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CRÍTICA: LA 'RUSALKA' DEL TEATRO DEL LICEU CAUTIVA POR LA MÚSICA, PERO NO POR LA ESCENA. Por Raúl Chamorro Mena

7 de enero de 2013
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 TRIUNFÓ LA MÚSICA DE DVORAK

Rusalka (Dvorák) Gran Teatre del Liceu, Barcelona. 5-1-2013  Camilla Nylund (Rusalka), Ildiko Komlosi (Jezibaba), Emily Magee (Princesa Extranjera), Klaus Florian Vogt (El príncipe), Gunther Groissböck (Vodnik-El duende del agua). Dirección musical: Andrew Davis. Director de escena. Stefan Herheim. Escenografía: Heike Scheele.

      Para ser precisos y según avisaba la hoja informativa que facilita el teatro, se representaba la ópera Rusalka de¨Antonin Dvorák en versión de Stefan Herheim, de profesión director de escena. A pesar de ello, triunfó la magnífica partitura, cuya fascinante orquestación con claras y puntuales influencias wagnerianas, fue primorosamente expuesta por el Maestro Andrew Davis, con lo que compensó el hecho de aceptar los cortes en la música impuestos por el director escénico. El Maestro británico realizó un gran trabajo con la orquesta, de la que obtuvo un magnífico sonido, una morbidez y refinamiento tímbrico poco habituales en la misma. Mágica fue la exquisita introducción y el acompañamiento a la bellísima canción de la Luna, así como todos los pasajes líricos de la obra, sin por ello olvidar el acompañamiento atento, el sentido narrativo y la tensión teatral. 
      El papel titular de Rusalka, que no protagonista en la versión propuesta por Herheim, resultó irreprochablemente cantado por la soprano finlandesa Camilla Nylund, de medios insuficientes para el papel. Falta de potencia, de vigor, de consistencia en el centro y de caudal (especialmente para un teatro tan grande como el Liceu), mostró sensibilidad y un apreciable registro agudo, sano y bien emitido. Tuvo mérito al cantar el aria más popular de la ópera haciendo equilibrios sobre una especie de chirimbolo.
      El tenor Klaus Florian Vogt, en el papel del príncipe, también tuvo que asumir dos contratiempos iniciales. Por un lado, los referidos cortes que afectan especialmente a su particella, por otro, la producción le privó de su frondosa cabellera rubia, tan apreciada por sus fans. Ello no perjudicó a su emisión, espontánea y fluida, su buena proyección, su exactísima afinación y el buen gusto con el que canta. Eso sí, todo ello insuficiente para compensar el timbre blanco e infantil, la falta de paleta de colores, los acentos blandos y sacarosos, así como la incapacidad técnica para pasar un agudo por encima del la bemol 3, lo que le llevó a talar el más comprometido de su parte en el dúo final y sustituirlo por un infame y casi inaudible falsete.
      La falta de la mínima efusión, pasión y lirismo envolvente completaron un príncipe insustancial y desvaído. En una palabra, irrelevante. Emily Magee posee la voz adecuada para el papel protagonista, pero no para la Princesa extranjera que pide una soprano dramática tipo, por ejemplo, Nadezda Kniplovà, por lo que resultó falta de peso específico y robustez para el mismo. La Bruja Jezibaba tuvo en Ildiko Komlosi una intérprete lanzada, extrovertida, pero más bien vulgar, además de una voz de varios colores y sin el registro grave que exige la parte.

Günther Groissböck, convertido en protagonista en la dramaturgia ideada por Herheim, cumplió escénicamente con su agotadora labor, de constante presencia en el escenario. Indudable su profesionalidad y compromiso en ese aspecto, como su corrección musical que compensan en cierto modo, la emisión siempre gutural, el timbre impersonal, sin brillantez en los extremos y falto de la rotundidad propia de un bajo genuino.
      La producción-versión de Stefan Herheim es una más de las que el responsable inventa una dramaturgia paralela sin importarle mucho si casa o no con el libreto y la música. También lo más embrollada posible para que lo entienda muy poquita gente y poderse colgar enseguida la etiqueta de "inteligente". En la producción siempre está presente el habitual objetivo de despojar del romanticismo fundamental en estas óperas y que tanto les molesta.
      El protagonista pasa a ser el Duende de las aguas (Vodnik), que es un vulgar ciudadano de una ciudad corriente, la cual se nos presenta previo al arranque de la música, durante 8 minutos en que se repiten las situaciones para simbolizar el tedio, el aburrimiento y la insatisfacción en que se encuentra este hombre y, especialmente, su matrimonio. Por ello, entra en una neurosis, en un mundo en que se mezclan fantasía y realidad, que le llevan a asesinar a su mujer en el último acto. De esa fantasía, que no de la ópera, la protagonista femenina es Rusalka, caracterizada como una especie de prostituta o mujer alegre de dicha ciudad.
      El príncipe no es otro que el propio Vodnik en su juventud y la  princesa extranjera es su mujer. La Bruja Jezibaba una especie de indigente. En mi opinión, esta idea no le da para mucho y, si bien el primer acto plantea unas buenas expectativas, todo ello apoyado en una estupenda escenografía, bella y plástica (a cargo de Heike Scheele) con algún momento divertidísimo como las muñecas hinchables del escaparate bailando las danzas de las ninfas, la producción va decayendo en los actos posteriores. En el segundo ya vemos que la idea inicial se estanca y el regista es incapaz de estirarla hasta el tercero en que vemos el asesinato, que es el clímax de la versión Herheim, que no de Rusalka de Dvorak, cuyo clímax lo constituye un apasionadísimo dúo de un romanticismo irresistible, que es convenientemente cercenado por el director de escena, con los cortes musicales y con las situaciones sanguinolentas y de mal gusto que vemos en escena. Como decía, en el segundo sólo es capaz de ofrecernos un caos carnavalesco en el que el duende de las aguas ataviado con tridente, nos permite rememorar al entrañable Alfonso del Real caracterizado como Neptuno y entonando "De los mares, rey me llaman" en El año pasado por agua de Chueca.
      Asimismo el ya muy visto juego de espejos que refleja el teatro y encendido de luces a modo de simbolizar a la sociedad culpable, hipócrita y reaccionaria o una también habitual parodia de la iconografía religiosa. No falta tampoco en el tercer acto el estacazo a la iglesia católica.Todo ello muy recurrente y repetitivo en las producciones Konzept tan de moda actualmente. 
      Necesidad de "libro de instrucciones" para que una mayoría entienda la dramaturgia propuesta, manipulación del sobretitulado que obliga a su responsable habitual a exigir que no aparezca su nombre, cortes en la música, cantantes subidos a un mojón catando mientras mantienen el equilibrio... ¿Compensa todo ello para el resultado obtenido? Cada uno que saque sus conclusiones. La mía es que no.

Autor:Raúl Chamorro Mena

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