo fue aún más, dada la generosidad del cantante al regalar una amplia sucesión de propinas.

Juan Diego Flórez

   Desde algunos sectores y al igual que ocurría con el eximio Alfredo Kraus, se ha demandado a Juan Diego Flórez no abordar más repertorio mozartiano, pero es cierto, que la cuerda de tenor en el Settecento aún no se había desarrollado y sus extensiones eran cortas, prácticamente baritonales y, en principio, papeles de mucho menos lucimiento que los femeninos, además de concurrir otros elementos como afinidades personales o el problema del idioma en cuanto a personajes importantes como Tamino o Belmonte. El caso es, que el recital se abrió con un bloque dedicado a la música del genial Salzburgués, encabezado por el aria de concierto K 431 “Misero! O sogno, O son desto… Aura che intorno” en la que Flórez degustó el recitativo con su dicción nítida y delineó la pieza con elegancia y cuidando los acentos que se tornan más vibrantes conforme avanza el fragmento. 

   La voz de Flórez, en origen un contraltino Rossiniano, no ha ganado, prácticamente, cuerpo en el centro a pesar de los papeles de tenor romántico puro que ha abordado, tanto de ópera italiana como francesa. El timbre se mantiene claro, la emisión totalmente canónica, el sonido liberado y perfectamente apoyado sobre el aire. El volumen, siempre justo, aparece mermado, al igual que el color, y la zona alta, siempre fácil y brillante, ha perdido lozanía y, sobre todo, punta, aunque el peruano aún es capaz de moverse con soltura por las alturas del Do sobreagudo. En La clemenza de Tito (Praga, 1791), Mozart consagra la figura del monarca ilustrado, magnánimo, noble, adalid de la fraternidad humana, fundamento de la ilustración. Flórez desgranó dos de sus bellas arias “Dal più sublime soglio” y “Se all’impero” con legato impecable, musicalidad, elegante línea, tono solemne y dominio de la agilidad presente en la segunda de ellas.

   Rossini es el compositor fetiche de la carrera de Flórez y nunca faltará en sus recitales. Le Sylvain, romance nº 9 del libro III de Péchés de vieillessepecados de vejez, unas piezas de salón, que reflejan el refinamiento Rossiniano en plena madurez del compositor ya retirado del teatro, es una pieza de gran belleza ejemplo de la inspiración del Cisne de Pesaro. El fraseo cuidado y musicalidad del tenor peruano resaltaron las calidades de la pieza. A continuación, Vincenzo Scalera abordó la introducción del aria de Giocondo de la ópera La pietra del paragone (Milán, Scala, 1812) y Flórez entró en el escenario para entonar el recitativo y aria con esa dicción tan clara, articulación impecable, finura en el fraseo, legato de clase y dominio de la agilidad, marcas de la casa. 

   La primera parte concluyó con la que para mí es una joya, el aria “Viens, gentille dame” de la ópera de François-Adrien Boieldieu La dama blanche (París, Opéra-comique, 1825). Aunque los ascensos carecieron la frescura y facilidad de antaño, Flórez cantó hermosamente la pieza, con refinamiento, abandono, tono nonchalance, un ascenso en falsete en impecable estilo del canto francés de la época y una estupenda agilidad en la rossiniana parte final del aria. 

Juan Diego Flórez

   Afortunadamente, la Zarzuela se ha consolidado en los recitales del tenor peruano. De las tres romanzas programadas, la mejor resuelta fue la bellísima “Flores purísimas” de El milagro de la virgen de Chapí, pieza que grabó en su día el mismísimo Enrico Caruso. Flórez lució legato, morbidez, medias voces y un logrado final en pianissimo. En “Por el humo se sabe” de Doña Francisquita me faltó tenor, carne vocal, y el final resultó un tanto forzado. Igualmente, faltó desenvoltura, salero y expansión vocal en la jota de El Trust de los tenorios.  

   La lectura de los versos de Osián de Werther de Massenet y el aria “Salut demeure chaste et pure” del Fausto de Gounod mostraron el fraseo refinado, la propiedad estilística y el buen gusto de Juan Diego Flórez -bien resuelto el complicado Do sobreagudo de la pieza de Gounod-, pero faltaron fuste vocal, mordiente y volumen.

   El repertorio verdiano no ha sido terreno fértil para la vocalidad de Flórez, excepto alguna incursión juvenil en el Fenton de Falstaff, el Duque de Mantua de Rigoletto abordado con mucha prudencia y sabiamente apartado y el Alfredo de Traviata de cierta presencia en los últimos años y que pudimos escuchar hace unos meses en el Teatro Real. El Aria de Oronte “La mia letizia infondere” resulta habitual en sus recitales, ya sea en su versión italiana -I Lombardi alla prima crociata o en la francesa -Jérusalem. Ambas las ha ofrecido en el Teatro Real. En esta ocasión fue la versión italiana e igualmente la limitada sonoridad fue compensada por la finura y elegancia del fraseo, así como la particularidad de cantar la cabaletta “Come poteva un angelo” en la versión escrita por Verdi para una reposición de I Lombardi en el Teatro La Fenice de Senigallia y destinada al tenor Antonio Poggi, esposo de la primadonna amiga de Verdi y primera intérprete de Giselda, Erminia Frezzolini. 

   Magnífico acompañante, como siempre, resultó Vincenzo Scalera, aunque debió equilibrar más su sonido en algunos pasajes con la sonoridad actual de Flórez. En solitario, Scalera se lució en la Mazurka glissando de Ernesto Lecuona y en la Consolation nº 3 de Franz Liszt. Muy generoso el capítulo propinas por parte del tenor peruano, pues constituyó prácticamente, un pequeño recital adicional. 

   Por supuesto, compareció en primer término con la guitarra para ofrecer la napolitana de Ernesto di Capua “I’ te vurria vasà”, un potpourri de canciones de Chabuca Granda entre los que no faltaron las espléndidas “La flor de la canela” y “Fina estampa”. Para finalizar este apartado, la habitual “Currucucú paloma” de Tomás Méndez con la nota de cabeza desgarrada mantenida eternamente. Ni que decir tiene que el tenor peruano se mostró en su salsa en este capítulo con constante diálogo con el público.

   Volvió Vincenzo Scalera al escenario y Flórez quiso demostrar que aún puede con el aria de los nueve Does sobreagudos de La Fille du regiment de Donizetti, aunque lejos de la brillantez y frescura de aquella que le escuché – y bisó - en el Liceo de Barcelona en 2010. A continuación, una bellamente delineada “Una furtiva lagrima” del L’elisir d’amore y, para finalizar, Amapola de José María Lacalle. 

   Gran éxito con abundantes gritos de “¡Viva Perú!” por parte de los numerosos compatriotas del tenor presentes en la sala sinfónica del Auditorio Nacional. 

Fotos: Borja González 

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