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Crítica: Kent Nagano dirige la «Sinfonía resurrección» de Mahler con la Orquesta y Coro Nacionales de España

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Autor: Raúl Chamorro Mena
21 de septiembre de 2026

Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto inaugural de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) 2026-27, bajo la dirección musical de Kent Nagano

Kent Nagano

Pórtico prometedor

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 18-IX-2026, Auditorio Nacional. Temporada Orquesta y Coro Nacionales de España. Deseo tomó delicia (Mikel Urquiza). Sinfonía núm. 2 "Resurrección" (Gustav Mahler). Jane Archibald, soprano. Christina Bock, mezzosoprano. Orquesta y coro Nacionales de España. Director: Kent Nagano 

   Concluido un importante período para la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) con la titularidad de David Afkham, comienza otro con favorables expectativas bajo la égida del experto y prestigioso Maestro californiano Kent Nagano.

   Para inaugurar la temporada y su desempeño como titular, Nagano ha elegido, nada menos, que la Sinfonía resurrección de Gustav Mahler. Una de las creaciones más monumentales y con fuerza trascendental de todo el repertorio. Desde luego, esta Segunda sinfonía constituye un perfecto paradigma de los acusados contrastes mahlerianos y de su pensamiento, según el cual una sinfonía debía ser como el Mundo y contener de todo. Entre ese “todo” emerge con fuerza la voz humana, que adquiere una enorme importancia en un músico que nunca llegó a componer una ópera.

   Un estreno, encargo de la OCNE, abrió el concierto, Deseo tomó delicia, obra de Mikel Urquiza (Bilbao, 1988) para coro, arpa, metales y percusión, que reúne elementos de ritual ancestral con tímbricas asociadas a la Naturaleza, fundamentalmente al sonido de los pájaros. Nagano expuso apropiadamente la composición con control, técnica y rigor expositivo. Al fin de subrayar la relación entre las dos obras del programa, la batuta del nuevo titular de la Orquesta Nacional atacó la Segunda de Mahler sin solución de continuidad.

Kent Naganoy la OCNE

   Como a nadie puede extrañar por su trayectoria y temperamento artístico, la Resurrección de Nagano se alejó de otras versiones de gran exaltación emocional, cuyo ejemplo serían las versiones de Leonard Bernstein o bien, la memorable interpretación que ofreció de esta emblemática creación Teodor Currentzis el pasado mes de marzo en Madrid.

   Desde la sobriedad, el sentido de la organización, la sabiduría en la construcción y la capacidad para obtener un hermoso sonido de la orquesta Nacional a magnífico nivel, Nagano firmó una notable versión, alejada de excesos, mirando más hacia lo que vendrá por delante, la música del siglo XX, pero en la que no faltó intensidad, emoción y trascendencia.

   Con los contrabajos situados a la izquierda, la cuerda grave de la Orquesta Nacional brilló en una rotunda introducción del primer movimiento, en el que la técnica de la atenta y mesurada batuta de Nagano brilló por las dinámicas, claridad, detalles y capacidad para crear clímax y expresar la solemnidad de la marcha fúnebre y el alto contenido dramático de todo el pasaje, sin lugar alguno para el énfasis excesivo y el efecto gratuito.

   En el Ländler, el discurso orquestal contrastó por su relajada fluidez, refinamiento y luminosidad -espléndidas las maderas-, resultando, en esta ocasión, más propio de la danza de un palacio aristocrático, que de la fiesta de una aldea centroeuropea. Le faltó algo de carga irónica al tercer movimiento, en el que, sin embargo, se lució la cuerda capitaneada por la violinista concertino Valerie Steenken.

   Parece imposible escuchar a una genuina contralto, como está mandado, pero, bien es verdad, que la mezzo Christina Bock cantó con musicalidad y buen gusto el lied Urlicht - luz primigenia perteneciente a la antología des Knaben Wunderhorn -El cuerno maravilloso del muchacho- con timbre más grato que sonoro. De todos modos, resultó claramente superior en presencia y proyección que la soprano Jane Archibald, prácticamente inaudible, incapaz de flotar el sonido y hacerse escuchar junto al coro, perdiéndose el cautivador efecto.

   Nagano concertó con clarividencia el último movimiento y graduó con orden, mesura y rigor el inexorable clímax, en el que texto y música se funden en un conmovedor mensaje eterno y trascendente a modo de liturgia civil Universal. La sobria y metódica batuta del californiano no pudo evitar en ese punto cierta brusquedad y puntual descontrol decibélico de los metales, lo que no empañó una notable interpretación. Un “braveador” demasiado prematuro y fuera de lugar estropeó la magia de ese momento de conmoción al final de la pieza.  

   Caudaloso, empastado y rotundo sonó el coro Nacional bajo la dirección de Miguel Ángel García Cañamero. Por tanto, cabe subrayar que este concierto de apertura de temporada generó buenos auspicios ante la nueva etapa como director titular y artístico de Kent Nagano. 

Fotos: Rafa Martín / OCNE

OCNE
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