Aurelio Martínez Seco escribe sobre la famosa version de Paco de Lucía del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo, con la Orquesta de Cadaqués bajo la dirección de Edmon Colomer para Philips
La mejor
Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
Cuando oímos hablar, no a través de la música, que también, sino usando un lenguaje de palabras, a los más grandes artistas, con frecuencia se desprende de ellos una sensación de honestidad atractiva. Son monólogos en los que se nos revelan cosas que muchas veces pasan desapercibidas o no se les presta suficiente atención. Hace unos días publicábamos una interesante entrevista póstuma con Ruth Slenczynska, última alumna de Rachmaninoff recientemente fallecida, en la que afirma que el genial compositor consideraba importante estudiar lento, una cualidad, por cierto, común a otros destacados músicos que, a nuestro juicio, encierra parte del secreto de la grandeza interpretativa. En el enigma de las más preciosas versiones musicales está una mezcla de cosas imposibles de predecir, que se pueden analizar después del fenómeno, pero siempre existirá la lucha infructuosa por entender el proceso que produce lo sublime.
Hoy hablamos del Concierto de Aranjuez grabado en 1991 por la Orquesta de Cadaqués en el Teatro Bulevar de Torrelodones, producido por Polygram Iberia para Philips, con Paco de Lucía como solista. Lo hacemos para centrarnos, sobre todo, en el arte de De Lucía, considerando que hay en Paco, el hombre, buena parte del secreto de esta genial versión a la que, personalmente, acudimos una y otra vez como un documento inmortal e infinito en el que encontramos las más preciosas imágenes que emanan de nuestra sustancia. La importancia artística no es ni puede ser subjetiva, tal y como normalmente se entiende este concepto, por mucho que emane del juicio de un sujeto ni, por supuesto, depender del «gusto».
Consideramos a Paco de Lucía uno de los más importantes músicos que han existido. No porque su técnica haya sido la más perfecta del mundo, siendo extradordinaria, sino por su capacidad para evocar más allá de la técnica, de atraparnos con su canto guitarrístico metido a fuego en las entrañas del ser humano a fuerza de flamenco, un canto que, cuando se dice de verdad, posee especiales cualidades para ponerse al servicio de la tragedia, el dolor o la esperanza. No salimos de nuestro asombro al observar la trascendencia de la versión del Concierto de Aranjuez que comentamos, una relevancia inesperada porque, aunque estuviese Paco de Lucía tocando, un genio entre los genios, ¿quién iba a pensar que iba a hacer lo que hizo aquel día con esta partitura que, antes de afrontarla, ni entendía sobre el papel? «Yo me tuve que aprender ese concierto sin saber leer música», confesaba De Lucía en una famosa entrevista en la que hablaba sobre esta grabación. «Me vine aquí. Me traje un libro de solfeo donde venían todos los significados de cada nota..., o sea de una partitura. Me pasé un mes tocando doce horas diarias. Entonces a mí me daba terror equivocarme en algo tan bien organizado, engranado, en el que, si yo me equivoco, se va todo al carajo», explicaba el guitarrista, con palabras emocionantes que no sólo nos hablan de su respeto por esta obra magistral de Joaquín Rodrigo, sino del enorme esfuerzo que realizó para estar a la altura de esta partitura, cuya rítmica, a su juicio, no siempre era respetada por los guitarristas «clásicos».
Repetimos sus palabras como una coda del párrafo anterior: «Donde venían todos los significados de cada nota». De esta forma tan fascinante, sincera, primigenia y profunda se expresaba De Lucia.
Habría que hilar muy fino y hasta límites abisales para comprender la potencia nuclear de esta grabación. Nuclear porque parte de su sustantividad nos parece que procede del flamenco, es decir, de alguna forma, de la primera música del hombre, puede que incluso, desde la perspectiva de hoy, la más valiosa y sincera. Paco de Lucía encontró en el decir aflamencado una manera de hablar en música que en la obra de Joaquín Rodrigo rezuma españolismo, dolor y humanidad como pocas veces hemos visto. Pero no es únicamente el flamenco lo que aporta magia a la versión. Otros guitarristas del palo intentaron inmiscuir en sus versiones de este concierto esta institución legendaria y no lo consiguieron de la misma forma. Quizás porque en Paco de Lucía existía además una cualidad muy difícil de encontrar en todo músico, un amor enfermizo y doloroso por el rigor, que entendia el error, no como una posibilidad generada por un alarde creativo meliorativo, sino como un elemento disruptivo del flujo musical.
Muchas veces hemos hablado de la poca importancia que tienen ciertos errores al tocar, cuando estamos ante una versión de interés pero, cuando lo hacemos, estamos pasando por alto la posibilidad de mantener dicho interés y frescura sin cometer errores, una escala artística superior que Paco de Lucía poseía. Pero la compleja y milagrosa poética de De Lucía quizás no habría sido suficiente sin la de Edmon Colomer, que no sabemos cómo, ofreció un contexto sonoro que enmarca al solista de manera ideal. La música de la orquesta respira en esta versión con tal serenidad incomprensible que resulta abrumador observarlo. Incluso la interpretación del corno ingles de Nigel Shore en el conocido tiempo lento está pintada con una humildad preciosa de fondo, con una naturalidad dificilísima de conseguir. Shore parece anularse de alguna forma y sublimarse, fundiéndose en la totalidad de esta música, poniendo su arte más brillante y sereno al servicio de algo más grande..
¿Fue importante la presencia del propio compositor el día de la grabación? Creemos que sí, y que esta fuese realizada en directo y, además, junto a otras partituras que, al final, no fueron incluidas en el disco que estamos comentando, pero que quizás sirvieron de descarga psicológica a Paco de Lucía. No lo sabemos. Entre el público y entre los demás intérpretes que participaron en el cedé se encontraban otros grandes guitarristas, como Serranito, Ignacio Rodes, José María Bandera, Juan Manuel Cañizares, Tomatito y Pepe Habichuela, algunos de ellos, por cierto, interesantes intérpretes de la obra. La Orquesta de Cadaqués, tristemente desaparecida desde hace años, logró aquí una cumbre poética, que además se oye maravillosamente en el disco, creemos que gracias al arte del legendario productor John Kurlander. Qué preciosidad de sonido en los contrabajos, cálidos, equilibrados y profundos. Se han mezclado muchas cosas fundamentales en esta grabación, incluida su realizacion en un teatro humilde pero importante en el que, mientras Colomer y De Lucia hacían música, reflejaba imágenes del Palacio de Aranjuez.
Hay en la persona de Paco de Lucía cierta verdad sustantiva de la vida y del arte, verdad que, por su potencia, hemos visto incluso reflejada en la actitud y perspectiva vital y musical de otros grandes del presente. Con esta versión, Paco de Lucía creyó hallar su lugar en la obra por su adhesión a su naturaleza rítmica, encontrando en realidad un lugar en la historia, por él mismo y por haber realizado, no una de las más interesantes grabaciones del Concierto de Aranjuez, ni siquiera una de las mejores y más potentes sino, sin duda, la mejor.
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