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CRÍTICA: GUILLERMO GARCÍA CALVO HACE BRILLAR EL ANILLO  EN EL 'ORO DEL RIN' DEL TEATRO CAMPOAMOR DE OVIEDO. Por Rubén Martínez

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Autor: Rubén Martínez
16 de septiembre de 2013
La Ópera de Oviedo rinde homenaje a Wagner en el bicentenario de su nacimiento con un Rheingold de muchos quilates
 BRILLÓ LA BATUTA DE GARCÍA CALVO
 
Teatro Campoamor de Oviedo, domingo 15/09/2013. Director musical, Guillermo García Calvo. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias: Reparto: Tómasson, Zhidkova, Gutiérrez, Bou, Rydl, Gazheli, Norman, Menéndez, Norton

 

    Asistimos finalmente al estreno en la Temporada de Ópera de Oviedo de una obra perteneciente a la Tetralogía wagneriana Der Ring des Nibelungen, concretamente a su prólogo, Das Rheingold, en lo que parece ser el inicio de la programación completa del ciclo en el coliseo ovetense, con la inclusión de las tres jornadas en próximas temporadas, aunque esperemos que la pretensión de poder hacerlo año a año, tal como inicialmente se había pretendido, no se vea alterada por restricciones presupuestarias. Oviedo termina siendo, de este modo, la última formación española con tradición y solera en comenzar a saldar esta deuda con el compositor de Leipzig, habiéndolo hecho ya, de entre las más cercanas geográficamente, la temporada de Bilbao en cuatro años consecutivos, desde 1999 a 2002, así como festivales próximos como el de Coruña, ofreciendo versiones en concierto dotadas de excelentes repartos. Dicho esto es cierto que no parece mejor momento para presentar esta obra que el hacerlo como inauguración de la temporada LXVI, coincidente con la celebración del bicentenario del nacimiento del compositor el 22 de mayo de 1813.

     El desafío que supone para todo director artístico abordar cualquier título de la magnánima tetralogía wagneriana es cuádruple: el cast vocal requerido es amplio, variado y exigente, así como la resolución escénica de la obra y el contar con una formación orquestal a la altura dirigida por una batuta conocedora del peculiar lenguaje del compositor. Afortunadamente podemos afirmar que Oviedo ha conseguido asegurarse individualmente en todas estas facetas los mimbres necesarios para lograr un resultado global de muy notable calidad artística y musical superando con nota la nada fácil tarea de acometer semejante monumento musical.

    El haber podido contar con la batuta de Guillermo García Calvo, en su segunda colaboración con Ópera de Oviedo tras su Tristán e Isolda de enero de 2011 que ya había supuesto su estreno operístico en España, ha vuelto a evidenciarse como todo un acierto. El joven maestro nacido en Madrid, ha logrado motivar a la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias y exprimir un sonido genuinamente wagneriano,  denso, suntuoso, brillante y de calidad como hacía tiempo que no escuchábamos a esta formación. Con gesto austero pero nítido y fluido, sin aspavientos y con la sensación de llegar al estreno con los deberes hechos, García Calvo inundó el Campoamor con sonoridades muy trabajadas y multitud de variedades dinámicas, cuidando a los cantantes y recreando con precisión los leitmotiv y las atmósferas netamente wagnerianas denotando su elevado conocimiento y afinidad con esta partitura.

     La opción escénica elegida no ha podido resultar más acertada dado el handicap que supone las reducidas dimensiones de un escenario como el del Teatro Campoamor, que raras veces ha lucido tan amplio e impactante como en este estreno. La innovadora técnica del video-mapping, empleada por primera vez en un proyecto operístico en España, ha sido la solución elegida por el polaco Michal Znaniecki, premio lirico Teatro Campoamor, para, con una escenografía mínima (unas urnas) y desnudando al máximo la caja escénica, inundarla de formas tridimensionales, texturas, colores y textos dinámicos en un logradísimo fluir de imágenes, ambientes y estructuras fielmente acompasadas al discurso musical y prolongando, casi siglo y medio después, el deseo del compositor de trascender lo puramente teatral logrando un espectáculo con reminiscencias cinematográficas realmente impactante.

    Especialmente destacable el realce de algunas frases que resumen gran parte de la filosofía contenida en el libreto como el "Wandel und Wechsel liebt, wer lebt, das Spiel drum kann ich nicht sparen" entonado por Wotan en la segunda escena o el "in der Welten Ring nichts ist so reich, als Ersatz zu muten dem Mann für Weibes Wonne und Wert" del monólogo de Loge. Logradísimo el descenso al Nibelheim así como las escenas de invisibilidad de Alberich con la invocación del yelmo mágico o sus mutaciones en monstruo y sapo (mejor la primera que la segunda). Creemos, por otra parte, que hubiese resultado relativamente sencillo ofrecer una presentación más impactante de los gigantes Fasolt y Fafner por medio de algún tipo de plataforma que les hiciera parecer lo que son en todo momento, por lo que entendemos que Znaniecki ha preferido enfatizar la esclavitud y sujeción de esta raza a los fraudulentos pactos con los dioses mediante sus ataduras a sus respectivas urnas en un guiño de connotaciones políticas tan actuales. También consideramos que se podían haber aprovechado las posibilidades de esta técnica para generar virtualmente imágenes de los nibelungos y que, de este modo, la escena de Nibelheim así como el pago del rescate por Alberich quedasen algo más lucidas. Tampoco la medición del tesoro de acuerdo a las hechuras de Freia ni el posterior asesinato de Fasolt a manos de su hermano Fafner fueron de los mejores momentos. Aún así meritorio trabajo, brillante concepción y notable resolución.

    El reparto vocal aparece encabezado por el Wotan del bajo-barítono islandés Tómas Tómasson, avezado intérprete del compositor de Leipzig así como de Richard Strauss en los principales teatros internacionales, habiendo formado parte, sin ir más lejos, del cast del Lohengrin dirigido por Barenboim con el que el Teatro alla Scala abrió su temporada en diciembre pasado. En Tómasson se adivina a un profundo conocedor del lenguaje wagneriano cuya vocalidad, a medio camino entre barítono y bajo,  se constata seguidora de modelos tan imponentes como Theo Adam, Thomas Stewart o Hans Hotter en lo que a fraseo se refiere, si bien con un instrumento más modesto que peca de cierta falta de expansión en puntuales ocasiones y en el que se agradecerían tonalidades más contundentes en el registro grave y central, algo romo. A su lado, la joven mezzo rusa Elena Zhidkova aúna a una figura de indudable atractivo y belleza una ya considerable experiencia en el rol de Fricka, el cuál junto a la Kundry de Parsifal y la Brangäne del Tristan copan buena parte de sus compromisos internacionales. El sonido de Zhidkova resulta siempre muy cubierto y redondo, elegante al máximo, sin necesidad de forzar un instrumento que en ningún caso resulta desabrido ni hiriente, con sobrada proyección. Sólo la falta de algo más de madurez y ciertos detalles de delineación y finales de frase algo caídos nos impiden darle el sobresaliente dejándolo en un notable alto, muy alto.

     El papel de Loge, el semidios del fuego, es con toda seguridad el más extenso y extenuante de los demandados por esta partitura. El tenor César Gutiérrez ha logrado una trabajada y meritoria presentación del mismo a pesar de lo ajeno de este personaje al repertorio de tenor lírico que cultiva especialmente en su Bogotá natal. La voz tiene el metal suficiente para ser audible en todo momento aunque es evidente cierta tendencia a retrasar la emisión en el centro y primer agudo con una sensación en el público de cierto estrangulamiento en estas secciones. Muy meritoria asimismo su dicción alemana, la mejor del elenco latino masculino sobre el escenario. El Alberich del bajo-barítono alemán Thomas Gazheli (que reemplazaba al inicialmente previsto Eike Wilm Schulte) hizo honor a la rudeza del rol con un instrumento oscuro en el centro, resuelto en el grave y de importantísima expansión y brillo en los ascensos al agudo con una vocalidad que justifica el por qué de que su agenda esté repleta de papeles de heldenbariton como Holandeses, Don Pizarros, Orestes o Jochannans. Resultó uno de los más aplaudidos en los saludos finales. Su hermano Mime, interpretado por el británico Daniel Norman, presentó un material luminoso y penetrante en toda la gama, adecuadísimo al chillón enano pero mejor cantado de lo habitual,  aprovechando cada nota para rendir a un gran nivel y dejándonos con ganas de que hubiese sido él el elegido para el rol de Loge.

     Los gigantes Fasolt y Fafner, dos de los personajes más impactantes de los contenidos en la tetralogía wagneriana, fueron servidos por las voces de Felipe Bou y del veterano Kurt Rydl. El primero ya demostró solvencia en este compositor en el escenario ovetense recreando al Rey Marke en el Tristán que cerró la temporada 2010-2011. Bou volvió a lucir su bello y denso color de bajo cantante, con un centro de impactante difusión por la sala y unos graves cada vez más sólidos. Suyas son algunas de las más bellas frases de toda la obra como la muy belcantista "ein Weib zu gewinnen, das wonnig und mild bei uns Armen wohne". A su lado, Kurt Rydl sí pudo mostrar esta vez, frente al Timur de la temporada anterior, las armas que le quedan a su voz tras una larga carrera: un sonido de auténtico bajo de amplia extensión con importante carga decibélica así como una idoneidad tímbrica e idiomática evidente para este repertorio.

    Destaca y es elogiable la apuesta por dos cantantes asturianos de indudable calidad para los personajes de Donner, el dios del trueno, y de Froh, el dios de la primavera. El barítono David Menéndez lleva años demostrando en el escenario del Campoamor su solvencia especialmente en roles mozartianos y rossinianos así como en la temporada de zarzuela. Su evolución vocal ha sido sorprendente en los últimos tiempos, con un material voluminoso y rotundo, cuya adecuación a un personaje wagneriano podía despertar ciertas dudas iniciales que han quedado disipadas. No es el suyo un rol especialmente lucido, consistiendo en intervenciones algo deslavazadas hasta la llegada de su invocación final "Schwüles Gedünst schwebt in der Luft... Heda! Heda! Hedo!", uno de los highlights de la obra y motivo por el que tantos grandes barítonos wagnerianos han incluido al personaje en repertorio a pesar de su discreta importancia relativa. Los sonidos de Menéndez en esta página impactaron por volumen en las notas centrales, carnosas y densísimas, al lado de las cuales la zona del primer agudo palidece algo en términos de brillo y punta. Por su parte, Jorge Rodríguez Norton está bendecido con un material espléndido que rebosa metal y mordiente en toda la extensión y al que sólo cabe pedir un mayor pulido y homogeneidad entre los diferentes registros. Aunque ambos hayan realizado un meritorio trabajo en la dicción del alemán resulta evidente que sus instrumentos son los menos afines a este repertorio por cualidades tímbricas y de articulación del texto.

     La Freia de la valenciana Maite Alberola llenó el teatro con un instrumento muy lírico aunque algo alborotado en términos de un vibrato con cierta falta de control y una emisión con algunas impurezas. En exceso lejana nos llegó desde fuera de escena la voz de Birgit Remmert en la breve pero exigente intervención de Erda "Weiche, Wotan! Weiche!", presagiando el fin de los dioses y con un acompañamiento escénico muy adecuado en el que al estilo "Matrix" se fundían fechas relevantes de las jornadas de la tetralogía junto a sus títulos. Se apreció en cualquier caso un material de mezzo de indudable interés.

     Las hijas del Rin estuvieron muy bien servidas por tres artistas españolas, Eugenia Boix como Woglinde, Sandra Ferrández como Wellgunde y  Pilar Vázquez como Flosshilde con instrumentos de indudable pegada y riqueza tímbrica aunque no siempre logaron el nivel deseable de empaste, algo lógico con voces individuales de tal calibre. Boix ofreció las notas más flotadas y luminosas mientras que Ferrández posee volumen pero una emisión algo más áspera. Pilar Vázquez mostró un interesante color de mezzo y dominio del lenguaje wagneriano pero quedó ligeramente por debajo del resto en términos de suntuosidad vocal.

     A destacar el notable éxito con que el espectáculo fue refrendado por un público ovetense que permaneció silencioso y atento durante las casi dos horas y media de duración de la velada, mostrando una madurez e interés por este repertorio que se despega de los habituales prejuicios que siempre lo han calificado como  unidireccionalmente orientado a la tradición belcantista y del melodrama italiano.

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