Crítica de Óscar del Saz del concierto de Kent Nagano y Veronika Eberle con la Orquesta Nacional de España
Nagano y la emoción de la transparencia
Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 25-IX-2026. Auditorio Nacional de Música. OCNE. Sinfónico 2. Obras de Jean Sibelius (1865-1957), Núria Giménez-Comas (1980), Ludwig van Beethoven (1770-1827). Veronika Eberle (violín). Orquesta Nacional de España. Kent Nagano, director.
La Orquesta Nacional de España, bajo la dirección de su flamante nuevo titular, Kent Nagano, afrontó en la velada que nos ocupa un programa que proponía un ambicioso arco temporal y estético que comprende el universo nórdico de Sibelius -paisaje sonoro de bosques, hielo y leyendas- hasta la arquitectura clásica de Beethoven -lógica constructiva al servicio de la expresividad-, pasando por la creación contemporánea de Núria Giménez Comas, especialista en música electrónica y espacialización sonora.
Empezando precisamente por este punto, su obra, «Nostalgia of Light» (2021), estructurada en cuatro secciones y en poco más de 13 minutos, desplegó una ejecución orquestal basada en el desarrollo tímbrico. Desde el punto de vista compositivo, el esfuerzo de su creadora no lució, aun con el trabajo -sobre el papel- de evolucionar las texturas y los planos sonoros. La insistencia en los cambios dinámicos, los ‘glissandi’ y las resonancias, se utilizaron para traducir el lenguaje lumínico de la naturaleza a uno exclusivamente sonoro, a través de cambios en los colores orquestales.
Nagano y la ONE mostraron en esta obra claridad analítica e interpretativa, ensalzando la afinación y la sonoridad coordinada. La ejecución de metales y percusión colaboraron para dotar a la atmósfera sonora de cierta pulsación y ritmo vital. En cualquier caso, y explicado todo lo anterior, opinamos que el carácter de excesiva e inquietante frialdad implícita en esta obra no la hizo atractiva a la mayoría de los paladares, y pensamos que la idea conceptual no llegó a traducirse en una experiencia musical convincente.
La violinista alemana Veronika Eberle (1988), de pasmosas facultades técnicas y pureza sonora, asumió el gran reto del «Concierto para violín en re menor», una de las partituras más exigentes del repertorio romántico y de Sibelius, ofreciendo con su Stradivarius «Ries» (1693) -de precioso sonido- una lectura alejada de la espectacularidad o mecanicidad gratuitas.
El primer movimiento, con su larga entrada solista sobre un mullido colchón de penumbra orquestal, encontró un equilibrio convincente entre el lirismo, la tensión estructural y la ambientación, conformando -con la ayuda de Nagano- una ecualización en los pianos acordados entre el instrumento y la orquesta, verdaderamente encomiables.
También admirable fue su control de la afinación en los pasajes en dobles cuerdas, así como la limpieza y la rapidez de los cambios de posición y los saltos interválicos hacia el registro agudo. El ‘Adagio’, muy lírico y pausado, mostró un sonido noble, concentrado y aristocrático, que favoreció el adecuado enfoque nórdico. El control en el manejo del arco para ahormar las largas frases estuvo siempre asegurado.
En el ‘Finale’, de carácter efusivo, casi primitivo o salvaje, pero danzable, Eberle destacó tanto por su resistencia física, como por la firmeza rítmica, así como por su seguridad en los amplios saltos interválicos y las figuraciones virtuosísticas.
Nagano evitó una lectura que apostara sólo por la épica: ‘tempi’ naturales -41 minutos, duración total-, atención al detalle del solista instrumental y especial énfasis en el diseño de la arquitectura interna en la que intervienen sobremanera -además de las cuerdas- las maderas, aportando ese color tan melancólico como norteño, y los metales (trompas), que siempre son decisivas en el repertorio de Sibelius. Aun cuando Veronika Eberle fue obligada a saludar cuatro veces por parte del público, finalmente no concedió la esperada propina.
La «Séptima Sinfonía» de Beethoven nos permitió apreciar con mayor amplitud las coordenadas conceptuales en este repertorio de Kent Nagano, que optó por una lectura objetiva y elegante, quizá demasiado cicatera en algunos esperados efectismos que se han consagrado en otras importantes batutas, pero por eso mismo, mucho más cercana al bien entendido y purista clasicismo. El ‘Poco sostenuto’ inicial se desarrolló más bien lento, con nobleza y pastosidad, sin retórica excesiva, preparando un ‘Vivace’ en el que primó la articulación.
El maestro Kent Nagano dirige y dialoga con la orquesta con naturalidad y cercanía, transmitiendo tranquilidad a los músicos y confianza y complicidad al público. Su gesto, sin ser grandilocuente, es claro y elegante, y favorece una comunicación fluida que permite que la música respire, se torne más transparente y se exprese sin obstáculos.
A nuestro juicio, el ‘Allegretto’ siempre es el movimiento del verdadero corazón emocional de esta sinfonía, que Nagano hizo totalmente diáfano, equilibrado e introspectivo. Quizá no dio tampoco con la clave más «hipnótica» que esta parte induce, pero ya hemos comentado que el maestro californiano -sin renunciar a la belleza- no es dado a ofrecer superfluos «artificios» en su lectura.
En los dos últimos movimientos brilló una cuerda precisa y homogénea, capaz de sostener la incesante energía motriz que Beethoven exige. Las trompetas y timbales aportaron contundencia sin romper el equilibrio general. Resaltamos de igual forma las magníficas contribuciones de los solistas de flauta (Álvaro Octavio) y oboe (Robert Silla). El tercer movimiento fue muy bien calibrado en exuberancia, y el cuarto huyó del ritmo desenfrenado, pero consiguió encantar al escuchante con cada repetición sin llegar nunca al «empacho».
Fueron varias las tandas de saludos que se ofrecieron en correspondencia a los aplausos y vítores, a Kent Nagano, a la Orquesta y a sus secciones y solistas principales, que corroboraron tanto la solidez artística del nuevo titular como el excelente momento de forma de la Orquesta Nacional de España.
Fotos: Rafa Martín
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