Crítica de Pablo Sánchez Quinteiro del concierto ofrecido por Samy Rachid y Seong-Jin Cho con la Orquesta de París en la Philharmonie de París
Seong-Jin Cho y el arte de hacer hablar a Beethoven
Por Pablo Sánchez Quinteiro
París, 17-IX-2026. Philharmonie de Paris, Grande salle Pierre Boulez. Ludwig van Beethoven: Concierto para piano y orquesta n.º 4 en sol mayor, op. 58; Antonin Dvořák: Sinfonía n.º 8 en sol mayor, op. 88. Seong-Jin Cho, piano. Orchestre de Paris. Samy Rachid, director.
El concierto de la Orchestre de Paris del 17 de septiembre nació marcado por un importante contratiempo. Robin Ticciati, inicialmente anunciado para dirigir un programa integrado por El bello Danubio azul de Johann Strauss II, el Cuarto concierto de Beethoven y la Octava sinfonía de Dvořák, hubo de cancelar su participación por una lesión en el hombro. Su sustituto, Samy Rachid, asumió el compromiso prácticamente de un día para otro, una circunstancia que inevitablemente debe tenerse presente al valorar el resultado. De entrada, la primera de las obras previstas se cayó del programa, lo cual no dejó de sorprender pues era aparentemente la menos exigente de las tres. Es Rachid un joven director francés, antiguo violonchelista del Quatuor Arod y hasta hace meses asistente de Andris Nelsons en Boston. Dadas las circunstancias, asumió con admirable seguridad un compromiso especialmente delicado.
Era para este cronista la primera visita a la Philharmonie de Paris, convertida en poco más de una década en uno de los grandes centros musicales europeos. La primera impresión fue, curiosamente, menos impactante de lo esperado. El edificio de Jean Nouvel posee un exterior poderoso, pero algo frío, y en el hall y corredores del interior predomina de manera casi absoluta el negro. En cuanto a la sala, ciertos elementos, como sus llamativas barandillas en amarillo chillón más propias de un polideportivo provocan cierta perplejidad. A ello se añaden las señales que anuncian el acceso a la sala, acompañadas por una música de inequívoco lenguaje contemporáneo, previsiblemente del propio Boulez, detalle que termina por conferir al conjunto un curioso aire retro-futurista. Todo cambia, sin embargo, una vez comienza la música. La Grande Salle Pierre Boulez posee una acústica magnífica, transparente y envolvente, capaz de combinar definición y calidez incluso desde posiciones muy alejadas del escenario.
«La Grande Salle Pierre Boulez posee una acústica magnífica, transparente y envolvente, capaz de combinar definición y calidez incluso desde posiciones muy alejadas del escenario»
El gran protagonista de la velada fue Seong-Jin Cho. Su interpretación del Cuarto concierto de Beethoven confirmó a un pianista extraordinariamente refinado, dueño de una técnica que nunca parece exhibirse por sí misma. Ya hace cuatro años pudimos disfrutar de su Concierto nº 23 mozartiano en la despedida de Dima Slobodeniouk en Coruña, donde había llamado la atención por su sonido preciosista y su legato natural y fluido hasta lo indecible. Desde la entrada del piano, Cho planteó un discurso de enorme precisión, pero también de una riqueza cromática admirable. Hubo claridad de articulación, gradaciones dinámicas minuciosamente controladas y, sobre todo, una constante sensación de que cada frase tenía una dirección. La orquesta no alcanzó inicialmente el mismo nivel de sutileza. El primer movimiento resultó correcto y equilibrado, aunque algo menos imaginativo desde el acompañamiento, como si la formación necesitase cierto tiempo para acomodarse a un director incorporado en circunstancias tan excepcionales. Algo parecido pudo percibirse al comienzo del Andante con moto, donde las primeras intervenciones orquestales resultaron excesivamente agresivas. En un movimiento construido precisamente sobre la oposición entre la severidad de la cuerda y la respuesta casi suplicante del piano, una mayor gradación habría intensificado todavía más el extraordinario efecto dramático de la página. Cho, sin embargo, convirtió ese diálogo en el centro emocional de su interpretación. Frente a la contundencia orquestal, respondió con un sonido contenido, introspectivo, casi desmaterializado. La transición al Rondo final liberó finalmente toda la energía acumulada, con un pianismo ágil y luminoso en el que virtuosismo y musicalidad permanecieron siempre perfectamente integrados.
«El gran protagonista de la velada fue Seong-Jin Cho»
La propina permitió hacer brillar todavía otra de las grandes cualidades de Cho: su formidable virtuosismo. Quizá como irónica compensación por la desaparición de Strauss del programa, el pianista recurrió a Die Fledermaus, en una espectacular transcripción pianística que convirtió el final de su intervención en una auténtica exhibición técnica. Allí mostró una mecánica excepcional: precisión milimétrica, vertiginosa agilidad, saltos de enorme limpieza, articulación incisiva y un control absoluto incluso en los pasajes de mayor dificultad. Pero, una vez más, semejante despliegue nunca se redujo a mera pirotecnia. Cho le imprimió carácter, brío y ese inconfundible impulso danzante del vals vienés, hasta convertir el teclado, por momentos, en una auténtica orquesta. Un cierre deslumbrante para una actuación extraordinaria.
La segunda parte permitió apreciar con mayor claridad las virtudes de la Orquesta de París y también la personalidad que Rachid quiso imprimir a la lectura. En la Octava de Dvořák optó por acentuar al máximo los contrastes dinámicos, dotando a la interpretación de carácter, tensión y una considerable fuerza expresiva. La respuesta de la orquesta fue espléndida, particularmente en una cuerda de gran homogeneidad y en unas maderas capaces de individualizar con sentido y sensibilidad las numerosas inflexiones pastorales de la partitura. El Adagio, uno de los momentos más esperados de la obra, permitió disfrutar especialmente de esa riqueza tímbrica y de la capacidad de la formación para pasar del lirismo más intimista a los más poderosos estallidos orquestales. Y en el Allegro ma non troppo final se desplegó todo el virtuosismo de la orquesta, con creciente brío, brillantez y una respuesta formidable de las distintas secciones hasta una conclusión de gran fuerza. El resultado provocó un auténtico alud de aplausos y una evidente satisfacción entre el público, especialmente significativa dadas las circunstancias excepcionales que habían rodeado la velada.
Pero el recuerdo fundamental de la noche quedó asociado a Seong-Jin Cho. En un concierto condicionado antes de comenzar por una sustitución de última hora, el pianista coreano consiguió hacer que durante Beethoven desaparecieran todas las circunstancias externas y solo quedase música al máximo nivel.
Foto: PSQ
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