Crítica de Álvaro Cabezas del concierto ofrecido por la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, con Javier Perianes, bajo la dirección de Lucas Macías
Perianes, rey del Alcazas de Sevilla
Por Álvaro Cabezas
Sevilla, 10-X-2026. Real Alcázar, Patio de la Montería. Javier Perianes, piano; Lucas Macías, dirección; Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Programa: Interludio y danza española de La vida breve y Noches en los jardines de España de Manuel de Falla; Concierto para piano y orquesta, en Sol mayor de Maurice Ravel; y Danza final (Jota) de la suite nº 2 de El sombrero de tres picos de Manuel de Falla.
En el pasado mes de julio la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla cerraba su temporada de abono con un interesante programa, encuadrado en las celebraciones por el 150 aniversario del compositor Manuel de Falla, en el que interpretó su El amor brujo y las dos suites de su El sombrero de tres picos, combinando estas piezas con otra de Joaquín Turina. Ahora, por la misma efeméride y fuera del teatro y del abono sinfónico de la formación y en un marco incomparable –digno de reyes cristianos crueles o justicieros, según se mire–, como el Patio de la Montería del Real Alcázar de Sevilla, la misma formación ha ofrecido un programa que, ya sobre el papel resultaba atractivo pero que, vivido y escuchado, ha resultado brillante e inolvidable.
El lleno cosechado en la noche del sábado respondía a varias razones: la primera escuchar música de calidad con su tinte folclórico o nacionalista español según los convencionalismos y en ese lugar (como si este se tratara de nuestro Palacio de Carlos V en el corazón de la Alhambra durante el Festival de Música y Danza de Granada), abonando el terreno al fenómeno del alhambrismo del que participan el argumento y los resabios de la única ópera fallesca (La vida breve, cuyo ambiente se sitúa en el Sacromonte y el Albaizín de la ciudad del Darro), pero también, el primer movimiento ("En el Generalife") de las Noches en los jardines de España, incluso el de El sombrero de tres picos, que Pedro Antonio de Alarcón situó en las inmediaciones de la ciudad de Guadix (Granada). Esto hizo que numeroso público no regularmente melómano asistiera al concierto consiguiendo los objetivos de la campaña Feeling Ross en la que se encuadraba la cita. La segunda razón era volver a escuchar a uno de los pianistas de talla internacional más valorados del momento y que tan estrecha relación guarda con Sevilla: Javier Perianes que, con su actuación, se coronó como rey del Alcázar y nos dejó maravillados. La tercera era, también, comprobar cómo Macías, que se está convirtiendo en un auténtico experto en Falla (recordamos la acongojante función de La vida breve que dirigió en el Maestranza en marzo de 2023), interpretaba estas obras a las que está tan habituado como director, también, de la Orquesta Ciudad de Granada. El planteamiento era el de ofrecer dos conciertos para piano y orquesta (es verdad que cada uno de ellos de corta duración), y abrir y cerrar la noche con algunas de las danzas más populares de Falla. Pocas veces quemaba más un cartel que este en la programación de una orquesta como la Sinfónica.
Efectivamente la noche se abrió con una orquesta que estuvo espléndida en todas sus secciones, que ofreció detalles de muchísima calidad, un empaste modélico y casi sobrenatural y, también, intervenciones solistas muy destacadas que en todo momento su reunieron a los pies del solista y seguían las directrices del maestro. No estaban colocados los músicos en una plataforma muy elevada (por lo que no se les podía distinguir bien por buena parte del público), pero era tan reducida que tocaron muy juntos, algo que quizá favoreció la efervescente mezcla de sonidos. Macías, con un atuendo que recordaba al de Barenboim (camisa sin cuello y esta sin abotonar), dirigió con conocimiento supremo y ofreciendo mucha finura, recreándose un tanto en el interludio y, después, acometiendo con incisividad la danza sin temer el exceso volumétrico de su parte central con percusión y metales al máximo que nos recuerdan, irremisiblemente, al anuncio realizado por Pilar Miró en 1995 de la retransmisión en TVE de la boda de la infanta Elena de Borbón en Sevilla, con grandes unidades móviles desplazándose por las carreteras desde Madrid y desplegando su cableado por la antigua Híspalis. El público estuvo en todo momento muy silencioso (tanto que se notaba la manipulación de las hojas de los programas de mano) y aplaudió lo justo a una bella ejecución que se merecía, quizá, más agradecimiento.
Después salió Perianes e interpretó las Noches en los jardines de España con una lucidez y gusto impresionantes. No sólo era una perfecta digitalización, también se notó un amor muy profundo por una partitura que le permitió imponer un concepto muy libre y muy flamenco de la obra fallesca. El primer movimiento fue un dechado de virtudes, muy deslumbrante y expresivo, en el segundo hubo muchos momentos de desmayo e inverosimilitud, en el que el sonido del piano recreaba el de una bailaora del Sacromonte, perfectamente acompañada por la orquesta, que intentaba imitar los requiebros y rubatos andalucísimos del pianista nervense, rubricados por el acompañamiento del director valverdeño (nacidos ambos con un mes de diferencia en las lindes de la misma cuenca onubense). La última parte, "En los jardines de la sierra de Córdoba", se presentó como una orgía de sensaciones que se acumularon ofreciendo el mejor homenaje al duende del que hablaba García Lorca que saltaba desde los pies a la garganta. Verdad y pureza presentes en todo momento.
Tras una breve pausa, que sirvió a más de uno para levantarse y estirar las piernas, fueron a por Ravel, que tanto tiene que ver con Falla y viceversa. Ya no es sólo lo jazzístico (que Perianes hacía como nacido en Nueva Orleáns), era también las melodías de los felices años veinte en París (transparentes y seductoras), y, por supuesto, el reflejo español que tanto el piano como el arpa, en mistéricos acordes, expanden por el primer movimiento. ¿Qué decir del sentido de la maravilla que provocó el movimiento lento? Primero como si estuviésemos en un recital, el piano solo, luego, como surgido de la nada el sonido del clarinete, luego el diálogo con el corno inglés en busca de la trascendencia... Por último el virtuosístico final, poco humorístico en esta ocasión, pero lleno de sorpresas y, sobre todo, caracterizado por una impecable interpretación.
Si lo anterior ya había alcanzado un rango muy alto en las vivencias de la noche bajo las estrellas, el punto culminante fue la propina que ofreció Perianes: la danza del fuego fatuo de El amor brujo. Es imposible describir los acordes escalofriantes con que la preparó, la gitanería que desplegó con ambas manos, el ritmo, la precisión, la prestancia y olor de acontecimiento con que terminó la ejecución. Demasiado tímido para vanagloriarse en su obra maestra abandonó el escenario pronto y regaló el ramo de flores con que había sido obsequiado a la concertino. Creo que aún tardaremos en darnos cuenta del privilegio que, como melómanos, vivimos aquella noche alcazareña.
Luego, tras una pausa interminable que se invirtió en sacar del escenario el piano con el que Perianes había hecho maravillas, la orquesta acometió la jota de la danza final de El sombrero de tres picos, pero había sido tanta la emoción previa que hasta había colmado la capacidad de asombro de un público que, sin querer olvidar lo vivido, cumplimentó rápido a la formación y salió por la Puerta del León. Ahí queda el homenaje que Sevilla rindió a Falla en el 150 aniversario de su nacimiento, había sido un triunfo individual, un éxito colectivo y había estado pleno de arte, grandeza y naturalidad.
Foto: Luis Prieto Fernández
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