Crítica de José Amador Morales de la ópera Romeo y Julieta de Gounod en el Teatro de la Maestranza de Sevilla
Romeo venció sin convencer
Por José Amador Morales
Sevilla, 23-X-2026. Teatro de la Maestranza de Sevilla. Charles Gounod: Romeo et Juliette. Pavol Breslik (Romeo), Nina Minasyan (Juliette), Riccardo Fassi (Frère Laurent), Maxim Lisiin (Mercutio), Zoltan Nagy (Conde Capuleto), Anna-Doris Capitelli (Stephano), Mario Bahg (Tybalt), Elena Maximova (Gertrude), Andrés Merino (Gregorio), Valery Guilmanov (Duque de Verona), Julien Van Mellaerts (Conde Paris), Pablo Puértolas (Benvolio). Coro Teatro de la Maestranza. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Sasha Yankevych, dirección musical. Luca De Fusco, dirección escénica. Producción del Teatro dell’Opera de Roma
La partitura del Roméo et Juliette de Charles Gounod encuentra en la tragedia de Shakespeare un cauce ideal para desplegar la sensualidad melódica, la efusión plenamente romántica y el refinamiento tímbrico que habitualmente asociamos a la ópera francesa. El libreto de Jules Barbier y Michel Carré concentra el conflicto en la pareja protagonista y en sus encuentros amorosos, desde el deslumbramiento juvenil de su primera aparición hasta los dúos que jalonan el desenlace trágico, pasando por los breves soliloquios en los cuales ambos enamorados dan rienda suelta a su romántico ensimismamiento. No obstante, para que la obra alcance todo su calado artístico no basta la mera belleza vocal: necesita intérpretes capaces de reflejar el mensaje dramático latente bajo ese derroche lírico que desborda la obra.
Nina Minasyan encontró en Juliette un papel favorable para lucir la brillantez y facilidad de sus registros agudo y sobreagudo, bien que un tanto escasos de punta. En este sentido, en Je veux vivre resolvió las agilidades con desenvoltura y sin sacrificar la delicadeza expresiva, mostrando una sincera musicalidad en el fraseo al que dotó de gran sensibilidad en los pasajes más íntimos. Probablemente la debilidad de la zona central de su voz le impidió cincelar expresivamente los matices que demanda el personaje. Por su parte, Pavol Breslik, en las antípodas de su compañera en cuanto a atractivo vocal, ofreció un Romeo musical, correcto y de cuidado fraseo. Sin embargo, su voz, demasiado ligera, de timbre mate y escaso volumen, le planteó puntuales dificultades para superar a la orquesta. A ello se sumó una emisión por momentos tremolante que terminó de dibujar una actuación discreta. Tampoco jugó a su favor una producción escénica que lo presentaba más como un maduro Werther que como el adolescente Romeo.
El Stéphano de Anna-Doris Capitelli constituyó una agradable sorpresa por su voz atractiva, homogénea y carnosa. Su notable musicalidad, entusiasmo y entrega en la escena del tercer acto le valieron una gran ovación. Entre los papeles masculinos, aunque convincentes en conjunto, predominó un nivel más discreto. Destacaron la solidez de Zoltan Nagy como Capulet y la entrega de Mario Bahg como Tybalt, mientras Riccardo Fassi compuso un Frère Laurent de fraseo cuidado y un timbre algo claro aunque homogéneo.
El principal mérito de Sasha Yankevych, a quien conocíamos por haber salvado casi in extremis la donizettiana Maria Padilla de la temporada pasada, fue afrontar la partitura de Gounod con una gran dosis de intensidad. Aunque faltaron una mayor nitidez y una articulación más perfilada, obtuvo un sonido plausible de la orquesta y acompañó a los cantantes con eficacia, sin dejar que decayera la tensión escénica. La ovación que recibió en los saludos finales pareció reconocer precisamente ese trabajo. Bajo su dirección, tanto la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla como el Coro del Teatro de la Maestranza volvieron a ofrecer una prestación extraordinaria, de notable empaste y eficacia.
Menos convincente resultó la puesta en escena de Luca De Fusco, producción del Teatro dell’Opera de Roma que traslada la acción a la Italia de 1943, mediante una estética monocroma y deliberadamente abstracta. Una actualización, por otra parte nada original, que no consigue iluminar el conflicto entre las familias y que termina por alejarlo de la tragedia de los amantes. Una pared de arcos y ventanas, paisajes proyectados y cambios entre espacios desnudos e interiores historicistas ofrecen imágenes de desigual interés; las proyecciones subrayan el simbolismo hasta volverlo artificioso y distraer de la acción. La sucesión de encuentros amorosos, núcleo de la obra, pedía una intimidad que la propuesta rara vez consiguió.
Fotos: Teatro de la Maestranza
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