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Crítica: «Libuse» cierra el ciclo de todas las óperas de  Smetana en Ostrava

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
26 de marzo de 2024

Crítica de Libuse, obra que cierra el ciclo de todas las óperas de Smetana en la Ópera de Ostrava [República Checa]

«Libuse» de  Smetana en la Ópera de Ostrava

La guinda del pastel

Por Pedro J. Lapeña Rey
Ostrava. 10-III-2024. Divadlo Jiřího Myrona (Teatro Jiří Myron). Libuše (Bedřich Smetana/ Josef Wenzig - Ervín Špindler). Mária Porubčinová (Reina Libuše), Svatopluk Sem (Přemysl, un agricultor de Stadice), Martin Bárta (Chrudoš), Richard Samek (Šťáhlav), Pavel Švingr (Lutobor), Jiří Hájek (Radovan), Petra Alvarez Šimková (Krasava), Monika Jägerová (Radmila). Orquesta Filarmónica Janáček de Ostrava. Coro Filarmónico de Praga. Director Musical: Robert Jindra.


   Ocho días después, con las óperas que Bedřich Smetana compuso a lo largo de su carrera ya en la retina y en la memoria, llegamos al noveno y último para asistir a la interpretación de Libuše, la cuarta de ellas, la única que no se ha hecho en orden cronológico, y la única que no ha dado en solitario el Teatro Nacional Moravia Silesia. Para los checos, Libuše es mucho más que una ópera, y tanto la Orquesta Filarmónica Janáček de Ostrava como el Coro Filarmónico de Praga han coproducido y participado en esta función.

   Bedřich Smetana concibió Libuše como un festival ceremonial, casi litúrgico. Una especie de Parsifal compuesto más de 10 años antes que éste. Una obra majestuosa, basada en los orígenes del pueblo checo, imponente y fascinante que representara dignamente el ideal del nuevo estado checo. El tema del libreto, al igual que Dalibor escrito por Josef Wenzig y luego traducido al checo por Ervín Špindler, es una leyenda sobre la reina Libuše que ya se mencionó en Chronica Boemorum, la crónica medieval escrita por el historiador Cosmas de Praga entre 1119 y 1125 que trata la historia de Bohemia, y en el que Libuše ya profetizó la fundación de Praga. La empezó a componer en 1871 para una ocasión muy especial: la coronación del Archiduque Francisco José I como Rey de Bohemia. En febrero de 1867, éste había firmado el compromiso austrohúngaro, una importante reforma constitucional por la cual los húngaros gozaban de un alto nivel de autonomía, y Hungría se equiparaba a Austria dentro del Imperio de los Habsburgo. Como consecuencia, se había coronado rey de Hungría. Lo normal, y lo que se esperó durante una serie de años, fue que ese compromiso se extendiera a los checos, y que fuera coronado en Praga -como lo habían sido varios de sus antecesores- pero parece que Francisco José se lo pensó mejor, y si para la gestión de un imperio, una monarquía dual ya era bastante follón, el añadir una tercera variable a la ecuación se le debió antojar demasiado complicado, así que la coronación nunca se llevó a cabo, y Smetana guardó la ópera -durante cerca de 10 años- para otra ocasión especial: la inauguración el 11 de junio de 1881 del Teatro Nacional. Este se incendió meses después, y la obra fue también la elegida para la reapertura de este un par de años después. 

«Libuse» de  Smetana en la Ópera de Ostrava

   Smetana dejó bien claro que Libuše no podía ser una ópera de repertorio. Era la ópera para las celebraciones y para las ocasiones especiales, y lo que hemos vivido estos días en Ostrava lo era. Hasta donde he podido investigar, en los últimos cien años solo en tres ocasiones anteriores se había hecho el ciclo completo de sus óperas. Una vez en Praga y las otras dos, aquí en Ostrava. La función se trasladó al Teatro Jiří Myron -la orquesta necesaria para esta ópera difícilmente hubiera entrado en el foso del coqueto pero pequeño Teatro Antonín Dvořák- y se hizo en versión concierto con una pequeña escenificación: varias proyecciones muy simbólicas con los colores nacionales y los contraste luz vs oscuridad, día vs noche, y un leve movimiento de actores, con Libuše siempre cantando desde un pequeño podio, mientras los demás personajes entraban y salían del escenario. Así, sin escenificaciones que pudieran generar controversia y alterar el tono festivo, la música de Smetana se situó en el centro de todo.

   En el podio se situó Robert Jindra, actual director de la Ópera nacional de Praga. Hace diez años, cuando aún era director de este teatro, fue copartícipe del diseño de este ciclo junto Jiří Nekvasil. Su dirección fue efectiva y brillante, con un control absoluto de orquesta y coro, que le permitió crear el magma sonoro básico de la obra y mantener un pulso dramático constante y seguro. Con unos concertantes perfectamente construidos y con un exquisito cuidado a los cantantes, el Sr. Jindra no se limitó a la vertiente más espectacular de la obra sino que buscó la más emotiva y lírica, tocando la fibra al público. Tras las ocho funciones seguidas en el foso del teatro Antonín Dvořák, era la hora de un merecido descanso para la orquesta y el coro, por lo que éstos cedieron sus trastos a la Orquesta Filarmónica Janáček de Ostrava y al Coro Filarmónico de Praga. Con mucho más tiempo para preparar la obra en detalle, ambos se mostraron a un nivel excelente. La orquesta nos regaló un sonido cuidado y una amplia gama dinámica, destacando las cuerdas sedosas, las maderas que disfrutaron en los numerosos diálogos instrumentales que pueblan la obra, y loss metales armónicos, de sonido bello y controlado.

   Dentro de un elenco muy compacto especialmente elegido para la ocasión, destacaron la imponente Libuše de la soprano eslovaca Mária Porubčinová, y el estupendo Přemysl del barítono Svatopluk Sem. Ella, lírica plena, de voz voluminosa y colorida, muy bien emitida, demostró solvencia en todos los registros, y una interpretación conmovedora de la reina, que sin perder la dignidad de su cargo, es también una mujer llena de sentimientos. Él, de voz rotunda, timbre atractivo y volumen mas que suficiente, se mostró con la autoridad de ser el elegido por la reina para ser su compañero. Tardó en calentar el bajo Martin Bárta en el complejo papel de Chrudoš, el hermano rebelde y furioso que desafía a la reina, pero era su tercer papel protagonista en tres días seguidos, y la voz lo notó. Aun así fue superándose según avanzaba la obra para terminar a buen nivel. Tanto Richard Samek como el hermano menor Šťáhlav, Pavel Švingr como el tío Lutobor o Jiří Hájek como Radovan cumplieron con creces. También Petra Alvarez Šimková como Krasava, y Monika Jägerová como la Radmila, la hermana de Chrudoš y Šťáhlav, mostraron un gran nivel e incluso el precioso coro de segadores que cantaron Karolína Levková, Klára Hlúšková, Barbora Garzinová y Martin Javorský desde el vestíbulo, sonaron de maravilla, coloridos y casi etéreos. 

«Libuse» de  Smetana en la Ópera de Ostrava

   En fin, la guinda de un pastel que ha sido el final de un camino apasionante, que ha tenido su parte de descubrimiento -por mucho que hayas oído una obra en disco no la conoces de verdad hasta que la has visto en directo-, su parte de comprensión de una obra musical fascinante, que independientemente de lo diferente de sus óperas, siempre van al corazón, y como no, el reconocimiento a un trabajo hercúleo que ha tenido un resultado excepcional. Y es que no se puede valorar de otra manera una aventura ya de por sí cuasi imposible, con ocho representaciones diferentes en nueve días seguidos, y que la más floja -o mejor dicho, la menos conseguida- ha mantenido un nivel más que notable. Todo ello ha sido el fruto de muchos años de trabajo, con producciones que han ido viendo la luz en diferentes temporadas, y que ahora se han recuperado para darlas todas de una vez. El reclamo ha tenido su éxito. Ha habido un número significativo de espectadores que han asistido al ciclo en su totalidad. Otro mayor aún que han acudido a varias de las obras. Muchas caras ya nos resultaban conocidas en estos últimos días. Un denominador común: hemos salido encantados. ¡Que agradable es salir de un teatro viendo caras resplandecientes como la que tu llevas, señal inequívoca de que todos hemos disfrutado! Y para todos los que se lo han perdido, tienen una nueva oportunidad en el segundo ciclo que se hará este mes de mayo.

   Por último, una reflexión que contrasta radicalmente con este clima de euforia. Cuanto más observas como cuidan su legado musical en otros países, más echas en falta como lo hacemos aquí. Por poner un pequeño ejemplo, en 2021 ha habido aniversario de nacimiento o muerte de Emilio Arrieta, en 2022 de Joaquín Gaztambide o Felipe Pedrell, en 2023 de Francisco Barbieri, Tomás Bretón o de José Serrano, y en 2024 de Andrés Gaos. Ya no vamos a pedir una empresa como la que les he contado estos días. Me gustaría poder reseñar algo mucho más simple: algún tipo de homenaje a las personas que han creado nuestro acervo musical y sus composiciones. Lamentablemente me temo que seguirá brillando por su ausencia. El año próximo tendremos el aniversario de Manuel García y en 2026 el de Manuel de Falla. Espero equivocarme.

Fotos: Martin Popelář

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