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CRÍTICA: EL TEATRO REAL DE MADRID DEDICA SU SEGUNDA 'NOCHE' A MAHLER CON LA VOZ DEL BARÍTONO MATTHIAS GOERNE Y LA BATUTA DE TEODOR CURRENTZIS COMO ALICIENTES

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19 de noviembre de 2012
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MAHLER O LA SALVAJE CONTENCIÓN

Teatro Real. 16/11/12. Matthias Goerne, barítono. Director musical: Teodor Currentzis. Orquesta Titular del Teatro Real

      Hay algo de salvaje contención en el decir liederístico de Matthias Goerne. Su actuación en el Teatro Real, el pasado día 16 de noviembre, en el marco de la segunda de las Noches del Real, dedicada íntegramente a Mahler, dejó un inmejorable sabor de boca. Goerne estuvo soberbio en la interpretación  del ciclo Des Knaben Wunderhorn. El barítono posee un instrumento quizá poco convencional, de un atractivo muy relativo, pero al que sabe cómo sacar partido. Su timbre es cada vez más homogéneo, con menos sonidos blanquecinos de los que acostumbraba, y su emisión está cada vez mejor resuelta, con un engolamiento corregido casi por completo.
      En términos vocales, el barítono alemán ofreció unos graves de una solidez que no recordábamos en él. Convenció plenamente en el domino de la media voz, en la messa di voce y el canto piano, sin recurrir al falsete más allá de lo escrito. Fabulosa también su medida respiración, por acusada y audible que resultase en ocasiones. En el debe, quizá cierta tendencia a engrosar la emisión en el centro y algún leve sobreesfuerzo al abordar la emisión en forte. No es un vocalista perfecto, pero sí un comunicador sobresaliente. En este sentido, la voz y el intérprete convencieron desde el primer momento, al recrear Der Schildwache Nachtlied con esa contención salvaje que apuntábamos antes, como si algo siniestro se fuera a ir desvelando poco a poco con la música de Mahler. 
      Matthias Goerne se mostró tan emocionado y comprometido con su interpretación como pocas veces hemos podido escucharle en las anteriores ocasiones. Realmente sintió cada palabra de los textos del ciclo mahleriano y puso todo su empeño vocal en subrayar cada acento, cada amargura, cada anhelo. El artista estaba tan implicado que incluso se movió al compás del acompañamiento orquestal. 
      Seguramente, lo mejor de su trabajo fue una sobrecogedora lectura de Urlicht. Pura poesía. Uno de esos momentos casi místicos en los que un teatro pasa a ser un lugar donde el tiempo se suspende y se reduce a una sensación espacial: "el tiempo se convierte en espacio" (Zum Raum wird hier die Zeit), como puede leerse en el libreto de Parsifal. En contraste con esta interorizada lectura, fueron también sobresalientes el ímpetu y la convicción teatral con que abordó Revelge y Der Tamboursg´sell
      Ha sido el mejor Goerne que recordamos haber escuchado, con un instrumento sorprendentemente más homogéneo que en sus años de juventud y con un dominio total del arte del lied, tan personal como plagado de reminiscencias a los modos liederísticos de maestros ya clásicos en estas lides, como José Van Dam o Thomas Hampson. Será interesante valorar su encarnación de Amfortas en el próximo Parsifal en versión concierto que el Teatro Real presentará a finales enero.

 

      En la segunda parte del concierto se ofreció la Primera Sinfonía "Titán" de Gustav Mahler. Teodor Currentzis optó aquí por un Mahler de grandes contrastes y dinámicas claramente polarizadas. De nuevo una salvaje contención. Un Mahler radical, muy atmosférico, donde se pudieron reconocer perfectamente las citas mahlerianas: esa banda de música que abre el segundo movimiento interpretando una danza popular austriaca, esas melodías populares del judaísmo amalgamadas con el tejido orquestal, ese Frère Jacques magistralmente reconvertido en la marcha fúnebre del tercer movimiento, etc. La Orquesta Sinfónica de Madrid estuvo en términos generales a la altura de una exigente partitura, demostrando su asombrosa mejoría, quizá el mejor legado de Mortier al frente del teatro. Destacable en este sentido, sobre todo, la excelente prestación de las cuerdas, esmeradísimas en su contribución. Una lectura musicalmente muy notable, pues, sólo deslucida por unos metales no siempre afortunados en sus intervenciones durante los tres primeros movimientos, aunque francamente acertados en el cuarto y último, donde realmente se demandaba su mayor solvencia.
      El Teatro Real presentaba un aforo muy nutrido y a juzgar por la reacción del público al término de cada una de las dos partes del concierto, éste podría calificarse de muy exitoso. De hecho, hacía tiempo que no se recordaba una ovación tan unánime, con numeroso público en pie. Ciertamente, fue una noche de gran música. Las geniales partituras de Mahler, siempre tan exigentes, encontraron sin duda una recreación a su altura.

 

 

Autor:Alejandro Martínez
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