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CRÍTICA: 'LAS VÍSPERAS SICILIANAS' DE VERDI EN EL PALACIO EUSKALDUNA DE BILBAO. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
25 de febrero de 2013
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VÍSPERAS COTIDIANAS

Les vêpres siciliennes, Verdi, ABAO, Eskalduna, Bilbao, 19/02/13

      Regresaban Las vísperas sicilianas de Verdi a Bilbao, desde su anterior escenificación, allá por 2001. Y lo hacían, en esta ocasión, en su versión francesa y con ballet. Musicalmente han sido unas funciones irregulares, destacando los cantantes sobre el foso, en términos generales. sesde el punto de vista escénico, la propuesta prometía más sobre el papel que en la realidad, polémica incluida.
      Comencemos por esto último. La ABAO traía para estas Vísperas la propuesta escénica de Davide Livermore, que sitúa la acción en la Italia mediática y amoral de comienzos de los años noventa. Es el suyo un trabajo inteligente, bien labrado, pero que sufre el lastre de una escenografía (S. Centineo) demasiado estática para nuestro gusto, y de una dirección de actores más bien intuitiva y timorata. Así las cosas, termina por sacar menos partido del esperado a la actualización del contexto político de la que parte toda su propuesta. A ello se suma la resolución un tanto torpe del ballet. El trabajo de Livermore se estrenó originalmente en Turín, donde se escenificó la versión italiana y por tanto sin el ballet que sí se ha incorporado en Bilbao, al optarse por la versión francesa. Eso ha obligado a Livermore a preparar una solución escénica para dicho ballet, que no ha consistido en coreografía alguna, sino en una serie de proyecciones centradas en la actualidad de crisis política y económica de Europa, con especial insistencia en imágenes del 15-M y demás concentraciones populares de alcance reivindicativo.
      Ya en el estreno esta solución dio lugar a bravos y abucheos por igual. La reacción, bastante infrecuente para tratarse del tibio público de Bilbao, se ha repetido en las representaciones siguientes. ¿Está justificada? Desde luego no faltan los motivos para la disconformidad: en primer lugar por el empecinamiento en poner el ballet, sí o sí, por un puro afán filológico, tenga o no calidad musical como para sostenerse; en segundo lugar, porque un ballet está pensado para ser bailado, no para coordinarse con una proyección en video. Y por último, por la torpe propuesta de Livermore, tremendamente previsible, reiterativa y muy por debajo de la calidad general de su propuesta escénica. Así pues seguramente compartimos los abucheos, pero no por lo provocativas que nos resultasen las proyecciones, que no nos lo parecieron en absoluto, sino por la torpeza y decepción en la resolución de un ballet que estuvo de más. Nos gustó, pues, el trabajo de Livermore, pero más por sus intenciones que por sus medios para llevarlas a cabo.

 

      Vocalmente destacaron singularmente Gregory Kunde y Lianna Haroutounian. La segunda llegaba a Bilbao para cubrir el hueco de la inicialmente prevista T. Wilson. Y la verdad es que fue un acierto contar con ella. Posee un instrumento notable, bien timbrado, homogéneo, con especial despliegue en el agudo, que suena pleno y afinado. A cambio, peca de un grave mermado, de unas agilidades más bien torpes y de un fraseo no siempre incisivo. Destacó por tanto en las páginas más líricas (un espléndido y hermosísimo 'Ami... Le coeur d'Hélène') y deslució algo su labor en los momentos más ágiles, como el bolero, que paso sin pena ni gloria. Gregory Kunde es, seguramente, el único tenor que a día de hoy domina, si bien a su manera, la imposible partitura de Arrigo/Henri. Su acierto con el rol no radica tan sólo en un registro agudo desahogado, sino en un enfoque general que construye el papel desde el belcanto, atento siempre al estilo y al fraseo, impecable en su dicción francesa. Y eso no es fácil con una voz de armónicos mermados y con un centro no demasiado consistente, como es la de Kunde a estas alturas, porque el legato se ve penalizado con frecuencia. Y sin embargo funciona su enfoque, especialmente en los dos últimos actos, donde su dominio del personaje es deslumbrante.
      Vladimir Stoyanov, ya habitual en los repartos verdianos de Bilbao, ofreció un Monfort monótono, de trazo grueso, con una dicción incómoda en francés y con no pocos acentos veristas. Quedo lejos, por tanto, de las exigencias del papel. Algo semejante ocurrió con el Procida de Dmitry Ulyanov, demasiado empeñado en lucir su potente instrumento y nada atento al matiz, sin salir de un continuo forte que desmereció bastante su actuación.
      John Mauceri no contribuyó demasiado al buen discurrir de la función. Desde una emborronada obertura, el suyo fue un trabajo de brocha gorda, sin grandeza, sin aliento, parco en intenciones e imaginación y con una desigual concertación de voces. No en vano, hemos escuchado mejores trabajaos a la Orquesta Sinfónica de Euskadi, que sonó algo alborotada, con una presencia excesiva de metales y percusión y con una cuerda demasiado amortiguada. Semejantes sensaciones nos dejo el Coro de la Ópera de Bilbao, escasamente empastado, con una dicción poco sutil en francés y de alientos, por lo general, muy lejanos de la grandeza que Verdi depara en las páginas corales de esta partitura. Así las cosas, es de agradecer que todo fuera a mejor con el discurrir de la función, mejorando notablemente en los dos últimos actos.

 

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