Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera El castillo de Barbazul ded Bartok en el Festival de Aix-en-Provence 2026, bajo la dirección de Klaus Makkela
La orquesta abrió todas las puertas
Por Raúl Chamorro Mena
Aix-en-Provence, 11-VII-2026. Grand Théâtre de Provence. Festival de Aix-en-Provence 2026. A kékszakállú herceg vára - El castillo del duque Barbazul, op. 11, Sz. 48 (Béla Bartók). Gerald Finley (Barbazul), Irene Roberts (Judit). Orchestre de París. Director: Klaus Mäkkelä. Versión concierto.
Después de la magnífica experiencia del pasado año, me esperaba, en principio, un programa intensivo en mi regreso al Festival de Aix-en-Provence. Un total de cuatro eventos musicales en dos días consecutivos. Si bien, las condiciones atmosféricas redujeron los espectáculos a tres.
Aunque en sus inicios, este prestigioso Festival estuvo centrado en las obras de Mozart, con los años se fue abriendo a otros repertorios. Incluido el siglo XX al que pertenece El castillo de Barbazul, la única ópera de Béla Bartók estrenada en 1918. El libreto de Béla Balasz se basa en el cuento de Perrault, pero especialmente en la adaptación de Maurice Maeterlinck que dota a la historia de enormes dosis de simbolismo. Judit ha dejado a su prometido y su familia por amor al Duque Barbazul. Fascinada por el misterio que le rodea y la leyenda que afirma ha asesinado a sus anteriores esposas, le acompaña a su lóbrego castillo, que carece de ventanas y balcones, sólo hay siete puertas totalmente cerradas. La mujer, curiosa, rebelde y resolutiva, además de enamorada y fascinada por la idea de redimir al Duque, exige que le entregue las llaves, seis de plata y una de oro. Te amo y por tanto, ábreme las puertas.
Una a una se abren las puertas y la tan suntuosa como fascinante orquestación de Béla Bartók, que suma a la influencia Wagneriana la del impresionismo, describe su contenido de enorme carga simbólica. El joven y talentoso Klaus Mäkkelä al frente de la Orquesta de París, de la que es titular desde septiembre de 2021, dibujó las atmósferas correspondientes, la cámara de torturas, la sala de armas, el tesoro con el tintineo y el fulgor del oro. La orquesta, no excelsa, pero sí notable, ofreció un alto rendimiento y sonó compacta, aquilatada, vigorosa, y con claridad expositiva, nunca pesante, nada fácil ante la densidad de la orquestación.
La presencia de la sangre cimenta la progresión dramática creciente. Las tímbricas y colores orquestales evocaron el jardín y el lago de las lágrimas y la progresión dramática culminó con la séptima puerta en la que están las esposas, encerradas, pero vivas, pues prefieren la cárcel de oro, el sometimiento, a la incertidumbre de la libertad. Judit comprende que su sitio está allí, junto a ellas.
Sólo dos personajes contiene esta singular ópera, que se fundamenta en un largo dúo entre una mezzosoprano y un bajo. El veterano Gerald Finley no es el bajo que pide el Duque Barbazul, pero su voz baritonal se mantiene en aceptable estado a pesar del desgaste y emitida con firmeza. La solidez musical del barítono canadiense, así como su sobriedad caracterizadora y la autoridad de fraseo y acentos se sumaron en una estimable interpretación. Algo por debajo se situó la mezzo Irene Roberts, de correcto canto, pero registro agudo abierto y zona centro-grave desguarnecida, además de faltarle sensualidad, carisma y fibra dramática a su caracterización de esta mujer determinada e insumisa.
Finalizado el concierto, me dirigí al Teatro del Arzobispo, donde me esperaba una función de La flauta mágica de Mozart con Leonardo García Alarcón en el foso y Sabine Devieilhe como Reina de la noche, pero el espectáculo se suspendió a causa de una enorme tormenta con aparato eléctrico.
Fotos: Festival de Aix-en-Provence
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