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[C]rítica: Dos reyes del piano en Madrid: Maurizio Pollini y Evgeny Kissin

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15 de febrero de 2019

El ayer y el hoy del piano

Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional. 11-II-2019 Ciclo Grandes Intérpretes.MaurizioPollini, piano. Dos nocturnos, Op. 62; Polonesa Op. 44; Berceuse, Op. 57 y Scherzo n° 3 de Frederic Chopin. Preludios, Libro I de Claude Debussy.

Madrid. Auditorio Nacional.12-II-2019. Ciclo de Ibermúsica. EvgenyKissin, piano. Tres nocturnos, op. 55/1, op. 37/2 y op. 62/2 de Frederic Chopin. Sonata n° 3 en Fa menor, "Concierto sin orquesta" de Robert Schumann. Ocho preludios de Claude Debussy. Sonata n° 4de Alexander Scriabin.

   La programación de las salas de conciertos suele ser caprichosa, sobre todo en el caso español donde en vez de una programación única como suelen tener los grandes auditorios del mundo, conviven distintos ciclos públicos y privados. Esto permite que en ocasiones nos encontremos con situaciones como la de esta semana, en que tres ciclos distintos nos traen a tres de los grandes pianistas de la segunda mitad del S.XX y lo que llevamos del S.XXI. Este jueves 14 será la georgiana Elisabeth Leonskaja, quien junto a Liza Ferschtman e Istvan Vardai interpretarán los Tríos con piano de Franz Schubert para el Liceo de Cámara del CNDM. Mientras tanto, el lunes 11 hemos tenido la visita del incombustible Maurizio Pollini en el Ciclo Grandes intérpretes de la Fundación Scherzo y el martes la del eternamente joven Evgeni Kissin con Ibermúsica.

   Ambos recitales han compartido diversas circunstancias, pero las dos más significativashan sido por un lado que en ambos se ha colgado el cartel de «no hay billetes» –algo que hacía tiempo que no ocurría en recitales de piano– y por otro que estuvieron repletos de gente joven, algo que nos llena de alegría y que en el caso del ruso, llevó incluso a colocar sillas suplementarias en el escenario.


   Pollini y Kissin son dos de los más grandes, pero no son comparables. Ni por repertorio ni por edad. Por mucho que nos pese, el italiano a sus 77 años está ya de retirada. Por su parte, el ruso, con 30 años menos, a los enormes medios técnicos que siempre tuvo, le suma en la actualidad una insultante madurez.

   Hace cerca de dos años, a raíz de un recital en el Carnegie Hall comentábamos que el milanés empezaba a dar signos de decadencia. Una decadencia aún gloriosa en muchos aspectos, y que nos permite disfrutar todavía de momentos maravillosos, pero que cada día es más significativa cuando hablamos de un pianista de su nivel.

   Tras unos días de incertidumbre, donde corrieron rumores de una posible cancelación debida a un proceso gripal que se había llevado por delante su recital en Lugano la semana anterior, el Sr. Pollini apareció el lunes en el Auditorio. Su figura algo encorvada mostraba síntomas inequívocos de fragilidad y de merma física. El programa inicialmente previsto con obras de Beethoven y Schoenberg hacía semanas que se había cambiado –aunque en la gira lo va a interpretar en varias ciudades– y una vez mas volvimos a Chopin y a Debussy. En el caso del primero teníamos varias obras que le hemos visto en recitales anteriores a lo largo de su carrera. En el caso del francés, volvíamos al Libro I de Preludios –obra que ya interpretó en Madrid en 1997 y en 2013– a pesar de que algunos suspirábamos porque interpretara el Libro II, que nunca ha tocado en vivo en Madrid y que tras muchos años de espera, acaba de grabar recientemente para el sello amarillo.


   El recital empezó con los dos Nocturnos op.62. A lo largo de su carrera, el Sr. Pollini ha sentado cátedra en Scherzos, Balladas o Sonatas del polaco. No tanto en los Nocturnos, algo alejados de su forma de tocar. Tampoco el lunes fue el día, con ambas piezas interpretadas con bastante naturalidad pero sin llegar a coger vuelo. En la Polonesa op. 44 tardó en alcanzar el ritmo que él mismo se impuso. Le costó trabajo perfilar los trinos con los que tantas veces nos asombró, y sufrió hasta la entrada de la mazurka central, mucho mas tranquila y placentera. Mejoró a partir de ahí, aunque en las escalas y acordes vimos que ya queda poco de la brillantez de antaño y de su opulento sonido. El mejor momento llegó a continuación, con una Berceuse, op. 57 realmente mágica. Todo su magisterio reverdeció en cinco minutos absolutamente maravillosos. Terminó la primera parte con el Scherzo op. 39, la prueba del nueve del estado actual del milanés. Una obra que le he visto en vivo al menos en cuatro ocasiones, donde Pollini marcaba un tempo rapidísimo, con escalas y acordes fulgurantes, todo ello con un sonido brillante y suntuoso. En esta ocasión, el tempo fue mucho mas pausado y el sonido mas mate. Solo en la coda, se rebeló contra sí mismo, lanzándose a tumba abierta, intentando que la lluvia de octavas fuera como antaño, aunque con los resultados fueron desiguales.


   La segunda parte estuvo dedicada al Libro I de Preludios de Claude Debussy. Tardamos en entrar en calor con unas Danzadoras de Delfos, unas Velas o un Viento en el plano descoloridos. Subió algo el tono con unos Sonidos y perfumes sensibles y tocados con gusto. Los mejores momentos llegaron con unos emocionantes Pasos en la nieve y con una seductora Hija de los cabellos de lino. Sin embargo, un preludio como Lo que ha visto el viento del Oeste, del que Pollini nos ha dado versiones referenciales, quedó plano, enmarañado y algo borroso, y una de sus piezas fetiche, La catedral sumergida mantuvo un buen nivel pero lejos del que consiguió en su recital de 2008, soberbio, impresionante e inolvidable para cualquiera de los que allí estuvimos, cuando lo interpretó fuera de programa tras una memorable Sonata n°2 de Pierre Boulez.

   Hubo muchos aplausos a los que el Sr. Pollini correspondió con el mejor Debussy que oímos en la velada. Unos Fuegos artificiales, el último de los preludios del Libro II, donde ya mas relajado tras haber terminado el programa oficial, voló por encima de todos consiguiendo otro momento bellísimo. A su término, hubo bravos por doquier en lo que parecieron más unas gracias sentidas a toda una carrera en la que nos ha hecho disfrutar una y otra vez, que a este recital. Sin llegar a esbozar ni una sonrisa en todos sus saludos, la insistencia del público tuvo su premio con un último estudio chopiniano, tocado a la «antigua», a una velocidad endiablada, donde se dejó varias notas por el camino, pero que rezumó verdad por los cuatro costados, como diciendo «yo soy yo, toco así, y aunque ya no esté como antes, Pollini ha sido, es y será así».


   No habían pasado veinticuatro horas, ni se habían disipado todas las emociones antagónicas experimentadas, cuando estábamos de nuevo sentados en el Auditorio Nacional.  En el recital de Evgeni Kissin alcanzamos otro nivel, impresionante de principio a fin. A raíz de sus recitales del año pasado, comenté en estas páginas que mi relación con él no ha sido tan «placentera» como la que he tenido, por ejemplo, con Pollini. Jamás le he discutido sus apabullantes medios técnicos pero hasta hace cuatro o cinco años ha sido un intérprete bastante desigual, combinando versiones ejemplares con otras más frías y carentes de alma. Algo ha pasado en estos años –quizás su estabilidad personal tras contraer matrimonio con Karina Arzumanova– que ahora sí, sus interpretaciones tienen una hondura y una profundidad dignas de encomio. Mostró sus armas desde el principio. Se recreó en los tres nocturnos chopinianos a los que dio tempo, mucho tempo, pero de los que extrajo, cual orfebre, auténticas obras de arte, sobre todo en la compleja estructura del Nocturno en sol mayor, el op. 37-2, fraseado con una delicadeza exquisita, donde consiguió un sonido bellísimo y sugerente, y donde ya empezamos a levitar.

   A continuación, vimos al Kissin de siempre con la madurez actual en un magistral Concierto sin orquesta, la tercera de las sonatas de Robert Schumann, obra compleja y difícil, obra de grandes pianistas, raramente escuchada en vivo –solo recuerdo la gran versión de Gregory Sokolov en marzo de 2010 que nos descubrió para siempre la valía de esta obra– donde el moscovita demostró una vez mas su soberbia labor de construcción, desgranando notas, con escalas y acordes de digitación prodigiosa, y una proverbial independencia de manos, tan necesaria en obras de este calibre. Tras un Allegro y un Scherzo tocados con una facilidad insultante, Kissin destapó el tarro de las esencias en unas magníficas Quasi variazioni auténticamente subyugantes. Todavía estábamos embelesados cuando atacó el Prestissimo posible a una velocidad endiablada, demostrando un virtuosismo insultante.


   Si a Pollini le he visto tocar en varias ocasiones obras de Debussy, a Kissin era la primera vez. Tocó seis preludios del Libro I y dos del Libro II. Desconozco el porqué de esta subjetiva elección, pero lo cierto es que Kissin volvió a impresionarnos –hubiera preferido que me hubiera cautivado o encandilado, pero esa es otra cuestión–. En este caso no fue un tema de virtuosismo –aunque tampoco lo escatimó en un magistral Lo que ha visto el viento del oeste o en una antológica La catedral sumergida acompañada en su parte final por el teléfono móvil de turno– sino en una proverbial capacidad para dar a cada preludio su tempo adecuado o su color preciso. Pudimos casi visualizar Las colinas de Anacapri, admirar a La niña de los cabellos de lino y divertirnos con El excéntrico General Lavine. Unos fuegos artificiales relumbrantes e intensos, fueron el digno colofón a una interpretación de muchos quilates.

   Con todo, lo mejor estaba por llegar. Una Sonata n°4 de Alexander Scriabin perfecta. Podríamos decir mas, pero con esto está todo dicho. No recuerdo una versión mejor, y eso que esta obra se la he visto a pianistas del calibre de Anatol Ugorski, Nelson Freire o Ivo Pogorelich. El Andante fue hipnótico, y el Prestissimo volando, tocado a tumba abierta, nos dejó literalmente planchados en la butaca.

   El público estalló y no paró. El Sr. Kissin salió varias veces a saludar de manera parsimoniosa, tomándose su tiempo en cada una de ellas. Comenzó entonces la serie de cuatro propinas. La primera fue la Träumerei de las Escenas de niños de Robert Schumann, que sirvió para relajar algo la tensión. Magistral, resuelta con un control absoluto del ritmo el Golliwog's Cakewalk, la pieza final del Children’s corner de Claude Debussy fue la segunda. El único punto discordante del recital lo vivimos con la tercera de las propinas, el Vals brillante de Chopin, una de sus propinas clásicas. Kissin, cuando toca bises de Chopin, tiende a acelerarse –aun le recuerdo una Polonesa heroica en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas donde casi arruina un recital en el que previamente había tocado de manera superlativa los 12 estudios op.8 de Scriabin- y esta vez volvió a pasar. Pero en las propinas se perdona todo, y Kissin terminó definitivamente este enorme recital, en olor de multitudes, con su propio Tango dodecafónico, donde casi nos pone a bailar y con el que puso al Auditorio boca abajo. Desde ya mismo esperamos con impaciencia la próxima oportunidad para ver a este Kissin de hoy, un auténtico fenómeno.  

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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