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Artículos: «La ópera como camino de elevación: la visión mística de Kaija Saariaho». Por Jaume Darbra Fa

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Autor: Jaume Darbra
23 de febrero de 2026

Artículo de Jaume Darbra Fa sobre la compositora Kaija Saariaho

Kaija Saariaho

La ópera como camino de elevación: la visión mística de Kaija Saariaho

Un artículo de Jaume Darbra Fa
Kaija Saariaho revolucionó la ópera contemporánea al convertirla en un espacio ritual donde el sonido trasciende el drama convencional para explorar atmósferas poéticas, estados de conciencia y una espiritualidad laica. Lejos del melodrama grandilocuente, sus obras como L’amour de loin, Adriana Mater y Only the Sound Remains priorizan la textura sonora y la interioridad, elevando al oyente mediante una experiencia contemplativa que integra poesía, silencio y resonancia etérea. 

   La conversión de Saariaho al poder transformador de la ópera ocurrió en dos etapas con Saint François d'Assise de Olivier Messiaen. En su primera audición, la música la cautivó por su éxtasis contemplativo –pájaros estilizados, modos de transposición limitada, bloques sonoros inmensos–, pero la puesta en escena le pareció un bloque estático, más liturgia que teatro. Años después, la producción de Peter Sellars en el Festival de Salzburgo (1992) le reveló la clave: esa misma partitura podía cobrar vida escénica mediante gestos mínimos, luces difusas y una dirección que subrayaba la trascendencia interior de los personajes.

   De esa experiencia nació su manifiesto personal: "La ópera puede ser un camino de elevación". No se refería a un ascenso religioso dogmático, sino a un viaje holístico hacia el autoconocimiento, donde voz, orquesta y espacio se funden para revelar emociones profundas y estados humanos universales. Saariaho rechazó etiquetas de género –"Soy feliz por ser mujer, pero es reductivo describirme solo así"–, insistiendo en que la ópera debe integrar lo físico, lo emocional y lo espiritual en un todo indivisible. Esta visión la llevó a colaborar con directores como Sellars y escenógrafos como Jean-Baptiste Barrière, creando rituales sonoros que priorizan la percepción sobre la acción. 

   Estrenada en 2000 en las Salzburger Festspiele –donde ganó el premio de la crítica–, L’amour de loin es el manifiesto perfecto de esta poética. Basada en la leyenda del trovador Jaufré Rudel, quien compuso poemas para un amor idealizado nunca visto, la ópera sigue su viaje imaginario hacia Clémence, condesa de Trípoli. Un peregrino actúa como mensajero, pero la acción externa es casi inexistente: tres personajes principales giran en un limbo de anhelo, proyección y ausencia.

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   La elevación surge de la distancia misma. Saariaho construye paisajes sonoros vastos: coros flotantes que evocan olas atlánticas y cielos estrellados, electrónica procesada que extiende las voces en nubes espectrales, y una orquestación donde violas y cellos generan densidades armónicas que flotan sin resolver. En el Acto II, con Jaufré debatiendo entre el Dios y el amor profano, es el puro estado interior: su aria "Distantia" disuelve melodía en texturas que mimetizan la soledad oceánica. El clímax final –Jaufré agonizando en brazos de Clémence, ella elevando una plegaria ambigua ("Deus... vel amorem?")– no resuelve el triángulo amoroso, sino que abre un umbral místico: ¿la trascendencia radica en la unión carnal frustrada, en la divinidad lejana o en la pura vibración sonora que perdura? Representada más de 50 veces en una década, esta ópera demuestra cómo Saariaho restaura a la ópera su raíz medieval: un rito contemplativo para almas en busca. 

   Only the Sound Remains (2015, Dutch National Opera) lleva esta mística al extremo mediante dos Nō japoneses adaptados por Ezra Pound y Eliot Weinberger. En Always Strong (Tsunematsu), un laudista shamisen negocia con su sombra para tocar eternamente; en Never Say Goodbye (Shadow of the White Crane), un hombre reclama su manto a un ángel que se lo hurtó en vida. La dramaturgia transcurre en un "entre" onírico: "entre sueño y realidad", como describe el dossier del Teatro Real, llevando personajes a los confines de lo conocido en busca de verdad interior.

   Saariaho ritualiza estos umbrales con medios radicales: silencios iniciales cargados de espectro armónico dan paso a texturas emergentes: el laúd solo contra un coro espectral, percusión que evoca pasos fantasmales, voces solistas procesadas que se multiplican en ecos. En Always Strong, la sombra exige un contrato eterno, pero el sonido del shamisen –amplificado y deformado– se convierte en el verdadero protagonista, trascendiendo al laudista. Never Say Goodbye culmina con el ángel desvaneciéndose, dejando solo "el sonido que permanece" como huella de lo espiritual. Esta ópera no narra, sino que induce trance: el público entra en un espacio sagrado donde vivos y muertos coexisten en la resonancia pura, disolviendo el ego en la vibración. 

   Adriana Mater (2005, Bastille) añade complejidad emocional sin caer en el sensacionalismo. La trama –una mujer violada cría a su hijo para vengar al padre ausente– explora la culpa materna y el ciclo de violencia-redención, pero Saariaho la eleva mediante atmósfera: tres solistas (mezzo, barítono, tenor) y coro interactúan en un continuum sonoro: la electrónica granular funde las voces en masas coralinas que evocan un trauma bélico colectivo, mientras los metales y las cuerdas graves generan pulsos obsesivos de remordimiento.

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   El segundo acto, con Yseut reconociendo al asesino como su hermano, es el clímax contemplativo: un quinteto vocal suspende la acción en un lamento flotante, donde el perdón emerge no de las palabras, sino de la purificación tímbrica –los clarinetes que lloran, arpas que lavan. Saariaho explicaba: "La forma y material proceden de la misma fuente", logrando un todo indivisible donde la elevación psíquica disuelve el conflicto externo en una catarsis sonora. 

   Tres años después de su muerte en 2023, el legado de Saariaho resuena en un panorama operístico saturado de hiperproducciones espectaculares. Ella propone un antídoto: una ópera lenta, envolvente, que exige escucha atenta del silencio, abraza la ambigüedad y disuelve fronteras entre lo acústico y lo etéreo. Sus rituales sonoros no conquistan con arietas heroicas ni escenografías bombásticas, sino que iluminan abismos interiores –distancia, sombra, culpa, ausencia– recordándonos que la verdadera elevación habita en la textura, en el soplo entre notas, en el sonido que, al final, solo permanece. Para el oyente contemporáneo, ávido de profundidad en un mundo ruidoso, Saariaho ofrece un faro: la ópera como vía mística hacia uno mismo. 

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