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CRÍTICA: RECITAL DE MITSUKO UCHIDA EN EL AUDITORIO NACIONAL, DENTRO DEL CICLO DE GRANDES INTÉRPRETES DE LA FUNDACIÓN SCHERZO

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Autor: Gonzalo Lahoz
25 de marzo de 2013
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UCHIDA-MOZART

Madrid. Fundación Scherzo. XVIII Ciclo Grandes Intérpretes. Auditorio Nacional. 19/03/13. Obras de Mozart y Bartók. Mahler Chamber Orchestra. Mitsuko Uchida, dirección y piano.

       En la historia reciente de la interpretación pianística, varios han sido los binomios  compositor - intérprete que han ido estableciéndose en la memoria auditiva de crítica y público. Schubert-Brendel, Bach-Leonhardt, Chopin-Rubinstein podrían ser buenos ejemplos, a los que ya es hora de sumar el de Uchida-Mozart. Resulta paradójico que sea una referencia a seguir quien siempre ha huido de toda formalidad y rigurosidad a la hora de acercarse a la música de cualquier compositor. Tal y como ella siempre ha relatado, cansada de atarse a un único camino marcado y de que todo el mundo en Viena (ciudad donde creció y estudió) supiera la manera exacta en que los compositores fetiche de la ciudad han de ser interpretados, Mitsuko Uchida se trasladó a Londres, donde supo encontrar esa flexibilidad en la que curiosamente hoy en día reconocemos al Mozart más genuino.
      Con todo, es notorio como el Mozart de Uchida ha ido evolucionando desde aquellas grabaciones impuestas por su casa discográfica Philips a principios de los años ochenta, cuando se puso de moda tocar las primeras sonatas del genio salzburgués (aparcando Schubert por un tiempo); de corte sencillo, un tanto planas incluso en algún momento, pero que ya mostraban, como no podía ser de otra forma, las particularidades tan notorias de las manos de la pianista nipona: claridad absoluta en el fraseo, ligereza en los momentos de mayor arrebato y extraordinaria resolución técnica. El Mozart que hoy podemos escuchar a Mitsuko Uchida, que este 2013 cumple 65 años de edad, resulta mucho más introspectivo a la vez que respira en el fraseo de forma sobrecogedora. En la primera parte del concierto se pudo disfrutar del Concierto para piano y orquesta nº 17 en sol mayor, K453. El sonido resultó un tanto velado, con un reflexivo e íntimo Andante, de una belleza única. Quiso la pianista japonesa jugar con algunas pausas de respiración en dicho movimiento, con la intención de recrear una mágica suspensión que el público no supo entender y se encargó de destrozar con el ya consabido catálogo de ruidos, toses y demás signos de mala educación que no hacen más que evidenciar la falta de cultura del silencio y la escucha que asola los auditorios españoles.

      Fue en el Concierto para piano y orquesta nº 25 en do mayor, K503 donde Uchida, al frente de la Mahler Chamber Orchestra, dio lo mejor de sí misma. Siempre con su característica ampulosidad en el gesto, en el que uno puede ver que realmente llega a sentir al compositor austriaco dentro de sí, dirigió con maestría a una orquesta que se mostró atenta y entregada. Es el 25 de Mozart antecesor de grandes obras por venir, ya se sabe, repleta de guiños operísticos (Idomeneo, Le Nozze di Figaro, Die Zauberflöte) y fuente de inspiración beethoviana: compárense el ritmo a cuatro notas que ya aparece en el Allegro con el escuchado en el Concierto para piano nº 4 o el inicio de la Quinta Sinfonía. Aparece también en el mismo movimiento un claro precedente a La Marsellesa. Todo ello sonó con la claridad usual en Uchida, aunque en esta ocasión cinceló una lectura de mayor solemnidad, mayor gravedad en la cuerda, una extraordinaria dulzura en las maderas y un mayor patetismo y fragilidad en sus dedos, no hacía falta más que escuchar las respuestas del piano a los temas planteados por la orquesta, sobre todo en el ritmo a cuatro notas comentado con anterioridad.
      Completó la programación el Divertimento para orquesta de cuerdas, SZ 113 de Béla Bartók, interpretado por la Mahler Chamber Orchestra. La agrupación fundada por Claudio Abbado sonó impecablemente tersa y compactada. Todo un regalo para los oídos el redescubrimiento de esta pieza tan pocas veces llevada en programa.
      Mitsuko Uchida es sin duda una artista hecha a sí misma, que ha sabido encontrar su camino y su repertorio, Primera y Segunda Escuela de Viena, del que apenas se aventura a salir (Schumann y Debussy tal vez) y que ha hecho suyo. No es sólo la sonoridad obtenida o la técnica sino que además la pianista japonesa ha sabido ser fiel a su poética artística durante todos estos años.

 

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