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CRÍTICA: GUSTAVO DUDAMEL DIRIGE 'RIGOLETTO' EN LA SCALA DE MILÁN

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Autor: Andrea Merli
27 de noviembre de 2012
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EL "RIGOLETTO" DE DUDAMEL NO CONVENCE EN LA SCALA

Milán. Teatro alla Scala. 13/11/12. RIGOLETTO,  Giuseppe Verdi. Rigoletto: George Gagnidze, Duca: Vittorio Grigolo, Gilda: ELena Mosuc, Sparafucile: Alexander Tsymbalyuk, Maddalena: Ketavan Kemoklidze, Giovanna: Anna Victorova, Monterone: Ernesto Panariello, Marullo: Mario cassi, Matteo Borsa: Nicola Pamio, Conte di Ceprano: Andrea MAstroni, Contessa di Ceprano: Evis Mula, Usciere: Valentin Turmanov, Paggio: Rosanna Savoia. Direttore: Gustavo Dudamel. Director de escena: Gilbert Deflo.

      Mientras en la prensa italiana se polemiza sobre la proxima inauguraciòn de temporada, - en la celebración del bicentenario de Verdi y Wagner se le da preferencia al segundo-, la Scala programa el Rigoletto "de toda la vida", el que tiene casi 20 años y que bautizó Riccardo Muti un 15 de mayo de 1994, cantando Renato Bruson, Roberto Alagna y Andrea Rost, entre otros. La producciòn, decorado de Ezio Frigerio, vestuario de Franca Squarciapino y dirección de escena de de Gilbert Deflo, es archiconocida. Clasicona, super tradicional, quizas casposa y trasnochada para los que prefieren el llamado "teatro de regia" y,  sin embargo, todavia del máximo agrado para el público, entre el que siempre hay alguien que descubre esta ópera y la ve por primera vez.
      Una sala renacentista fastuosa en la primera escena del primer acto, un patio y un callejon en la escena de la casa del jorobado, con un balcon en alto para que Gilda pueda cantar a la luna su "Caro nome" y en el ultimo acto, en la ribera del rio Mincio, un enorme edificio con ventanas ahuecadas, como si fuera de arqueologia industrial, una estética que por supuesto no encaja ni con el texto ni con la época, pero condimentada con lluvia de verdad -chorros de agua en el proscenio, durante la tempestad que se les echa encima a los desdichados padre e hija.

      Si la parte puramente escenográfica y decorativa sigue teniendo un fuerte empaque, se le ha ido perdiendo, inevitablemente con los años, el esmalte a esta dirección de escena, que sigue siendo eficaz pero ya confiada a la habilidad de cada uno más que persiguiendo una idea concreta y original. Para rematar y puede que revitalizar el plato, esta vez se pensó en confiar la direcciòn de orquestra, que pareció un tanto desganada en estas funciones - el coro actuó por debajo de su nivel acostumbrado-, a uno de los jovenes directores de moda: el venezolano Gustavo Dudamel.
      Y fue un error fatal, puesto que falló el intento. La opera italiana, que para muchos maestros de la casa es pura rutina, no està en sus cuerdas. Dudamel no tiene el oficio, al menos, de aquellos viejos maestros (un Serafin o un Previtali, si ir mas lejos) que no pretendian sacar del Verdi popular  sinfonías, pero sabian el abecé del teatro de ópera: mantener el equilibrio con el escenario, sostener las voces, matizar dinámicas segun las necesidades del canto.
       El venezolano cayó en la trampa fácil de buscar preciosidades, que las hay, en la partitura y en los distintos sectores de la orquesta, perdiendo de vista el conjunto general, marcando unos tiempos letárgicos, por ejemplo en los dúos entre Rigoletto y Gilda, poniendo en dificultad a los solistas, perdiéndoles a veces por el camino, para luego dejarse llevar hacia estruendos inconcebibles, un temporal que mas bien sonó como un tsunami o un huracán.
      La memoria no recuerda un "Cortigiani vil razza dannata" tan apianado sobre el "forte" sin tregua para la voz del barítono, perentoriamente cubierta. Un desastre que en la primera funciòn le valió sonoros abucheos. A la que se asistió y se refiere esta crónica, la acojida fue mas tibia, pero los resultados no habian mejorado.
    Las voces fueron de más a menos. Cuando en un Rigoletto la mas centrada es Gilda, mal asunto. Sin embargo, la mejor resultò Elena Mosuc, que ya fuera Gilda en la Scal. Muy entrenada en este papel, sin duda se le escucharon funciones mejores. El alargamiento de los "tempi" e obligó a tomas de fiato suplementarias. Esto puso de evidencia lo que empieza a ser un abuso: la toma de los agudos desde abajo con "portamenti". Sin embargo su retrato de la chica inexperta que madura en el curso del drama sigue siendo muy creible y admirable.
      Vittorio Grigolo es un tenor al que le sobran armónicos, que tiene una voz preciosa, el agudo fácil y seguro, pero cuya linea de canto dista años luz en ser elegante y noble. Es verdad que el personaje es libertino y vacuo, pero no deja de ser un duque. Su manera de decir, de "porgere" el sonido con groseria y desenfado, llegó a ser irritante, amén de su actuación que, por querer ser "moderna" y ágil, rayó lo ridiculo.
      Su estilo irìa mejor para el Musical o la canciòn ligera: en más de un momento recordó al popular y simpático Al Bano Carrisi, el que por cierto canta con timbre tenoril, pero sus canciones, y no "La donna è mobile". Vamos, que el duque en Rigoletto -sin sacar del armario fantasmas del pasado remoto- es otra cosa. El barítono georgiano George Gagnidze, ni por talento ni por musicalidad debería subir a un escenario pisado hace dos años por un tal Leo Nucci, al que por mucho que les moleste a algunos, seguimos echando de menos cuando falta en el escenario. Nucci será dificil de olvidar, especialmente para el que firma, que le vio el debut en este papel en un ya lejano 1979. Esto no quiere decir que ningun baritono pueda y deba enfrentarse con este reto. Pero en la Scala, en Italia, hay que ir al tanto. Es decir, tener conciencia que el ejemplo maximo està bien presente en la mente de todos. En esta ocasion lo que hemos escuchado es un fraseo apático, acento genérico, dificultad en el agudo y afinación dudosa. La voz, si bien desamparada por una direcciòn que no le ayudò en nada, tampoco pareció la de un fuera de serie. Fue aplaudido, eso sí, y era el Turno A de abono. En fin, tendrà razón el público, que aceptò también la mediocre Magdalena de Ketevan Kemoklidze, guapisima y más dada en agitar la falda que en sacar una emisiòn correcta, y el Sparafucile de Alexander Tsymbalyuk, de voz potente pero muy mal administrada. Muchos se preguntaron si es que en Italia no disponemos de voces mas dignas para tan ilustre teatro.

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