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Crítica: Lucas Macías, Daniela Iolkicheva y Marina Heredia con la Sinfónica de Sevilla

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Autor: Álvaro Cabezas
3 de junio de 2026

Crítica de Álvaro Cabezas del concierto ofrecico por Lucas Macías, Daniela Iolkicheva y Marina Heredia con la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla

Falla y Turina: paisaje y paisanaje español

Por Álvaro Cabezas
Sevilla, Teatro de la Maestranza. 2-VII-2026. Daniela Iolkicheva (arpa), Marina Heredia (cantaora), Lucas Macías (dirección), Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Programa: El castillo de Almodóvar, suite para orquesta y arpa solo, op. 65 de Joaquín Turina; El amor brujo de Manuel de Falla; y suites nº 1 y nº 2 de El sombrero de tres picos de Manuel de Falla.

   El Consejo de Ministros declaró hace un año la celebración del 150 aniversario del nacimiento de Manuel de Falla «Acontecimiento de Excepcional Interés Público». Precisamente en la web falla150.manueldefalla.com puede encontrarse, con detalle, la información concerniente a todos los actos englobados en esta efeméride (muchos desarrollándose en simultáneo y con evidentes duplicidades), lo que da idea de la vigencia de la que goza la música de Falla actualmente. En ese sentido la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, que lo ha interpretado muchísimo y con éxito, dedicó ayer el primero de sus homenajes al compositor (el segundo y más galano será el doble concierto que ofrecerá en el patio de la Montería del Real Alcázar en octubre), coincidiendo con la clausura de su ciclo de abono. Pero, en un provechoso intento de encuadrar la producción fallera en un ambiente musical consecuente, el programa se abría con un concierto de Joaquín Turina, amigo y discípulo del maestro gaditano, con lo que se clausuraba, también, la II Ruta Turina, un proyecto del Ayuntamiento de Sevilla que ha conseguido la participación de numerosas entidades entre las que se incluyen la propia Sinfónica y el Teatro de la Maestranza. Era, además, una tarde en la que se despedía a tres importantes músicos de la orquesta, a los que se rindió merecido homenaje nada más terminó el tiempo de la afinación: Nonna Natsvishvili (violonchelo) y Marius Mihail Gheorghe Dinu y Alexandru Mihon (violines), dejarán de ocupar sus atriles en la ROSS, después de tantos años de esfuerzo, dedicación y enseñanza. Para despedirse del público maestrante tenían tres piezas puramente españolas, pero que, como ellos, se habían proyectado a la esfera internacional.

   Joaquín Turina tituló suite para orquesta lo que es un concierto para arpa y orquesta, El castillo de Almodóvar, publicado en 1931, pero retocado por el propio autor en 1933 y, para este concierto, por la propia intérprete bajo el asesoramiento de quien es hoy uno de los sostenes del legado musical turinesco, el también compositor José Luis Turina, nieto del afamado compositor sevillano. Iolkicheva, que quiso en todo momento que el arpa se integrara entre las gravidades de la melodía, visitó el propio monumento medieval y se contagió del ambiente de misterio y remembranza que lo impregna. Quiso, por tanto, que su instrumento apareciera nebuloso como la presencia sobrenatural que dicen habita esa antigua fortaleza en el primer movimiento ("Silueta nocturna") y que se disolviera en el tercero ("A plena luz"). La orquesta, en todo momento, sonó en Turina: con los instantes evocadores de cierta gracia andaluza, pero también con los deslumbrantes acordes que tanto recuerdan a su Sinfonía sevillana y que evocan una época cuyo paralelismo literario se encuentra en la revista Mediodía, en la Generación del 27 posando para la foto de Serrano en la antigua sede del Ateneo de la calle Rioja y, sobre todo, en los escritos de Núñez de Herrera y Romero Murube.

   A continuación vino Falla. Lo primero fue la versión completa del ballet en un acto El amor brujo, tal y como lo estrenó el propio autor en el Trianon Lyrique de París el 22 de mayo de 1925. Si en esa ocasión fue La Argentinita la que puso voz al canto de Candelas, ayer fue Marina Heredia (experta en la obra y que la grabó con Heras-Casado y la Mahler Chamber Orchestra en 2019 para Harmonia Mundi), la que se encargó de la parte. Iba ataviada con vestido rojo y mantón y, con amplificación, ofreció las distintas canciones ("Del amor dolido", "Del fuego fatuo" y "Las campanas del amanecer") y recitó el "Romance del pescador" con soltura y contenida expresividad. Lucas Macías, buen conocedor de la página, dirigió con sosiego a la orquesta alcanzando, sin concesiones, sus objetivos: dibujó la cueva blanca del Sacromonte, nos hizo recordar a Lorca, introdujo cierto fresco en la sala con el número de "El Aparecido" y con el de "A medianoche - sortilegios". Quizá se le podía haber pedido más garbo en la "Danza ritual del fuego - para ahuyentar los malos espíritus", siendo momento tan conocido, pero el maestro decidió integrarla en el transcurrir de la obra y no optó por la espectacularidad que desplegó Pedro Halffter en la Bienal de Arte Flamenco de 2008 en ese mismo escenario, con José Mercé llevando el cante. Lo más destacable fue, sin duda, el trabajo camerístico de la "Pantomima" y la respuesta que dieron las cuerdas a la melodía antes dispersada por los chelos, tersa, delicada, elegantísima, aminorando el volumen en la repetición.

   La segunda parte del programa estaba ocupada al completo por El sombrero de tres picos, pero, desgraciadamente, no por el ballet de 1919, sino por las dos suites orquestales que escribió el propio Falla, la nº 1 en el mismo año del estreno y la nº 2 entre 1916 y 1921. Creo que esta elección supuso una oportunidad perdida, primero porque se podía haber aprovechado la presencia de la Heredia para hacer la parte de mezzosoprano y, después, porque tampoco supone mucho más tiempo (unos 15 minutos), para un concierto que quizá se quedó algo corto en extensión. No sólo por consecuencia con la escucha del ballet anterior, sino que se cumple con el anhelo de disfrutar de la pieza íntegra, rara vez programada.

   Esta elección también demostró una disparidad notable en el tratamiento de las dos suites: la nº 1 fue planteada por Macías como una pieza refinadísima, relajada y algo sosa; en la nº 2 pareció desmelenarse por momentos, sobre todo en la jota final. La orquesta estuvo siempre sublime: hay que destacar el gusto con que tocaron las dos Sarahs, Roper y Bishop, en el oboe y corno inglés, respectivamente; la recreación del personaje del corregidor que hizo el fagotista Javier Aragó; las pequeñas intervenciones solistas de la concertino Farré Brandkamp; la delicadeza de la trompa (parecía sonar en lontananza) de Ian Parkes; y la labor de conjunto de la percusión y la delicadeza de chelos y contrabajos en los continuos pizzicati. Aquello, desde luego, no sonó a nacionalismo musical español como decía alguien queriendo hacer un paralelismo con el partido de la selección que se estaba jugando en simultáneo en Los Angeles, sino que fue una ventana abierta al París de la belle époque que quedó maravillado con este derroche de creatividad y, sobre todo, de competencia a la hora de traducir para el sinfonismo canciones, piezas y música de carácter popular andaluz bajo el tamiz del estilo internacional (llamado con exceso impresionismo) que se llevaba por entonces. Ravel se habría quedado totalmente anonadado al oír cómo el baile rústico que toma como base la "Danza de los vecinos", que no dejan de ser unas seguidillas, se interpretaron ayer como los ländler que aprovecha Mahler para sus maravillosos movimientos intermedios, con la lentitud y articulación propias del baile, pero pulidos hasta el extremo de la transparencia y la elegancia, y también se habría derretido con los insistentes acordes de la danza final, tan espasmódicos como los de su Dafnis y Cloe. No se me ocurre un mejor colofón para la primera temporada de Lucas Macías como director titular de la Sinfónica de Sevilla. La siguiente la inaugura con el Réquiem de Verdi. Ahí es nada.

Fotos: ROSS

 

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