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Crítica: Roberto Forés y Naoko Yoshino con la Orquesta de Valencia

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Autor: Alba María Yago Mora
9 de febrero de 2026

Crítica de Alba María Yago Mora del cocierto de la Orquesta de Valencia bajo la dirección de Roberto Forés, con Naoko Yoshino como solista

Roberto Forés y Naoko Yoshino con la Orquesta de Valencia

El corazón del color

Por Alba María Yago Mora                                                                                     
Valencia, Palau de la Música (Sala Iturbi). 6-II-2026. Orquesta de Valencia. Roberto Forés, director. Naoko Yoshino, arpa. Maurice Ravel: Alborada del gracioso. Péter Eötvös: Concierto para arpa y orquesta. Sergei Prokófiev: Sinfonía n.º 5 en si bemol mayor, op. 100.

   El programa del pasado viernes planteaba un recorrido especialmente sugerente por distintas formas de mirar al pasado desde el siglo XX: la España imaginada de Ravel, el homenaje contemporáneo de Péter Eötvös a ese mismo universo tímbrico y, finalmente, el gran fresco sinfónico de Prokófiev, donde el clasicismo reaparece filtrado por la tensión histórica de los años cuarenta. Una arquitectura inteligente que presentaba, además, un tránsito desde el refinamiento del color orquestal hacia la gran narrativa sinfónica.

   La alborada del gracioso dejó desde el inicio una sensación de desajuste tímbrico que en Ravel resulta especialmente evidente: los vientos madera, —y muy particularmente los oboes y fagotes—, parecían situados en un plano de afinación distinto, sin terminar de integrarse ni entre ellos ni con el resto del tejido orquestal en una partitura donde la transparencia es absoluta. Ese problema afectó a uno de los elementos más característicos de la obra: el juego de planos entre los pizzicati de cuerda y arpa que imitan el rasgueo de guitarra y las respuestas de la madera. Faltó esa sensación de precisión casi quirúrgica que hace que la pieza suene irónica, punzante y luminosa al mismo tiempo. También en los episodios de danza —con ese pulso de seguidilla tan reconocible— el ritmo no terminó de asentarse con la nitidez necesaria. Aun así, se percibía una dirección muy atenta al detalle por parte de Roberto Forés, especialmente en el control de dinámicas y en la voluntad de mantener la textura ligera y articulada, evitando cualquier exceso de peso sonoro. Su gesto buscó constantemente la claridad de planos y la respiración de las frases, algo esencial en Ravel, aunque la falta de cohesión en la madera impidió que esa intención terminara de materializarse del todo. En medio de ese contexto, el solo de fagot de Ignacio Soler destacó de forma clarísima. Su intervención en el episodio central tuvo verdadero carácter cantabile, con un fraseo amplio y expresivo que sí evocó ese “canto del gracioso” que Ravel escribe casi como un recitativo instrumental. Fue, de hecho, el momento en el que la textura orquestal pareció respirar con mayor naturalidad. Esa solvencia no fue puntual: a lo largo del concierto el fagotista mantuvo un nivel de seguridad y presencia sonora muy por encima de la media. La obra, corta pero riquísima en matices, dejó la sensación de que gran parte de su paleta no llegó a desplegarse plenamente.

Naoko Yoshino

   El Concierto para arpa de Eötvös planteó un escenario completamente distinto, casi de laboratorio sonoro. Desde la larga cadencia inicial ya se percibía la extrema exigencia técnica de la escritura: cambios de pedal constantes, pasajes de gran velocidad, armónicos expuestos y un control muy preciso de la resonancia del instrumento. Naoko Yoshino mostró un dominio absoluto del arpa, con una economía de gesto admirable que hacía que la dificultad quedara visualmente disimulada. Los glissandi, los acordes amplios y los pasajes en registro agudo se resolvieron con limpieza, y resultó especialmente notable su capacidad para proyectar el sonido sin dureza, manteniendo siempre un timbre redondo incluso cuando la orquesta densificaba la textura. Esa sensación de control —hacer parecer sencillo lo que es extremadamente complejo— fue uno de los grandes logros de la interpretación.

   Desde el podio, Forés construyó un acompañamiento muy cuidadoso, atento al equilibrio entre masas, algo fundamental en una partitura donde el concepto de “meta-arpa” depende precisamente de la fusión tímbrica entre instrumento y orquesta. Los diálogos con metales y cuerdas se escucharon con nitidez, especialmente en los pasajes en los que la orquesta prolonga o colorea las resonancias del arpa. En el segundo movimiento, Hommage à Ravel, las atmósferas suspendidas y los colores difuminados recordaban ese mundo impresionista desde una paleta contemporánea. Aquí se percibió claramente el trabajo de dirección en la gestión del tempo, sosteniendo tensiones largas y evitando que la textura se diluyera. Y, sin embargo, precisamente ahí apareció la principal distancia con el público. Pese al virtuosismo evidente y al control técnico impecable de la solista, la obra no buscaba la emoción directa sino una escucha más analítica, casi contemplativa. El tercer movimiento, con esa cadencia libre llena de glissandi y acordes sin línea melódica definida, reforzaba la idea de estar ante otro concepto de concierto: más centrado en el fenómeno sonoro y en la exploración del instrumento que en la comunicación afectiva inmediata.

  Tras la pausa, la Sinfonía n.º 5 de Prokófiev mostró a una orquesta mucho más asentada en términos de conjunto y proyección, y permitió apreciar con claridad el trabajo arquitectónico del director valenciano, que planteó el primer movimiento con una construcción muy progresiva de tensiones. Desde el inicio del Andante, el gran tema expansivo de la cuerda apareció bien sostenido, con una respiración amplia y crescendi cuidadosamente graduados hasta los primeros clímax. El Allegro marcato funcionó resaltando el carácter irónico y casi mecánico de la escritura de Prokófiev. La dirección apostó por acentos muy definidos y contrastes dinámicos marcados, dando relieve al juego entre secciones. No obstante, volvió a percibirse cierta incomodidad en la línea de oboes, que en varios momentos sobresalían tímbricamente sin integrarse del todo en el conjunto. El Adagio, núcleo emocional de la obra, evidenció una buena gestión de planos sonoros: la reaparición del motivo en distintas secciones, el crecimiento de la tensión y el gran clímax central estuvieron bien dosificados. La cuerda sostuvo con solidez los largos arcos melódicos, mientras metales y percusión aportaron gravedad sin caer en la estridencia, señal de atención al equilibrio. En el Allegro giocoso final reapareció el impulso rítmico con un carácter incisivo y teatral. Forés mantuvo un control claro del pulso y de la articulación, permitiendo que el motor de la percusión y la cuerda impulsaran un cierre enérgico donde ese final de aire casi mecánico —entre festivo y mordaz— quedó bien perfilado, reforzando la ambigüedad expresiva característica de esta sinfonía.

Roberto Forés y Naoko Yoshino con la Orquesta de Valencia

   En definitiva, un recorrido muy sugerente por distintas formas de dialogar con la tradición: del color hispanizante de Ravel al laboratorio tímbrico de Eötvös y, finalmente, a la gran síntesis sinfónica de Prokófiev. Si la Alborada quedó lastrada por problemas de afinación que diluyeron parte de su riqueza cromática —con la excepción destacadísima del fagot de Ignacio Soler—, el concierto de arpa abrió una reflexión interesante sobre ciertas estéticas contemporáneas más preocupadas por el sonido que por la emoción directa. La Quinta de Prokófiev, en cambio, ofreció el momento más sólido de la velada, con una orquesta más cohesionada y un discurso que sí logró desplegar toda su potencia narrativa. Una noche de contrastes que dejó claro que la precisión y la afinación no son un detalle: son, literalmente, el corazón del color.

Foto: Foto Live Valencia

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