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CRÍTICA:'KHOVANSHCHINA' DE MUSSORGSKY EN LA ÓPERA DE LA BASTILLA DE PARÍS. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
12 de febrero de 2013
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 ESTIMABLE KHOVANSHCHINA

Khovanshchina de Mussorgsky. Opéra Bastille, 06/02/2012

      No es frecuente encontrar la Khovanshchina de Mussorgsky en la /programación de los teatros de ópera (se pudo ver en el Liceo en 2007). Y es que es un título, un 'drama musical' la denominó Mussorgsky, de envergadura, con más que notables demandas vocales y con un entramado dramático de nada fácil sustento. La ocasión de verla en escena, servida además con buenos mimbres, en la Ópera Nacional de París, era una cita obligada en el calendario. Y lo cierto es que las altas expectativas, en términos generales y salvo algún puntual desajuste, se vieron más que satisfechas, comenzando por la esmerada propuesta escénica a cargo de Andrei Serban, una coproducción de la Ópera de París y el Maggio Musicale Fiorentino. Con escenografía y vestuario de Richard Hudson e iluminación de Yves Bernard, Serban plantea, desde los principios de una dramaturgia clásica, ambientando la acción en el propio tiempo narrativo del libreto, una propuesta con eficaz movimiento de masas y solvente dirección de actores. Su trabajo destaca, sobre todo, por las logradas composiciones que consigue, desde un punto de vista plástico, especialmente en los dos últimos actos, con la estancia del principie Iván y con el bosque donde tiene lugar la inmolación de los viejos creyentes de Dosifei.
      En ocasiones, ante obras con un cariz histórico tan marcado, tan poco dadas a su reubicación en el tiempo y a experimentos escénicos de vanguardia, se agradece la opción por una solución convencional pero de esmerada factura. Dicho de otro modo: con una Khovanshchina tan clásica pero de tan buena factura como la de Serban se hacen innecesarios ejercicios de dramaturgia que proyecten los destinos de la historia del pueblo ruso sobre la realidad política de nuestros días. Dicha proyección llega a los ojos del espectador como algo natural que surge de la propia obra, como una puerta que se entreabre sin necesidad de llevar invitación para franquearla. De ahí pues que quepa hablar, simplemente, de buen y mal teatro, al margen de lo clásico o moderno que sea, al margen de su convencionalismo o su vanguardia. Así, en el caso concreto de Khovanshchina, un director de escena tan polémico como fascinante, Tcherniakov, estrenó ya en 2007, en Munich, una propuesta (disponible en DVD) francamente fascinante, aunque partiendo de unas bases bien distintas, aunque complementarias, a las de Serban en su dramaturgia.

      En el apartado vocal, estas funciones de París han logrado reunir a un equipo solvente de voces eslavas, contando con la madurez de cantantes como Diadkova, Galouzine, Murzaev o Nikolsky. Y sin embargo fue el más joven Orlin Anastassov el que hizo suya la representación, al interpretar un Dosifei espléndido. Y no es casualidad, pues de algún modo es éste el rol que acapara, junto al de Marfa, los minutos de música más inspirada y teatral de esta partitura. Así, Anastassov cerró el primer acto con una escalofriante recreación de la plegaria en reprobación de los creyentes, y sonó autoritario y contundente en su réplica a los príncipes en el segundo acto. No menos destacable fue su actitud en relación con la Marfa de Diadkova en el cuarto acto, y sobre todo su actuación en el último acto, seguramente el más redondo de la ópera y el más logrado de esta representación en particular. Hemos escuchado ya unas cuantas veces a Anastassov, algunas de ellas en teatros españoles, como su Fiesco de la pasada temporada en Bilbao, y siendo siempre un cantante estimable, por su instrumento y por su fraseo, se nos antojaba a menudo algo incompleto por una proyección no todo lo solvente que debiera, delatando con ello una colocación vocal demasiado atrasada. Esta vez, sin embargo, su voz llenaba casi literalmente el nada fácil espacio acústico de la Bastilla, sin sonar forzado o tonante en su emisión, cosa que nos sorprendió para bien.
      El ya veterano Gleb Nikolsky mostró un timbre gastado, pobre de armónicos y con una emisión algo tosca. Una lástima, porque posee, por presencia escénica y recreación del fraseo, las características ideales para dar vida al príncipe Ivan Khovanski. Sacó adelante su tarea a base de teatralidad, pero se echó de menos una faena vocal más aseada y ortodoxa. Muy notable fue la Marfa de la también veterana Larissa Diadkova, de timbre amplio, suntuoso y todavía desahogado en los extremos. Espléndida en los momentos de mayor lirismo, como en su intervención ante Golitsin y, sobre todo, en las hermosísimas páginas que le depara el tercer acto. Solvente Murzaev en su papel, aunque buscando siempre un sonido epatante, que diera muestra de su caudaloso instrumentos. Algo semejante cabe decir de Galouzine con ese agudo restallante que es marca de la casa, pero algo tosco en su actitud teatral.

 

      Los cuerpos estables de la Ópera Nacional de París redondearon una función muy estimable. El coro sonó quizá algo irregular en ocasiones, pero logró emocionar en su intervención del último acto y sobre todo en su doliente página al final del tercer acto, dando voz a esa esa Rusia lacerante, a un pueblo que se debate, impotente, entre el favor de sus dioses y el favor de sus príncipes. La labor en el foso de Michail Jurowski (no confundir con Vladimir Jurowski ni con Dimitri Jurowski) fue profesional pero no siempre inspirada, sacando menos partido del esperado a esa notable orquesta y con esporádicos problemas de concertación entre foso y cantantes. Su batuta funcionó mejor en las páginas más dramáticas, destacando el espléndido cierre del primer acto y toda la recreación del quinto.
      En conjunto, pues, una más que estimable representación de la poco habitual Khovanschina, con una apreciable propuesta escénica de Andrei Serban y una espléndida labor vocal en el caso del Dosifei de Anastassov.
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