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CRÍTICA: LA ORQUESTA DEL CONSERVATORIO SUPERIOR DE MÚSICA DE ARAGÓN OFRECE UN CONCIERTO EN EL AUDITORIO DE ZARAGOZA BAJO LA DIRECCIÓN DE JUAN LUIS MARTÍNEZ

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Autor: Alejandro Martínez
28 de noviembre de 2012
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Foto: Tino Gil

JÓVENES TALENTOS

      La Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música de Aragón regresaba una vez más a la Sala Mozart del Auditorio de Zaragoza, a las órdenes de Juan Luis Martínez, para ofrecer un repertorio que precisamente por bien conocido iba a requerir un alto rendimiento por parte de los estudiantes que conforman la orquesta. en términos generales, su prestación fue muy satisfactoria. Es cierto que la plantilla orquestal se antojaba algo hipertrofiada en la cuerda para las exigencias reales de las partituras, pero imaginamos que la necesidad de dar ocasión a todos los estudiantes obligaba a ese planteamiento, con casi un centenar de alumnos en los atriles.
      La orquesta ofreció en todo momento un sonido firme, maduro y cohesionado. Por otro lado, no vamos a demandar a unos estudiantes talentosos lo que a menudo ni siquiera las grandes formaciones profesionales pueden garantizar: hubo algún titubeo en los vientos y una leve falta de consistencia en las cuerdas, sobre todo en el complejísimo preludio de Lohengrin, pero también hubo un nivel técnico muy solvente en las intervenciones solistas, como la del corno inglés en el Largo de la Sinfonía nº 9 "Del Nuevo Mundo" de Dvorak.
      Juan Luis Martínez es un director de planteamientos nítidos y con una solvente claridad expositiva, amén de un sentido narrativo bastante intuitivo, algo que es bienvenido en un programa como el que se ofrecía. Supo llevar con buen pulso todas las piezas del programa, y tan sólo cabría dudar, quizá, de su elección de los tiempos en el preludio de Lohengrin, donde optó por una exposición dilatada, muy poética, pero que requería una resolución técnica impecable, demasiado exigente, para no decaer en ningún momento. Todo lo contrario, quizá, que en la obra del compositor checo, que planteó sin excesos ni concesiones románticas y en la que tan sólo se advirtió cierto alboroto en los momentos de más compleja concertación. Es posible que se haya abusado de un sonido demasiado contundente en Les Préludes de Liszt, donde resulta complejo manejar unos metales tan reforzados y una cuerda tan expresiva pero, en términos generales, se dio estimable diálogo entre batuta y atriles.
      Con el aforo del Auditorio a un noventa por ciento, la valoración de la actuación se antojó por tanto muy estimable, prueba evidente de que desde el Conservatorio Superior de Música de Aragón se lleva a cabo una buena formación musical que no debiera verse empañada por los escándalos y rumores generados por los gestores responsables del centro.

      Por último, querría hacerme eco de una reflexión, escuchada a muchos aficionados de la ciudad en distintos foros, sobre la presencia de esta orquesta en el ciclo de otoño. Probablemente la formación ofrezca la calidad suficiente para formar parte de este ciclo. Los estudiantes que la forman están a la altura, de eso no cabe duda. Pero no es menos cierto que la orquesta como tal es parte de su formación, de su currículum académico. Por lo tanto, muchos se preguntan qué sentido tiene incorporar a una orquesta de estudiantes, por estimable que sea su sonido y su trabajo, a un ciclo de orquestas profesionales a las que se contrata y por cuya actuación se factura una taquilla.
      En el caso de la orquesta del conservatorio, ésta carece de estatuto fiscal, no es una orquesta a la que se pueda contratar sino que actúa como un apéndice del conservatorio. Por lo tanto, los músicos participan como parte de su formación, no a cambio de una retribución económica. ¿Tiene sentido que el Auditorio de Zaragoza incorpore al ciclo de otoño a una orquesta de sonido estimable pero a la que no puede contratar y que no le supone un gasto pero sí un ingreso? Hay en todo esto un trasfondo moral que tiene que ver con el respeto o no que se tenga por los músicos. Es evidente que los jóvenes talentos, los estudiantes, agradecen la ocasión de interpretar música en una sala como la Mozart, pero no es menos cierto que agradecerían también hacerlo contratados como profesionales a cambio de una remuneración. El debate en la ciudad sobre estas cuestiones no debería levantar ampollas; al contrario, debería ser algo asumido y asumible. Y si alguna de las cuestiones aquí indicadas no se ajusta a la realidad, lo que debieran hacer las instituciones aludidas es clarificarlo e informar con transparencia sobre un asunto que, si da lugar a alguna duda o polémica entre los aficionados es precisamente por la opacidad con la que se trata. El buen trabajo de los músicos, que es innegable, no debiera verse empañado por las dudas sobre el sistema institucional que les rodea.

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