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CRÍTICA: PLÁCIDO DOMINGO, DE GALA EN LA ARENA DE VERONA, BAJO LA DIRECCIÓN  DE DANIEL HARDING. Por Raúl Chamorro Mena

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Autor: Raúl Chamorro Mena
25 de agosto de 2013
Como fin de fiesta, el siempre polifacético e incansable Domingo arrebató la batuta a Daniel Harding, subió al podio y dirigió el coro de gitanos  de Il Trovatore
Foto: Cortesia de Dismappa

 DOMINGO RESURGE INVENCIBLE EN LA ARENA
 
 
Gala Domingo-Harding. Verona, Arena, 15-8-2013. Fragmentos de óperas de Verdi y Wagner. Plácido Domingo, Violeta Urmana, Susanna Branchini, Francesco Meli, Evelyn Hertlizius, Vitaly Kowaliov. Orquesta y Coro de la Fundación Arena de Verona. Director Musical: Daniel Harding.

 

 

     Resulta redundante y repetitivo apelar al carácter único, como fuerza de la naturaleza de Plácido Domingo, pero no hay más remedio que volver a hacerlo, después de escuchar el estado vocal y el nivel intepretativo que ofreció el pasado día 15 de Agosto en la Arena di Verona, transcurrido apenas un mes de su convalecencia en un hospital madrileño a causa de una embolia pulmonar. El Festival de la Arena de Verona que cumple 100 años, rendía homenaje a Verdi y Wagner con una Gala en la que junto al ya mítico cantante madrileño, que este año desempeña además el cargo de director honorario del Festival del centenario, actuaba un interesante elenco de voces bajo la dirección del prestigioso maestro británico Daniel Harding.

    Después de su paso por Salzburgo, Domingo deslumbró en sus dos primeras intervenciones, ambas tenoriles y pertenencientes a las dos óperas de Wagner que con mayor gloria ha afrontado. En primer lugar, el final de Parsifal "Nur eine Waffe taugt", en el que el timbre íntegro, bellísimo, penetrante, pleno de terciopelo y redondez más que llenar, envolvió el enorme recinto. Harding le acompañó con pulcritud pero ayuno de trascendencia. En la magnífica canción de la primavera de Die Walküre, Domingo demostró por qué ha sido el mejor Siegmund de los últimos años y desgranó sonidos percutientes, de gran seducción y penetración tímbrica. Siempre es un placer escuchar Wagner por un tenor de escuela italiana y timbre bello, esmaltado, personalísimo y aún increíblemente íntacto.

     El Siegmund de La Valquiria quizás ya no, porque el acto primero se le haría muy largo, pero sí sería factible, teniendo en cuenta el nivel que ha mostrado en esta gala, que el cantante madrileño volviera a afrontar el papel tenoril de Parsifal en los escenarios. Un rol no muy largo y que no le plantea problemas de tesitura.
     Como dos últimos fragmentos de la gala, Domingo interpretó el primer papel baritonal que afrontó y el que más domina, el verdiano Simon Boccanegra. Nunca será (y él lo sabe) un barítono, porque un tenor que se queda sin sus notas altas no se convierte en un cantante de tal cuerda, pero en la escena del consejo mostró esa intensidad, esos acentos, esa personalidad de cuando la OPERA se escribía así, con mayúsculas. Inolvidable la frase "E tu ripetti il giuro!" que le espeta a Paolo Albiani, capaz de dejar sin habla al malvado más pérfido y a todo el público areniano. En la escena final de la ópera con la muerte del protagonista, el supremo carisma y comunicatividad aún incólumes del mítico cantante junto a un estado vocal, insistimos, sorprendentemente bueno (hasta parece que tiene más aire y fuelle que en sus últimas actuaciones) lograron grandes cotas de emoción y clímax teatral.
     A destacar del resto de la gala, la intervención de la soprano alemana Evelyn Hertlizius con una pletórica inmolación de Brunilda, entregadísima, temperamental, intensísima. Alguna forzadura en alguno de los si naturales del final del agotador fragmento, no empeañaron una interpretación de hoch dramatischer sopran de raza. Anteriormente, y en contra de lo que expresan algunos detractores de esta soprano, demostró que sabe cantar y muy bien, en una magnífica plegaria de Elisabeth de Tannhäuser, en la que mostró expresión contenida, pero muy sentida y que llega nítida al público así como capacidad para recoger su caudaloso instrumento vocal. Francesco Meli en sus intervenciones verdianas (Macduff y Adorno) lució sus virtudes: timbre gratísimo, italianitá, articulación y dicción genuinas y nítidas, ardor genérico y sus defectos técnicos, (paso sin solucionar, falta de enmascaramiento, agudos atacados por las bravas), así como el fraseo pedestre y anónimo. Escuchar su voz al lado de la de Domingo, revelaba de manera inexorable, la diferencia entre lo que es una voz de tenor divo histórico y la de un secundario descollante.
    Violeta Urmana en lo que parece ser un paulatino regreso a la cuerda de mezzo (dos días despues cantaba la Amneris en el mismo escenario) no pareció nada cómoda en el "O don fatale" de Eboli en Don Carlo. Agudos abiertos y estridentes junto a la habitual frialdad sellaron una trivial interpretación. En la parte Wagneriana y ya como soprano, interpretó una anónima y plana ""Die männer sippe" de Die Walküre que contrastó negativamente con la intensidad del "Winstertürme" de Domingo. Abundaron los sonidos oscilantes, descolocados y ásperos que también aparecieron en el liebestod de Tristán und Isolde, escasamente "metafísico" tanto por su meramente solvente (su musicalidad siempre está ahí), pero anodina interpretación, como por la batuta de Harding.
 
    Enorme, caudalosa, pletórica de decibelios la voz de la atractiva soprano italiana Susanna Branchini, que sin embargo se mostró incapaz de domeñar tamaño instrumento, emitiendo notas fijas, desabridas, desafinadas en sus intervenciones como Elisabetta di Valois de Don Carlo y Amelia Grimaldi de Simon Boccanegra, en las que no pudo lograr algo parecido a una línea de canto coherente y ortodoxa. Correcto, pero impersonal y aburrido Vitaly Kowaliov en los adioses de Wotan y algo más entonada, pero sin salir de una genérica y profesional corrección, su intervención como Fiesco.
 
    Daniel Harding obtuvo un apreciable sonido de la orquesta de la fundación Arena di Verona, sobre todo a cuerda y maderas que demostraron un buen nivel. Sin embargo, fue incapaz de domeñar unos metales estridentes, tendentes a la desafinación e incapaces de empastar con el resto del conjunto. Tanto en los acompañamientos como en las piezas orquestales interpretadas, el Maestro de Oxford hilvanó un trabajo pulidísimo, con interesantes gradaciones dinámicas, elegancia y refinamiento, pero faltó tensión, ya que demostró que su temperamento es poco afín al sentido del pathos, a las pasiones y emociones propias del romanticismo. El magnífico coro, empastado y de gran flexibilidad se lució en sus intervenciones, entre ellas tres coros tan emblemáticos del repertorio verdiano como "Patria oppressa" de Macbeth, "Oh signore dal tetto natio" de I Lombardi y el simbólico y tan especial en la Arena "Va pensiero" de Nabucco. Como fin de fiesta, el siempre polifacético e incansable Domingo arrebató la batuta a Daniel Harding, subió al podio y dirigió el coro de gitanos del Acto Segundo de Il Trovatore
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