Crítica de José Amador Morales de la ópera Giulio Cesare in Egitto de Handel, en el Palau de les Arts «Reina Sofía» de Valencia
Minkowski y el esplendor de Haendel
Por José Amador Morales
Valencia, 28-II-2026. Palau Les Arts. Georg Friedrich Haendel: Giulio Cesare in Egitto - Julio César en Egipto, ópera en tres actos con libreto de Nicola Francesco Haym basado en la obra homónima de Giacomo Francdesco Bussani. Aryeh Nussbaum Cohen (Giulio Cesare), Marina Monzó (Cleopatra), Sara Mingardo (Cornelia), Arianna Vendittelli (Sesto), Cameron Shahbazi (Tolomeo), Jean-Philippe McClish (Achilla), Bryan Sala (Curio), Lora Grigorieva (Nireno). Orquesta de la Comunidad Valenciana. Marc Minkowski, dirección musical. Vincent Boussard, dirección escénica. Producción de la Oper Köln.
Redescubierta en el siglo XX tras su estreno en el King’s Theater de Londres en 1724 e incorporada hoy plenamente al repertorio internacional, Giulio Cesare in Egitto representa indudablemente una de las cimas de la producción operística de Georg Friedrich Haendel. El compositor creó una obra de un enorme equilibrio entre el mero virtuosismo vocal y la profundidad dramática, de una refinada arquitectura musical y de una caracterización psicológica insólitamente moderna, sintetizando de forma brillante las tradiciones musicales italiana, francesa, alemana y británica. Sin duda, ha sido un acierto del Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia contar con la carismática y experta dirección musical de Marc Minkowski. El director francés, como hiciera ya hace cuatro años con Les contes d’Hoffmann, se ha puesto al frente de la orquesta de la casa, en una versión de eminente vitalidad dramática y notable riqueza expresiva.
La inolvidable dirección de Marc Minkowski fue el verdadero catalizador de una velada, al imponer desde el primer compás un impetuoso pulso rítmico, con acentos muy marcados y ritornelos articulados con especial brío; los sforzandi, cuidadosamente subrayados, aportaron intensidad sin caer en el efecto. En este sentido resultó fascinante contemplar sus gestos y movimientos al frente de una Orquesta de la Comunidad Valenciana a la que logró espolear de manera incansable durante toda la función. Un intenso trabajo que obtuvo como resultado un sonido orquestal brillante e incisivo así como una impecable adecuación estilística. Y es que los músicos valencianos respondieron con disciplina y entrega, adaptándose a un fraseo más articulado y a una dinámica flexible, mientras el director francés equilibraba con inteligencia el volumen para sostener a los cantantes y realzar los pasajes puramente instrumentales. Así, las más de tres horas y media de función transcurrieron con una ligereza casi sorprendente, conforme avanzaba la noche.
Este Giulio Cesare contó con un reparto homogéneo y sólido en el que brilló, en primer lugar, la completísima Cleopatra de Marina Monzó que de esta manera cosechó un gran éxito en su tierra. Su evolución dramática fue especialmente perceptible a partir de “V’adoro pupille”, cuando el personaje adquirió una intensidad dramática y musical definitiva, favorecido por el desarrollo de la escena: un pausado paseo por el patio de butacas hasta donde se encontraba la segunda orquestina, con cañón de luz hacia ella incluido. El teatro se vino abajo estando la cantante aún en el pasillo central rodeada de espectadores, viéndose obligada a agradecer las aclamaciones. Hasta la “Da tempeste” final, brillante y con interesantes variaciones en el da capo, Monzó desplegó una gran solvencia técnica y una natural desenvoltura escénica. Cesare fue un Aryeh Nussbaum de timbre grato, homogéneo y exento de artificio que ofreció una interpretación musicalmente refinada, cuidado fraseo y emisión fluida. Ciertamente su registro centro-grave se mostró un punto limitado en cuanto a proyección, pero con todo, convenció con un Cesare de gran nobleza y particularmente sólido en los momentos introspectivos.
La Cornelia de Sara Mingardo aportó madurez y su ya célebre profundidad expresiva, con un fraseo idiomático y sobrio que contrastó eficazmente con la juventud de la Sesto de Francesca Vendittelli, anunciada como indispuesta pero entregada y convincente a nivel dramático. Fue evidente la sintonía entre las dos cantantes italianas, como demostraron en el precioso “Son nata a lagrimar” que remata el primer acto. Tolomeo, y por extensión toda su corte, poseen en esta producción una evidente carga de rudeza y depravación, incluso de primitivismo, que Cameron Shahbazi asumió eficazmente, con una voz de contratenor algo más convencional que la de este Cesare a quien, no en vano, logró hacer frente; el primer acto resultó un interesante duelo tanto vocal como escénico, si bien Shahbazi perdió algo de intensidad hacia el último acto. Achila fue un Jean-Philippe McClish de voz rotunda que supo aprovechar la heroica “Dal fulgor di questa spada” para completar una actuación convincente. Muy bien Bryan Sala y Lora Grigorieva como Curio y Nireno respectivamente.
La propuesta escénica de Vincent Boussard resultó eficaz y fluida, aunando a un tiempo sobriedad conceptual e impacto visual a la hora de reflejar las pasiones extremas presentes en la trama. El director francés se sirvió de una estética de contrastes muy definida, apoyándose en una marcada estilización visual y en la fuerza simbólica del vestuario. Sin obstaculizar el desarrollo dramático, antes al contrario favoreciendo su comprensión y dotándolo de dinamismo, se delimitaban con claridad los dos mundos enfrentados: los romanos, vestidos con códigos reconocibles y actuales, frente a unos egipcios de exotismo exuberante, colorido intenso, cabelleras salvajes y joyas llamativas. La escenografía reforzó esa lectura mediante un espacio versátil de marcos móviles que generaban un interesante efecto casi televisivo de pantalla partida, capaces de ensanchar o fragmentar la escena y de sugerir múltiples ambientes con apenas unos pocos elementos de atrezzo. Las sutiles proyecciones videográficas (pirámides, ibis, tormentas o mares embravecidos) aportaron un contexto visual evocador y equilibrado sin llegar a recargar la acción. Bien es cierto que en algunos momentos la propuesta escénica abusa de determinados efectos como la últimamente manida moda de actuar fuera del escenario (con el consiguiente y lógico desajuste acústico y no digamos visual para gran parte de los espectadores, especialmente los situados en los pisos superiores) o tumbar a algún cantante durante su aria.
Pero la sensación final fue inequívoca: una función vibrante y musicalmente apasionante que terminó por hacer desaparecer la noción del tiempo, convirtiendo la extensa partitura de Haendel en un acontecimiento inolvidable.
Fotos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce
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