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CRÍTICA: 'LOS GAVILANES' DE JACINTO GUERRERO, EN EL TEATRO CAMPOAMOR DE OVIEDO

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Autor: Aurelio M. Seco
14 de mayo de 2010
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La Voz de Asturias (Miércoles, 12/5/10)

Lugar: Teatro Campoamor. Fecha: 11 de mayo de 2010.Ciclo: Festival de Zarzuela de Oviedo

"GAVILANES" SIN RUMBO

La producción de "Los Gavilanes" que el pasado martes se estrenó como último título de la actual Temporada de Zarzuela del Campoamor, es un buen ejemplo para  ver hasta qué punto la dirección musical es crucial para el buen o mal desarrollo de una función.  El resultado artístico fue de muy bajo nivel, debido a la discretísima dirección musical de Henry Raudales. La producción ya era conocida, un trabajo de Arturo Castro al que cada vez se le encuentran más defectos, pero que también tiene virtudes. Vocalmente hubo de todo, voces y actuaciones extraordinarias, interpretaciones ralas y otras farfulleras,  todo en un contexto artístico de auténtica desorientación que marcó para mal toda la versión. Hace años que se vienen dando  pasos para dignificar y poner en el lugar artístico que se merece a la Zarzuela, que no es otra cosa que la ópera cómica española. Es cierto que se ha avanzado, sobre todo en lo que se refiere a la calidad de las producciones, que en manos de directores de escena como Emilio Sagi, han proporcionado un precioso marco visual al magnífico producto musical. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer en la vertiente estrictamente musical. Es sabido que existen muchos directores de gran talento a los que, simplemente, no les gusta dirigir zarzuela. No hay más que recordar los discretos resultados obtenidos por Friedrich Haider en este terreno, por poner un ejemplo cercano. Algo parecido sucede con algunos músicos e, incluso, musicólogos, incapaces de reconocer las virtudes de un género realmente delicioso. También está el aspecto económico: un cantante de zarzuela cobra menos que uno que canta ópera. Así las cosas, hoy en día no resulta nada fácil encontrar producciones que destaquen por la calidad de su versión musical. Aportaciones como la del mítico Ataulfo Argenta son un magnífico ejemplo que, por desgracia, no ha tenido continuidad.

Lo que tampoco se puede hacer es poner como excusa la carencia de directores, porque en realidad hay muchísimos maestros de talento que podrían hacer muy bien este trabajo. En este sentido, en Oviedo, salvo excepciones, no se está acertando en absoluto. Desde luego, lo que no debería volver a suceder en el segundo festival de zarzuela más importante de España, es permitir un nivel musical tan bajo como el ofrecido el martes en el Campoamor. Se invitó a Henry Raudales, director que convirtió la versión en un auténtico suplicio para la orquesta y los artistas. Personalmente, pocas veces hemos asistido a una función en la que nos hayamos sentido tan incómodos ante la percepción de tanto desorden. La función se llevó a buen término por la profesionalidad de la orquesta, el coro y los artistas, pero sobre la obra pendió una espada de Damocles muy peligrosa. Raudales fue un director voluntarioso pero falto de suficientes dotes técnicas.  Cuando el sonido de la orquesta no era atronador era desagradable y fuera de lugar. La versión se llevó como se pudo, con una especie de inercia voluntariosa, pero también descontrolada y pretenciosa.  Los artistas y el coro llegaron a estar realmente desorientados durante la función. La producción, estrenada en el 2007, es un trabajo de Arturo Castro que, en tan solo tres años, ha envejecido y perdido interés como si hubieran pasado 20. En ella se percibe un cierto saber estar estético por momentos, incluso en lo relativo a la inclusión del bable y el traslado de acción a Cudillero. Todo esto no funciona mal. Pero el movimiento escénico es rígido y banal, y la solución de algunas escenas decepcionante. Tampoco resultó la inclusión gratuita de  José Antonio Lobato diciendo no se  sabe qué cosas ininteligibles. Lobato es un actor de gran talento, que también podría mejorar su dicción y naturalidad interpretativa. Su interpretación de Leontina resultó sobreactuada. Del reparto de cantantes deslumbró Alejando Roy. Con tan solo una frase puso en evidencia al resto, no porque lo hicieran mal, sino porque su estado lírico es realmente excepcional y desborda cualquier expectativa. Roy posee una de las voces de tenor más impactantes y bellas que existen, sin más. Puede que haya quien lo considere exagerado, pero su intervención fue una de las experiencias líricas más fascinantes que hemos tenido este año en Asturias. Algo que nadie se debería perder. Al tenor asturiano sólo le falta cantar con un sentido interpretativo más cuidado y, por descontado, llevar su carrera con más inteligencia.

Fue el más aplaudido de la noche e hizo olvidar el desastre del foso, por lo menos por un momento. Junto a él hay que situar a Luis Varela, excepcional actor con un talento interpretativo tan natural como arrollador. Tanto él como Manuel Tejada encontraron algunos problemas cantando, pero poder contar con ellos en el Campoamor fue un lujo que se agradece. Varela es un mito viviente de la interpretación, un artista de humanidad profunda que da gusto ver en escena, porque entretiene como nadie. Laura Sabatel encarnó a Rosaura con escasas cualidades líricas. Su papel, interpretado hace tres años por la asturiana Beatriz Díaz (que ayer -12 de mayo- no pudo debutar en el Comunale de Bolonia debido a la huelga que hay en Italia dentro del mundo de la lírica), dejó demasiado que desear. Le faltó energía, volumen y presencia. Amparo Navarro es una buena cantante que dibujó una Adriana algo crispada, quizás por unas cualidades líricas que muerden en exceso, pero que hablan de una gran profesional. Javier Franco también dio el nivel como Juan, sin llegar a convencer del todo. Ante esta situación, la Oviedo Filarmonía y el Coro Capilla Polifónica respondieron con profesionalidad sin llegar a convencer.

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