Crítica de Álvaro Cabezas del concierto ofrecido por Pablo Heras-Casado y la Orquesta del Festival de Bayreuth en el Teatro de la Maestranza de Sevilla
Noche oscura del alma wagneriana
Por Álvaro Cabezas
Sevilla, 2-IX-2026. Teatro de la Maestranza. Nicholas Brownlee (Wotan), Klaus Florian Vogt (Sigmund), Pablo Heras-Casado (dirección), Orquesta del Festival de Bayreuth. Programa: "Entrada de los dioses al Valhalla" de El oro del Rin; "Ein Schwert verhieß mir der Vater" y "Leb wohl, du kühnes, herrliches Kind!" de La valquiria; y El murmullo del bosque de Sigfrido, de Wagner.
El maestro granadino Pablo Heras-Casado sale por el lateral derecho del escenario del Teatro de la Maestranza de Sevilla mientras recibe los aplausos del respetable. Sube al podio y, tras intercambiar alguna broma con uno de los primeros atriles, espera a que se haga el silencio antes de acometer la interpretación del pasaje del Acto II de Sigfrido conocido como El murmullo o Los murmullos del bosque, más o menos la sección de la Tetralogía en que Wagner, algo falto de ideas compositivas y argumentales, tiene que hacer una pausa de varios años, desde 1857 a 1869. Hay que aguardar algunos segundos a que se disuelvan esporádicas toses y carraspeos, a que se silencie algún móvil y a que los espectadores acaben de acomodarse en sus localidades, a pesar de ser la cuarta pieza que se interpreta esa noche. Luego, como surgida de la bruma propia de una fresca mañana entre el follaje que dibuja la cuerda –como si se estuvieran desbrozando unas matas o apartando hojarasca–, el clarinete expone el tema de la madre del héroe, no exento de inquietud y nostalgia. Le responden con la misma nana las cuerdas, muy tupidas y, asemejando el efecto de la luz matutina venciendo la sombra boscosa, emerge el dúo evocador de los dos violines que utiliza Wagner para personificar a Fricka en El oro del Rin y que vuelve a aparecer aquí, a pesar de no tener relación con el héroe, sino con el locus amoenus que describe esa melodía y en el que se solaza Sigfrido. A continuación viene la interacción de los pájaros: clarinetes y flautas imitando su canto de forma verdaderamente encantadora, sincronizada, natural y selvática, con su pizca de gracia y flexibilidad. Justo después del crescendo orquestal, a los cuatro minutos de haber comenzado la pieza, el coliseo sevillano se hunde –parafraseando a San Juan de la Cruz–, en la noche oscura del alma wagneriana. Solo quedan encendidas las luces de emergencia próximas a los ingresos de la sala. El escenario entero queda a oscuras, pero los músicos siguen tocando aunque de manera algo más ralentizada, de memoria, quizá entendiendo que lo ocurrido no pretende más que un golpe de efecto, como tantas veces ocurre en los teatros contemporáneos, a la espera, quizá de que salga Sigfrido de un lateral iluminado por un foco. Pero, claro está, nada de eso está preparado y el director, tomando conciencia de que se trata de un accidente, va relajando el movimiento de los brazos mientras mira a ambos lados.
Cuando la música se interrumpió, el público sevillano, tan cumplido, aplaudió para relajar la tensión creada e, inmediatamente, comenzó a consultar en sus dispositivos si lo ocurrido (dados los precedentes) era algo puntual o formaba parte de otro gran apagón. Los músicos de Bayreuth, sin poder ver nada ni consultar sus teléfonos, miraban al patio de butacas reclamando alguna respuesta. Todo el mundo deseaba que la luz hubiese vuelto en ese instante y que, tras una atronadora ovación, los profesores hubieran continuado con ánimos renovados su excelente interpretación. Sin embargo, cuando el director general del teatro, Javier Menéndez, se acercó al podio y a viva voz anunció que se trataba de un corte de luz en toda la zona, se temió lo peor y comenzaron desde el patio de butacas las primeras salidas a la calle para, al menos, esperar una solución con luz natural, que todavía había. Pablo Heras-Casado, haciendo de tripas corazón, dirigió unas palabras tranquilizadoras a los músicos en inglés, pidiéndoles esperar, y a los espectadores en español, tirando de requiebros y bromas ("Wagner tiene la culpa, su música es tan poderosa que funde los plomos", etc.). Sin embargo, cuando quedó aún más de manifiesto la gravedad de la situación, fue cuando el maestro afirmó que aquello se sumaba a una serie de circunstancias difíciles que, según apuntó, habían vivido en su viaje a Sevilla. A continuación, el staff de la orquesta ayudó con focos portátiles a evacuar a los músicos del escenario; cuesta imaginar lo mal que lo pasarían a oscuras en la zona de camerinos durante la hora siguiente mientras se intentaba encontrar una solución por parte del teatro. Persistiendo la falta de suministro, se comunicó por los pasillos que el concierto quedaba definitivamente suspendido una hora después, aproximadamente, de que se escuchara la última nota.
Esa fue la experiencia vivida con la Orquesta del Festival de Bayreuth en Sevilla, en el contexto de su gira conmemorativa por el 150 aniversario del estreno de la tetralogía wagneriana y de la mano del que es el director español más solvente de la actualidad. Para más inri, era el debut de la formación en nuestro teatro. El hecho de que estas salidas de la Colina Verde no suelan ser habituales (Barcelona pudo disfrutarla en los años cincuenta, en 2012 con óperas en versión concierto y hace unos días, al igual que Riga en septiembre de 2021 con Andris Nelsons) hacía que su presencia en Santander, Madrid, Valencia o Sevilla fuera algo absolutamente novedoso –en lo que probablemente tiene mucho que ver la historia de amor que Heras-Casado mantiene con el festival–, y, por ende, muy especial, dadas las dificultades y el coste que supone acudir a las representaciones bayreuthianas. Pero lo que más dolió no fue la vergüenza por la mala suerte del accidente (al fin y al cabo, nadie tiene la culpa de un fallo eléctrico), sino la sensación de que, si lo disfrutado en esa media hora escasa de música había sido impresionante, era aún mejor lo que nos faltaba por escuchar: el dúo de Sigfrido y Brunilda con el que se cierra la tercera obra de la tetralogía, el amanecer y el viaje por el Rin que el héroe emprende tras el prólogo de El ocaso de los dioses y, por supuesto, la marcha fúnebre de Sigfrido, la inmolación de la valquiria y la redención del mundo por el amor. Fue tan doloroso que alguno, sin resignarse y aún en fase de negación, comentaba que siempre quedaba la opción de ir a escuchar a esta compañía a Madrid al día siguiente o el próximo día 6 en el Palau de la Música de Valencia.
Lo que escuchamos resulta muy difícil de describir: el sonido era absolutamente asombroso, brillante y perfecto. Las notas con las que se abrió el concierto parecían surgir del foso místico, la irrupción de las cuerdas pareció sobrenatural, y la calidez y calidad de los metales en la marcha de los dioses entrando al Valhalla, sumadas a la precisión y limpieza de la percusión, supusieron un prodigio que parecía increíble, casi inconcebible. Escuchamos –y ese era el mayor atractivo de la cita–, detalles imposibles de apreciar en una grabación, por buena que sea la toma: una riqueza de matices en la orquestación que demuestra que Wagner fue uno de los genios más grandes de la historia de la música. Me refiero, por ejemplo, a la interacción de primeros y segundos violines en el adiós de Wotan a su hija dormida y a los detalles de cariz sentimental que trenzan las frases finales. El barítono Nicholas Brownlee, de voz rotunda y poderío espectacular, capaz de imponerse a una orquesta en su máxima expresión, no necesitó salir caracterizado para que allí se recreara una escena: la música lo decía todo. Los acordes finales de La valquiria se asemejaban a manos agitándose en una despedida o a hojas arrastradas por el viento en una tarde de otoño. También fue muy destacada la actuación de Klaus Florian Vogt en su intervención en La valquiria, con unas notas muy alargadas en sus "Wälse! Wälse!" que por momentos nos hicieron olvidar el timbre especialmente lírico del tenor en un esfuerzo por mostrarse más heroico. La capacidad de la orquesta para recrear esta música y presentarla como si se tratase de un estreno absoluto –¡con la de veces que la habrán interpretado!–, resultaba apabullante. El público agradeció que aquellos músicos, a pesar del cansancio acumulado tras todo un verano tocando en la Colina Verde y de las complicaciones del viaje, se hubiesen tomado tan en serio una oportunidad que se truncó en Sevilla cuando se apagaron las luces y el canto de los pájaros cesó, como cada día, cuando cae la noche oscura del alma en cualquier bosque germano.
Foto: Web Maestranza
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