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CRÍTICA: 'LA TRAVIATA' EN EL PALACIO EUSKALDUNA DE BILBAO

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Autor: Alejandro Martínez
10 de octubre de 2012
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"La Traviata" - ABAO - 8/10/12

 ESTIMABLE "TRAVIATA"

      La Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera abría su 61ª temporada con unas funciones de La Traviata, título ya visto aquí, con esta misma producción, en el año 2005, y título también con el que se llega a mitad de la ambiciosa travesía que supone el Tutto Verdi. Diecisiete títulos ya puestos en escena y otros diecisiete que están por llegar.

      Vocalmente, en el rol titular, despertaba interés la presencia de la soprano albanesa Ermonela Jaho, encumbrada como Traviata de referencia tras ser la escogida para sustituir a Natalie Dessay o a Anna Netrebko en algunas funciones el pasado año. Lo cierto es que la voz despierta sensaciones muy encontradas. Quizá se cumpla en este caso aquello tan repetido de que Verdi demandaba tres voces distintas para su Traviata, una en cada acto. E. Jaho comenzó con una voz entubada, con una colocación gutural, que durante todo el primer acto derivó en sonidos ora abiertos, ora cubiertos en exceso, y con la presencia a menudo de un vibrato incómodo. La voz, durante este primer acto, se mostró mate, sin punta y con una coloratura irregular. Además, la resolución del agudo no fue triunfal, ofreciendo a menudo sonidos de afinación destemplada y ataques propios de una cantante amateur en su recreación del "Sempre libera...", calando además el mi bemol que remata la escena. Todo ello, además, lastrado por una tendencia constante a resultar en exceso afectada e histriónica en su desempeño escénico, algo que reiteró durante toda la función, cayendo incluso en sollozos y jadeos que rompían una y otra vez su línea de canto. Un primer acto, pues, que dejaba sensaciones bastante amargas y hacía prever lo peor.

      En el segundo acto, sin embargo, dio mejores muestras de sus capacidades: la voz parecía más desahogada en la emisión, más pastosa y con algo más de punta arriba, y Jaho se esforzó en proponer dinámicas, buscar medias voces, apianar, aunque también empleando los reguladores de forma demasiado recurrente, como si fueran el único efecto en el que confiase para romper la monotonía al margen de la sobreactuación escénica. No cabe duda de que su escena con Germont fue lo mejor de la noche, no sólo por el sobresaliente trabajo del barítono, sino por una esforzada Jaho a la hora de recrear el "Dite alla giovine... Morrò!...". Del mismo modo dio muestras de una realización vocal más completa en el último acto, donde la voz, de lírica plena, se encontró más cómoda, mejor respirada, más sólida, alcanzando instantes de una lograda intensidad dramática, aunque de nuevo al servicio de un retrato algo histriónico y sobreactuado de Violetta Valery. En términos generales, cuesta creer que sea la mejor opción alternativa cuando cancelan grandes nombres como las citadas Dessay o Netrebko.

      Como Alfredo Germont volvía al Euskalduna la voz de José Bros, que vive un momento de compleja orientación, al no ser ya un ligero con todas las de la ley, ni tampoco un lírico pleno con la suficiencia esperable en el registro agudo. No en vano está orientando ahora su carrera por hacia los roles centrales del repertorio de Alfredo Kraus, esto es, Werther, Alfredo, Romeo... y varios roles belcantistas. En todo caso, es un cantante espléndido, capaz de un fraseo cálido, sentido y terso, con un instrumento todavía brillante y bien timbrado. Con ese decir tan bien resuelto, acompañado de una proyección envididable, fue el suyo un Alfredo de manual, subrayando la reconocible línea belcantista que hay detrás de su escena en solitario ("Lunge da lei... O mio rimorso..."). Con suficiencia aunque sin facilidad, Bros se fue al do al final de dicha cabaletta.

     

      Quizá la mejor sorpresa de la noche fue el notable Germont del barítono polaco Artur Rucinski. La suya es una voz amplia, con una colocación algo atrasada que penaliza a veces su ascenso al agudo, que no suena siempre igualmente liberado. En todo caso, es un cantante que busca la frase e intenta recrear el texto. Con igual acierto, su Germont se mostró durante la función autoritario, fingidamente paternal y, finalmente, cariacontecido ante el destino de Violetta. Además de ese variado fraseo, ofreció, sobre todo, una hermosa lectura del "Di Provenza...", apianando su cierre con soltura. Se incluyó asimismo la cabaletta "No, non udrai rimproveri...". Merecerá la pena, pues, seguir la pista a Rucinski, escuchado su buen trabajo en Bilbao.

      Al frente de la Orquesta Sinfónica de Euskadi se hallaba la batuta ágil y sensible de Keri Lynn Wilson, que regresaba a Bilbao tras haber dirigido La Boheme y Anna Bolena en pasadas temporadas de la AGAO. Una dirección bien planteada de principio a fin, obteniendo un sonido compacto y ligero de la Sinfónica de Euskadi. Muy bien delineados los dos preludios, que abren los actos primero y tercero, buscando un sonido terso en las cuerdas, y llevado también con buen pulso el concertante final del segundo acto. El coro de la ABAO mejoró el nivel de sus últimas apariciones en la pasada temporada, aunque sigue existiendo un cierto desnivel entre el trabajo de las voces masculinas y femeninas, en demérito de éstas.

      La producción de Pier Luigi Pizzi, ya vista en Bilbao en 2005, y procedente de una coproducción con el Teatro Real de Madrid, regresaba en este caso con Massimo Gasparon como responsable de la reposición. Es una propuesta clásica, que no tiene aspiraciones más allá del libreto y en la que destaca por méritos propios una iluminación muy bien planteada, a cargo de José Luis Canales.

      Al margen de los comentarios musicales, cabe añadir la sorpresa ante los tres descansos de veinte minutos, cuando lo acostumbrado en una representación de La Traviata es que se trate de tan sólo dos. No parece que el cambio de escenografía entre el primer y segundo cuadro del segundo acto requiera tanto tiempo. Asimismo, se antojó innecesario el saludo, al final de dicho segundo acto, del coro y los comprimarios. Generalmente resulta más apreciable que todos los saludos se concentren al final de la representación.

      En términos globales, pues, una estimable Traviata, sobre todo por las voces masculinas y por el buen trabajo del foso, y con una protagonista que fue de menos a más. Con una Violetta mejor dispuesta la función podría haber quedado en el recuerdo.

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