Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera La doncella de nieve de Rimsky-Kórsakov en el Teatro Estatal de Hesse en Wiesbaden
La favorita de Rimsky-Kórsakov
Por Raúl Chamorro Mena
Wiesbaden, 22-III-2026, Teatro Estatal de Hesse en Wiesbaden. Snegúrochka-Vesénnyaya Skazka -La doncella de nieve (Nikolái Rimsky-Kórsakov sobre libreto propio). Josefine Mindus (Snegúrochka), Alyona Rostovskaya (Kupawa), Fleuranne Brockway (Lel), Richard Trey Smagur (Zar Berendey), Jaeyoung Ha (Mizgir), Camille Sherman (Madre Primavera), Young Doo Park (Abuelo hielo), Nathan Bryan (Leshy). Coro del Teatro Estatal de Hesse Wiesbaden. Orquesta Estatal de Hesse. Dirección musical: Leo McFall. Dirección de escena: Maxim Didenko.
Ninguna de las quince óperas compuestas por Nikolái Rimsky-Kórsakov han logrado entrar en el repertorio habitual de los teatros de Occidente. De manera injusta, pues se trata de una producción llena de hermosas partituras por parte de uno de los más grandes orquestadores de la historia de la música. Snegúrochka, La Doncella de nieve (San Petersburgo, 1882), ópera basada en una obra teatral de Alexandr Ostrovski, trata de las interrelaciones entre personajes fantásticos – El Padre hielo, la madre primavera – y reales como Kupawa y Mizgir, junto a los que están entre uno y otro Mundo, los semilegendarios, como La doncella de nieve, el Zar Berendei y Lel. Todo ello con la oposición de las fuerzas eternas de la Naturaleza representadas por el frío, la nieve y el hielo.
La música es muy hermosa, con una orquestación depuradísima, pura filigrana, de gran audacia armónica y con uso de Leitmotiv, así como una escritura para la voz refinada, elegante, basada en una inspirada vena melódica e importante presencia del folklore ruso.
A diferencia de lo ocurrido el día anterior en la función de Los pájaros de Braunfels, resultó más que estimable la dirección musical del director titular de la casa, el británico Leo McFall. La orquesta sonó compacta, empastada, con orden, brillo y claridad de texturas, Los acompañamientos de McFall fueron mórbidos, refinados y sedosos con una sobresaliente actuación de las maderas, de gran importancia en esta composición. Asimismo, el discurso orquestal atesoró sentido narrativo e impronta teatral. Notable el coro, tanto en lo vocal como en lo escénico, destinatario, como ciudadanos del pueblo, de las melodías de mayor carga folklórica. Tres cantantes del ensemble de la ópera de Wiesbaden repitieron función después de su intervención el día anterior en Los pájaros de Braunfels.
La soprano sueca Josefine Mindus volvió a firmar una notable actuación y demostrar que es una buena soprano con los papeles en regla técnicamente y un magnífico concepto del canto. Voz homogénea, impecablemente emitida y mórbida; fraseo cuidadísimo, musical, con empaque. Magnífica también en escena, como muchacha adolescente que no termina de encontrar su sitio en la villa de Berendeev. También hizo doblete el tenor Richard Tray Smagur en el papel del Zar Berendey, que canta bellísimas melodías como su maravillosa romanza del acto segundo, que en su día grabó Alfredo Kraus cantada en francés. Tray Smagur no puede presumir de una voz bella ni una técnica rematada -¡esos ascensos!- , pero cuenta con presencia sonora, fondo musical y buen gusto. El tercer cantante que repitió en función consecutiva fue el bajo Young Doo Park, que volvió a lucir su voz rotunda, amplia y sonora como Abuelo Hielo.
Magnífica la Kupawa de Alyona Rostovskaya, una soprano lírica con cuerpo, caudal y proyección, además de temperamento y arrojo en escena.Lel es un papel para contralto in travesti, que asumió Fleuranne Brockway con buena línea de canto y un centro bien nutrido, aunque sin brillantez en los extremos. Discreto vocalmente, pero entregado en escena, el barítono Jaeyoung Ha en el papel de Mizgir que, a punto de casarse con Kupawa, cae extasiado y locamente enamorado al contemplar a Snegúrochka.
La puesta en escena de Maxim Didenko incide en esa confrontación de las fuerzas de la Naturaleza encarnadas por una catástrofe ambiental, que sume durante años al pueblo de Berendeev en un interminable invierno. En este Mundo desolado se desarrolla, ante todo, una lucha por la supervivencia. El Zar Berendey en este montaje es una especie de líder religioso escoltado por siniestros guardaespaldas fuertemente armados. Ciertamente, no puede negarse la fuerza visual de la escenografía, que plasma ese impactante paisaje helado, así como la belleza del vestuario, especialmente el de los habitantes del pueblo. El montaje funciona, por caracterización de personajes, bien trabajado movimiento escénico y encauzar adecuadamente el desarrollo teatral de la obra.
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