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Crítica: «Los bufos madrileños» en el Teatro de la Comedia

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Autor: Aurelio M. Seco
25 de enero de 2026

Crítica de Aurelio M. Seco del espectáculo Los bufos madrileños, en el Teatro de la Comedia de Madrid

«Los bufos madrileños» en el Teatro de la Comedia de Madrid

Soberbio espectáculo

Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
Madrid, 10-I-2026. Teatro de la Comedia. Dirección musical, Antonio Comas. Dirección de escena y coreografía, Nuria Castejón. Escenografía, Alessio Meloni. Vestuario, Gabriela Salaverri. Iluminación, Juan Gómez Cornejo. Producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Reparto: Clara Altarriba, Chema del Barco, Rafa Castejón, Paco Deniz, Eva Diago, Beatriz Miralles, Alejandro Pau y Cecilia Solaguren.

   La palabra «zarzuela» es un problema sin resolver. Para algunos, zarzuela es «el más genuino género lírico español», pero entonces, ¿qué es la ópera española? ¿un género menos genuino? Y esto aceptando que la zarzuela no sea ópera. Para otros, se trata de zarzuela cuando se habla y se canta y, de ópera, cuando la partitura se canta en su totalidad. Esta definición simplísima, general y muy extendida, seguramente la que más, no contempla las diversas excepciones ni su precariedad, ni tampoco si dicha definición tiene sentido esencial, es decir, si lo que la zarzuela es tiene su razón de ser por cantarse y hablarse, perspectiva que está detrás de la idea de Arrieta, por ejemplo cuando dijo transformar en ópera su zarzuela Marina, siendo la diferencia sustancial el haber quitado los diálogos hablados.

   También sucede que, cuando oímos una romanza [hay quien afirma que esta denominación viene mejor que la de aria] en una grabación, junto a arias operísticas, al oído le resulta imposible, literalmente imposible entender las diferencias estrictamente musicales entre un aria de una ópera de Rossini y una romanza de zarzuela de Rupeto Chapí, Gerónimo Giménez o Manuel Fernández Caballero. Suponemos que para hablar de zarzuela también es importante el idioma español ¿O no? Se afirma, por otro lado, que la zarzuela es el equivalente a la ópera cómica francesa y al singspiel alemán, seguramente por cantarse y hablarse también. Pero singspiels, palabra erudita que llena bocas, no conocemos tantos y la ópera cómica francesa no fue, en absoluto, a nuestro juicio, ni tan importante artísticamente ni sociológicamente como nuestra zarzuela. ¿Y por qué ópera cómica? ¿Porque el argumento es cómico? No siempre. En el fondo de algunas de estas opiniones también se encuentra la falta de distinción entre las Ideas de identidad y unidad de las obras musicales. Hay obras semejantes por su unidad, pero diferentes por su identidad. Quien no atienda y comprenda esta distinción pensará, equivocadamente, que Chueca hacía singspiels y Mozart, zarzuelas. En cualquier caso, estamos ante intentos de clasificación que son a la postre los que se usan, generando contradicciones, incomprensiones e injusticias por su incoherencia y parcialidad.

   A este embrollo hay que unirle la aparición de la Idea de género. Que si la zarzuela es un género con subgéneros, que si lo bufo fue considerado mediocre y no es como la zarzuela grande, que ¿qué es el género chico? ¿Es la zarzuela bufa género chico o no y por qué?  También están los que consideran que la zarzuela es como los musicales del presente y, el musical, como la zarzuela, sin entender la multivocidad de los términos ni el sinsentido de muchas de dichas afirmaciones. Concluimos con los comentarios ya clásicos sobre la misma, que vuelven año tras año: «la zarzuela es casposa y hay que actualizarla», «toca acercarla a los jóvenes», que si airearla, que si proyecto zarza... en fin, una ensalada de palabras, opiniones y cosas que hay que ordenar desde algún sistema de coordenadas ideológicas firmes que doten de coherencia a la consideración y clasificación de la zarzuela.

Los bufos madrileños

Clara Altarriba ofreció una interpretación magistral en Los bufos madrileños

   Con esta perspectiva tan desesperanzada asistimos a la reposición de Los bufos madrileños, espectáculo desarrollado a partir de la figura de Francisco Arderíus, el empresario que dio comienzo al denominado «género bufo» en España en el siglo XIX, presentado a través de Los órganos de Móstoles, bonita partitura de José Rogel con un libreto precioso, realmente brillante y simpático, de Luis Mariano de Larra, que da ciento y raya a la mayoría de los nuevos libretos de zarzuela escritos en los últimos años, véase por ejemplo Trato de favor. La versión y dirección corre a cargo del talentoso Rafa Castejón, que nos presenta, actuando y versionando, un soberbio espectáculo, gracioso y muy inteligentemente diseñado, que además cuenta con artistas de gran talla. Lo que nos gustó menos de la producción es que, como hizo Arderíus en el XIX, parece pedir perdón por existir, dándonos la sensación de que dicho espectáculo parece haberse realizado con la conciencia de ser suficiente para dar carpetazo al fenómeno del género bufo. Decimos esto porque presenta una especie de preludio, por cierto muy adecuado y pedagógico, en el que se nos explica con claridad y talento el nacimiento de los bufos madrileños, en lugar de ofrecernos Los órganos de Móstoles sin más. Dado el éxito mostrado, habría que poner en escena otros títulos bufos.

   En cualquier caso, el problema a la hora de entender «los diferentes subgéneros» zarzuelísticos, e incluso su mala reputación, quizás tenga que ver con una especie de sinécdoque, es decir, la desconsideración de una parte de la zarzuela por el todo. Y acaso en esta falta de perspectiva lo que exista es una incomprendida cuestión de escala. Un problema que confunde el valor artístico con el valor técnico o el institucional-tecnológico porque, ¿acaso no tiene más valor una versión musical magistal cantada por alguien que no posee la técnica de proyección operística que por un cantante lírico vulgar? No decimos lo contrario: degradar o, más bien, degenerar, el valor del canto lírico a un canto, vamos a decir, natural, como se está haciendo en el denominado Proyecto Zarza, a nuestro juicio equivocamente, porque de lo que se trata es de dar a los jóvenes y menos jóvenes los mejores cantantes líricos posibles para hacer la zarzuelas que los precisan, y no sustituirlos por jovencitos que no poseen dicha técnica de proyección. Tampoco entendemos ese empeño en gustar a los jóvenes y no, por ejemplo, a los ancianos. A ver si vamos a tener un problema de «edadismo». ¿Y quién se cree tan sabio como para saber lo que los jóvenes necesitan para apreciar la zarzuela? A lo mejor convendría escuchar las opiniones de jóvenes independientes que no solo hayan visto zarzuela en el proyecto zarza.

   La zarzuela bufa, sin embargo, sí parece apropiada para enzarzarse en dicho Proyecto, pues los intérpretes eran actores que cantaban, más que cantantes líricos que también actuaban, luego las obras no sólo no perderían parte de su esencia, sino que se atendrían a ella de manera lógica e histórica. 

Los bufos madrileños

   La producción de Los bufos madrileños contó con actores cantantes soberbios, varios de ellos magistrales, que ofrecieron interpretaciones sublimes de los personajes, siempre dentro de una concepción escénica sencilla pero muy inteligentemente diseñada, realizada con un indudable buen gusto y sentido de la comicidad elegante y depurado, en el que no cupo la vulgaridad ni lo exagerado. Todo parecía tener sentido y aún más, dando lugar a la sorpresa, tanto el vestuario adecuadísimo como en la puesta en escena y, sobre todo, lo repetimos, las preciosas interpretaciones. Fue magnífico Antonio Comas, no sólo como director musical, sino como un pianista apasionado y actoral. Uno se queda asombrado viendo el talento de Comas haciendo música y actuando como Homobono. Al igual que la magistral Clara Altarriba, gigante de la actuación cómica, inteligentísima actriz que dejó detalles interpretativos atractivos y sorprendentes a cada paso. Ningún gesto sobró en la actuación de Altarriba, incluso pronunciando la palabra «amor» o «suspiro» su manera de estar y decir el texto, declamando y cantando, relucía por su originalidad, personalidad, claridad y magnetismo. En general ya hemos hablado de lo excelente del reparto, empezando por el Don Juan Tenorio de Rafa Castejón, el afectado y graciosamente atormentado Arturo de Alejandro Pau, la elegancia del Don Abdón de Chema del Barco y simpatía y presencia de la Sebastiana de Eva Diago. Sobresalió también Paco Déniz y su Rugiero lleno de pequeños grandes matices y la frescura solvente de Cecilia Solaguren como Úrsula. La pianista que más acompañó sobre la escena fue Beatriz Miralles, quien tuvo una participación meritoria, adecuada y solvente. Que vuelvan a poner esta producción y se tome como ejemplo para continuar con otros títulos del «género».

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