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CRÍTICA: 'SONDRA RADVANOVSKY, PRINCIPAL PROTAGONISTA EN LA 'MARIA STUARDA' DE BILBAO. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
28 de abril de 2013
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BRITÁNICA (O BILBAÍNA)  DIGNIDAD

Maria Stuarda (Donizetti). 26/04/2013. Palacio Euskalduna, Bilbao.ABAO

       ABAO llegaba a la recta final de su temporada, tras el paréntesis de marzo, con el atractivo debut de Sondra Radvanovsky en el rol de la Maria Stuarda de Donizetti. El resultado quizá no haya sido todo lo brillante que cabía esperar, aunque desde luego la soprano canadiense ha hecho los deberes en su estreno con el papel. Seguramente la sensación general de asistir a una representación un tanto rutinaria se deba al lastre de una propuesta escénica vacía y pretenciosa, puesto que tanto el reparto vocal como el foso estuvieron, por lo general, a una altura digna, aunque sin alardes.
      Radvanovsky posee un instrumento privilegiado: grande, denso, pastoso, esmaltado y de un color singular. Es además una intérprete dueña de una técnica generalmente solvente, que le permite recoger esa enorme voz hasta recogerla en un hilo, con diminuendi y filati de primorosa factura. El agudo es a menudo brillante y poderoso, aunque aparecen esporádicas tensiones o señales de fatiga a lo largo de la representación. Las agilidades no son el fuerte de Radvanovsky, si bien las resuelve con suficiente soltura, habida cuenta del voluminoso instrumento que se ve obligada a domeñar. La coloratura no es así sutil, pero se esfuerza al menos en remarcarla. Destaca de modo sobresaliente, sin la menor duda, en los pasajes de canto spianato, allí donde puede dosificar y regular a placer el flujo de aire, dibujando el fraseo, haciéndolo flotar, como suspendiendo el sonido. Nos dejo así una gran escena final, en el patíbulo. Durante la representación la encontramos algo distante, estoica, en los recitativos, y con esporádicos problemas en la dicción, que nunca ha sido su fuerte, merced a la singular colocación de su voz. En todo caso, matices menores que no afectan demasiado a una valoración global notable de su primera Stuarda. Admite, eso sí, una mayor recreación dramática, por un lado, y adolece de algunas limitaciones vocales, en los pasajes de belcanto más ágil y resuelto, donde el voluminoso instrumento de Radvanovsky penaliza un tanto su recreación. Bravísima, en todo caso, aunque para nuestro gusto su voz luce siempre más en el repertorio verdiano que en estas páginas de Donizetti y Bellini.

      Veronica Simeoni cumplió como Elisabetta, con una prestación actoral genérica y con un instrumento que no es tanto de mezzo como sí de soprano corta, habida cuenta de sus limitaciones en los extremos grave y agudo. Francesco Demuro dejó muestra de buenas intenciones en el fraseo y mostró un instrumento bello, a pesar de su ligereza. Cantó afectado por un resfriado, pero aún así llego a buen puerto con su Leicester. Completando el reparto, un equipo digno y competente de comprimarios: Mirco Palazzi (Talbot), Anna Tobella (Anna), Alex Sanmartí (Cecil).
      Decíamos al comienzo que de algún modo toda la representación se vio lastrada por una producción un tanto hueca, sin mayor interés dramático y con pretensiones de ser más bien una lectura plástica y genial. Muy al contrario, Stefano Poda, responsable de la dirección escénica, la escenografía, el vestuario y la iluminación, plantea una escena costosa y banal, con un insistente juego de plataformas, no siempre bien iluminada, con momentos de un innecesario tenebrismo, y sobre todo carente de tensión escénica y verdad teatral. Sirva de ejemplo el descafeinado encuentro entre las reinas, el consabido 'figlia impura di Bolena', que transcurre sin pena ni gloria cuando debería ser un momento álgido de la representación.
      José Miguel Pérez Sierra era el responsable de la dirección musical, al frente de la Orquesta Sinfónica de Navarra. Ésta respondió con profesionalidad aunque con un sonido algo impersonal. Pérez Sierra planteó una dirección teatral, generalmente atenta a las voces, salvo esporádicos desajustes en los concertantes, aunque faltó brío e intensidad en no pocas escenas. Mucho mejor el acompañamiento en los pasajes líricos y lograda recreación de toda la escena final. El coro de ABAO se mostró esmerado y competente aunque con evidentes estridencias en la sección femenina.
      Con todo lo dicho, como suele suceder en Bilbao, una representación digna, pero sin alardes, más allá de las intervenciones debidas a Radvanovsky.
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