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CRÍTICA: MARTIN KUSEJ NO ACIERTA CON SU PROPUESTA ESCÉNICA PARA EL'MACBETH' DEL FESTIVAL DE MÚNICH. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
6 de septiembre de 2013

 UNA MACCHIA EN EL FESTIVAL DE MÚNICH

Macbeth (Verdi). Bayerische Staatsoper, 29/07/2013

 

     Martín Kušej es un director de escena personalísimo, de los que no se esconden bajo convenciones. Siempre arriesga en sus propuestas, de gran fuerza a menudo (pensemos en su Lady Macbeth de Shostakovich vista en el Real o en su Rusalka para Múnich), y en ese riesgo, como es lógico, no siempre hace diana. Es el caso de este Macbeth visto en Múnich que nos ocupa. La nueva producción de Kušej, estrenada la pasada temporada 12/13 y repuesta ahora también en el pasado festival de julio, tiene un llamativo y potente reclamO visual (con escenografía de M. Zehetgruber, vestuario de W. Fritz e iluminación de R. Traub), jugando en todo momento con los símbolos y colores de la muerte y el poder, generando un espacio escénico p de blanca y calculada frialdad, sanguinosa venganza y oscura codicia. Hasta ahí, se diría que Kušej acierta a resaltar los nervios centrales que sostienen el libreto de Macbeth. El problema es que junto a esta general y lograda perspectiva desliza además otros elementos escénicos que enturbian su propuesta hasta hacerla naufragar en varios momentos. Confunde, sobre todo, su empleo y dirección de las masas de coristas, que no atina a incorporar dentro de su descarnada recreación. Y en general satura un recurso reiterado a la sangre y la muerte, hasta un punto de obsesiva omnipresencia. Quizá se trate de eso... Pero lo cierto es que en lugar de conmocionar, satura.

    El rol protagonista estaba a cargo del barítono serbio Zeljko Lucic. Estamos ante un barítono de línea impecable, de acentos contrastados y con una emisión muy variada, rica en modulaciones y resuelta en la ejecución de los reguladores. A cambio, al timbre, más bien mate y romo, le falta empaque, qué duda cabe, si bien la voz se proyecta con suficiencia. En conjunto, la sensación es la de un barítono de medios no deslumbrantes pero con decidida y enfática vocación de frasear como los grandes verdianos de antaño. ¿Lo logra? Generalmente sí, y más en un papel, como el de Macbeth, donde la partitura exige constantemente una emisión teatralizada, llena de susurros, declamaciones y contrastes. En ese terreno Lucic se muestra diestro, lo mismo que en el canto legato, al atacar el "Pietà, rispeto...". A su línea de canto irreprochable, belcantista, le podemos reclamar, quizá, una mayor sustancia dramática, una intensidad trágica más expresiva y visceral. Es lo único que le falta para ser un Macbeth plenamente conmovedor. En todo caso, es seguramente el mejor intérprete del rol a día de hoy, lejos de dos voces tan distintas como las de Nucci o Keenlyside, irregulares ambos con este rol, cada uno en su estilo, y a la irónica espera, claro está, de que el redivivo Domingo baritonal le hinque el diente a esta partitura más pronto que tarde.

     Esta representación tuvo una gran macchia, como dice el propio libreto de Macbeth, y no fue otra que la Lady de Nadja Michael. Un completo despropósito, un destrozo de principio a fin: una emisión chillona, con sonidos gritados por doquier, caídas constantes de afinación, unas agilidades que no merecen calificarse como tales, una coloratura esforzadísima, y un largo etcétera de imperfecciones. Todo ello resultado directo de una emisión tensa y siempre muscular, a la que no cabe resolver otra cosa que sonidos en forte, a menudo estridentes, voluminosos sí, pero estridentes a todas luces. Por si fuera poco, en escena es una intérprete sobreactuada en extremo, casi hasta el paroxismo. Desde luego, una macchia con todas las letras a la hora de resolver esta partitura verdiana, por voluminosos que fueran los bravos y aclamaciones del respetable.

     Los dos secundarios, Dmitry Beloselsky como Bancuo y Woo-Kyung Kim como Macduff, se mostraron esmeradísimos en sus compromisos. Del primero ya habíamos hablado al hilo de su Fiesco con Muti en Roma. Es un cantante de medios imponentes y acento teatral, ideal para este tipo de partes verdianas más cortas. Nos gustaría calibrar su desempeño con roles protagonistas como Boris o el Felipe II que acaba de debutar en Florencia con Mehta. Por su parte, Kim nos dejó una gratísima impresión, ya desde el ataque a media voz del "O, figli", a menudo resuelto buscando un sonido grande y metálico, y que sonó aquí como un lamento desgarrador. Estamos ante una voz lírica pura, con un timbre que recuerda aquí y allá al de Ramón Vargas, si bien con un material menos ligero que el del mejicano. Un tenor a seguir, sin duda alguna.

    La batuta de Massimo Zanetti no fue más allá de lo eficaz. Resolvió con vigor, tensión y lirismo la partitura, pero sin arrebatar ni estremecer. Solvente, sin más, su labor al frente de una orquesta de nuevo esmeradísima, a la que hubiera podido sacar más partido. Pero lejos sin duda de otras lecturas más atinadas vistas recientemente, como la de Muti en Roma o la de Currentzis en el Real.

 

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