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Crítica: Lise de la Salle y Christoph Poppen con la Sinfónica de Sevilla

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Autor: Álvaro Cabezas
10 de octubre de 2022

Lise de la Salle y Christoph Poppen continúan con la integral de los conciertos para piano y orquesta de Beethoven en la temporada de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla

Lise de la Salle y Christoph Poppen con la Sinfónica de Sevilla

Segunda entrega 

Por Álvaro Cabezas | @AlvaroCabezasG
Sevilla, Teatro de la Maestranza. 9-10-2022. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla; Lise de la Salle, piano; Christoph Poppen, director. Programa: Concierto para piano nº 4, en sol mayor, Op. 58 de Ludwig van Beethoven y Concierto para piano nº 5, en mi bemol mayor, Op. 73 de Ludwig van Beethoven.

   No se cumplió el deseo que manifestábamos al final de la crítica de la primera entrega de la integral de conciertos para piano de Beethoven de hace tan solo dos días. La pianista Lise de la Salle, el maestro Christoph Poppen y la Sinfónica de Sevilla no coronaron con éxito este ambicioso ciclo que ha ocupado los programas nº 2 y nº 3 del abono sinfónico de la presente temporada. Ya señalábamos que el reto era enorme y su superación solo apta para grandes referentes. No sabría asegurar si ha sido por falta de ensayos o, como es más probable, por cansancio acumulado en cuatro jornadas consecutivas tocando. Lo cierto es que la solista francesa erró en demasía al escalar las cimas que suponen los conciertos para piano nº 4 y nº 5 (no en balde se antoja una barbaridad tocarlos juntos, uno detrás de otro), el director no supo conciliar bien el indeciso pulso de la pianista con la predisposición de la orquesta y esta pecó de prudencia ante el desconcierto musical que se dio con carácter general.

   El Concierto para piano nº 4, en sol mayor salió perfecto. Desde luego no se puede advertir un solo fallo en su ejecución, pero sí en su opción interpretativa. No entendemos cómo un concierto tan rico en matices pueda haber sido concebido con menos imaginación por parte del director. Tan solo le hubiese bastado con pasarse por el Palacio de Carlos V de Granada al cierre del festival veraniego para tomar algunas ideas de la auténtica recreación que bordaron Pires, Gardiner y la London Symphony hace tan solo tres meses. De alguna manera, parecía ayer en Sevilla como si este concierto no fuera conocido, como si no hubiera mil y una referencias posibles, incluso extramusicales, tal fue la indiferencia con la que se lo acometió. Si especificamos, habría que decir que el primer movimiento fue soporífero, que en el segundo no había ni rastro de Orfeo y las furias al mantener la orquesta la misma intensidad volumétrica, la misma violencia con la que empezó y siguió sin escuchar, ni dejarse engatusar (también es cierto), por una no muy dichosa réplica relajante del piano y, por último, que el tercero se resolvió a todo correr, sin gracia ni ironía, ni carácter bailable y alegre. Desde luego, la pianista daría todas las notas, mostraría, una vez más, una extraordinaria técnica digital, pero uno sufre una tremenda decepción cuando esas innegables cualidades no se aplican para conseguir elevar el espíritu del oyente, parar, aunque fuera por unos instantes, el tiempo, contextualizar una ensoñación, en definitiva, servir al arte como vehículo perfecto que nos permite viajar hacia la trascendencia o, al menos, para suplantar la realidad. Quizá para ganar un premio en un concurso internacional de pianistas fuera una versión sobresaliente, pero para conformar un programa de abono de la presente temporada en una de las mejores orquestas de España fue una versión mediocre y lista para olvidar.

   Sin embargo, todo empeoró en la segunda parte, tras el descanso. Claro que el Concierto para piano nº 5 es el más importante y, por consiguiente, más complejo de toda la serie beethoveniana, pero no creo sea esa la excusa que deba ponerse para paliar este desatino. El primer movimiento fue un despropósito: no se entendió absolutamente nada, la pianista se echó a correr y tan desasosegada parecía, tan ansiosa por terminar, que dio varias notas en falso, lo que provocó cierta inestabilidad en la orquesta que de repente se echó atrás en la acometida de cada una de las entradas siguientes, desde entonces excesivamente prudentes, incluso inanimadas y titubeantes. El director no reaccionó, permanecía en el podio siguiendo con sus brazos el sonido que se producía ante él y no anticipándose al mismo, sin explicitar los gestos a las distintas secciones orquestales, como si allí no se hiciera música deslavazada. No sé si como reacción del aceleradísimo primer movimiento, se comenzó el segundo con extrema e ininteligible lentitud, consiguiendo así que las frases no pudieran comprenderse por entero y llevando al límite de la paciencia las cuerdas acompañantes. Volvió a haber indecisión en la transición al tercer movimiento, que resultó borrosa y hueca de efecto. En esta última parte se recompuso un tanto la situación pero no se consiguió en ningún momento la calidad suprema que demanda la partitura que siempre estuvo huérfana de emoción o de noble esperanza ilustrada en las ideas de un emperador que acabó desengañando a Beethoven como una oportunidad perdida, igual que ahora ocurría con la recreación de su música.

   Al terminar las caras eran más de alivio que de otra cosa: la de la pianista gélida en todo momento y la del maestro parecía presidida por una sonrisa forzada que no desaparecía nunca. El público, sin embargo, lo celebró como un gran acontecimiento, pero en esto habría que hacer un interesante matiz: desde la actual gerencia orquestal se ha formado en poco más de dos años un sector de melómanos nuevos, eminentemente jóvenes, que asisten con un importante descuento a los conciertos y que son instruidos con charlas previas, incluso con encuentros con los solistas. Una de las mejores muestras de su presencia es que aplauden a la orquesta al salir al escenario (algo que durante años nunca pasó), incluso a la propia pianista casi antes de entrar, como ocurrió tras el descanso de ayer. Pero, aunque esos jóvenes son los que, entusiasmados por las primeras escuchas y por el privilegio del disfrute de la música culta, prenden la mecha de los aplausos y los mantienen cálidamente durante varios minutos, no alcanzan a crear en ningún momento el rumor celebrativo de una velada inolvidable que hubiese arrancado una o dos propinas a la pianista. Sin duda es interesante y valiente haber programado este ciclo, y reconocemos la audacia del director titular y del equipo de producción que lo idearon y llevaron a efecto, pero no creemos que se hayan obtenido del mismo los frutos artísticos apetecibles en la temporada sinfónica de una orquesta de esta antigüedad y solera. Hacemos votos para que el Mahler de Bertrand de Billy que se anuncia para noviembre alinee, de nuevo, los astros (director, compositor, obra, orquesta, público), que posibilitan a los melómanos salir del Teatro de la Maestranza plenos de euforia y alegría.

Foto: Guillermo Mendo

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