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CRÍTICA:'MACBETH' DE VERDI NO LOGRA EMBRUJAR EN EL TEATRO REAL DE MADRID, BAJO LA DIRECCIÓN MUSICAL DE TEODOR CURRENTZIS. Por Raúl Chamorro Mena

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Autor: Raúl Chamorro Mena
13 de diciembre de 2012
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DIGNO "MACBETH" SIN EMBRUJO

MACBETH (Giuseppe Verdi) Madrid, Teatro Real, 11-12-2012. Dimitris Tiliakos (Macbeth), Violeta Urmana (Lady Macbeth), Stefano Secco (Macduff), Dmitry Ulyanov (Banco), Alfredo Nigro (Malcolm), Marifé Nogales (Dama de Lady Macbeth). Dirección Musical: Teodor Currentzis. Dirección escénica, escenografia y figurines: Dmitri Tcherniakov
 
 
      Verdi volvía por fin al Teatro Real y llenándolo, (en contraste con lo sucedido en los últimos eventos) con un título cada vez más justamente revalorizado como es Macbeth, en el que concurren el genio verdiano con el shakespereano. Teodor Currentzis firmó un interesante trabajo no exento de irregularidad y reparos. Con pose irreverente y de "enfant terrible" plasmado en una sorprendente chaqueta color blanco, un gesto pretencioso y estrafalario, un juego de brazos ridículamente ampuloso y un audible y constante taconeo sobre el podio, imprimió nervio, sentido del ritmo (esencial en el Verdi temprano y que, insisto, marcaba con constantes zapatazos) y tensión a su interpretación.
      Sacrificando la pura belleza del sonido y el refinamiento tímbrico y resultando algo precipitado y falto de reposo, de serenidad, propuso una interpretación arrolladora, expeditiva, un tanto cortante a veces, a la que quizás faltaron atmósferas y contrastes - porque la tensión teatral tiene más eficacia cuando está alternada por remansos de distensión y no cuando el acelerador está siempre pisado-. Al sublime coro "patria oppressa" le faltó un punto de emoción y el maravilloso concertante final del primer acto estuvo bien construido y con la justa progresión, pero sobró algún momento estruendoso.
      No se puede negar que el aliento y fuego verdianos estuvieron presentes, pero cabe esperar que con los años este director gane en serenidad, aplomo y la necesaria madurez, además de corregir esos modos estravagantes que en nada le ayudan. Como es habitual, estuvo mejor el coro masculino que el femenino, un tanto desvaído y falto de presencia en los coros de las brujas.
      La situación vocal actual de Violeta Urmana (declinante desde que optó por pasarse a la cuerda de soprano) sólo le consiente cantar con morbidez en el centro. En cuanto la tesitura se empina, el sonido se agria de forma inmisericorde, resultando todas las notas por encima del pasaje abiertas, estridentes, con todo el esmalte arañado y embarazosamente cercanas al puro grito. La cantante lituana no carga las tintas ni exagera los graves, la articulación resulta irreprochable, así como el sentido de la línea de canto, pero la espinosísima tesitura le plantea problemas irresolubles, la agilidad del brindis es meramente aproximativa, la falta de variedad y contraste de su fraseo y la consabida falta de garra, de vigor, dejan una interpretación insuficiente en un papel de tanta complejidad vocal y dramática. 

      Dimitris Tiliakos en el papel titular logró una interpretación más que digna, ya que compensa un material vocal de una modestia alarmante con un canto legato de buena factura, una irreprochable musicalidad y algunas medias voces estimables (apreciable su "Pietà, rispetto, amore"). Posee una voz corta, falta de metal, justísima de caudal, limitada en los extremos y sin ningún interés tímbrico. El barítono griego, que también muestra carencias respecto a la amplitud en el fraseo, en el aspecto dramático se integra perfectamente en la producción y la dramaturgia creada por el director escénico. Imponente la voz de Dmitry Ulyanov como Banco, pero le faltaron matices y con su fonación eslava resultó, lógicamente, poco idiomático. No pudo quitarse de encima la sensación de extrañeza respecto al repertorio italiano. Pecisamente la italianità fue lo único destacable en Stefano Secco, una vozl tenoril de  tercera división para un Macduff de una vulgaridad rampante.
      La producción del afamado Dmitry Tcherniakov ya vista en Paris y creada para un teatro situado en plena SIberia (Novosibirsk) parte de una idea asumible y difícil de rebatir. Macbeth es una tragedia eterna e intemporal, cualquier persona corriente puede corromperse y entrar en una diabólica espiral de sangre y asesinatos por la sed de poder. En tal sentido y como es habitual en él, crea una dramaturgia propia que parece situar la acción en un dictadura de país del Este que podría ser la misma Rusia Soviética (otros dicen la Rumania de Ceaucescu), pero el desarrollo no remonta el vuelo y además de cometer algún error clamoroso, cae en algunas situaciones inadmisibles para el que redacta estas líneas.
      El gran error que condiciona todo el montaje es proscribir el elemento sobrenatural tan esencial en Shakespeare como en Verdi (sólo hay que leer la abundante correspondencia del genio de La Roncole y el protagonismo fundamental que concede a las brujas en el drama). Las brujas desaparecen y su papel lo asume el pueblo, la masa. Tampoco hay apariciones ni de Banco en el banquete del acto segundo, ni en el acto tercero. Macbeth y Lady son una  pareja corriente, ella viste como una ama de casa vulgar y una vez  alcanzado el poder (en este caso no tenemos rey obviamente sino una especie de capo local), aparece con un opulento traje de noche y lazo en el pelo para volver en su sonambulismo final, al pijama ordinario y la chistera con la que jugueteba exultante en la fiesta que la consagraba en la cumbre.
       No se puede negar el pulso teatral y narrativo del regista ruso, que talento tiene, pero no es admisible el encajonamiento que padece la escena en tres cuadros enteros de la obra con la acción situada en una especie de caja de cerillas a modo de tronera, en la que no cabe ni el coro, que debe situarse en el foso orquestal y en el que, además de perder visión la mitad del público, sufre la proyección vocal de los cantantes en cuando no se situán en la parte más delantera de la misma. Por no hablar de los tremendos ruidos escénicos que provoca el derribo de la casa de Macbeth en su derrota final. Esto es ópera y poner impedimentos a la proyección de las voces, así como realizar ruidos molestísimos que perturban la escucha de la música no se debe admitir bajo ningún concepto. En mi opinión, es una pena que Tcherniakov no emplee su talento en crear obras nuevas, en colaborar con un músico contemporáneo y dar al mundo novedades, porque la imposición a toda costa de sus particulares ideas a obras de otros, resulta demasiado excesiva, invasiva y distorsionadora y, al menos en este Macbeth, no compensa con los resultados alcanzados. Ovaciones a Verdi y su ópera, aplausos especiales a Currentzis y corteses a todo lo demás. 

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